Susurros Entre Camillas

CAPÍTULO 9: EL SABOR DEL ÚLTIMO DULCE

EL DESEO DE LOS CONDENADOS

​La planta de oncología tiene un silencio diferente al resto del hospital. No es el silencio tenso de urgencias ni el silencio mecánico de la UCI; es un silencio denso, como si el aire estuviera cargado de arena. A las 02:45 AM, Julián caminaba por el pasillo de la Unidad de Cuidados Paliativos, donde las luces eran cálidas para simular una paz que el cuerpo ya no conocía.

​Al pasar frente a la habitación 614, una mano pálida, casi translúcida, se apoyó en el marco de la puerta. Julián se detuvo en seco. Allí estaba Ezequiel. Era un hombre joven, de unos veinticuatro años, pero el cáncer le había robado la juventud, dejándole una piel amarillenta pegada a los huesos y unos ojos que parecían demasiado grandes para su rostro demacrado.

​—Guardia... —susurró Ezequiel. Su voz era un silbido, el sonido de un fuelle viejo—, acércate. No muerdo, aunque quisiera.

​Julián se aproximó, sintiendo ese nudo en el estómago que solo le daban los pacientes que ya tenían la mirada puesta en el "otro lado".

—Debería estar en la cama, Ezequiel. El suero está a punto de acabarse.

​—El suero no me va a salvar, Julián. Tú lo sabes y yo lo sé —Ezequiel sonrió, y fue una mueca de calavera llena de una ironía feroz—. Llevo tres meses comiendo puré de nada y gelatina de plástico. Dicen que el azúcar alimenta al "monstruo" que tengo dentro, así que me tienen a dieta de santidad. Pero si el monstruo me va a llevar de todos modos, prefiero que se vaya con un buen sabor de boca.

​Un Contrabando de Humanidad

​Ezequiel sacó de debajo de su bata una bolsa de plástico arrugada. Dentro había un caramelo de café, uno de esos dulces baratos que se pegan a las muelas y que huelen a las alacenas de las abuelas.

​—Lo conseguí de una visita que se lo dejó olvidado —continuó Ezequiel, con un brillo de travesura en sus ojos hundidos—. Es mi tesoro. Pero no puedo comerlo aquí. El olor me delataría y la enfermera jefe me daría un sermón sobre la "dignidad del paciente". Julián... sácame al jardín. Solo diez minutos. Quiero sentarme en el césped y sentir el frío de la noche mientras este dulce se deshace en mi lengua. Quiero morir sabiendo que mi última decisión no fue médica, sino mía.

​Julián miró hacia el control de enfermería. Sabía que sacarlo era una falta grave. Ezequiel estaba débil, conectado a una bomba de infusión portátil. Pero luego miró el caramelo en la mano del muchacho. Era una petición tan pequeña y, a la vez, tan inmensa.

​—Si nos descubren, diré que me robaste las llaves —dijo Julián, bajando la voz.

​El Descenso al Jardín de Sombras

​Con una habilidad nacida de años de burlar protocolos, Julián ayudó a Ezequiel a sentarse en una silla de ruedas. Cubrió las piernas del muchacho con una manta gruesa y ocultó la bomba de infusión bajo su propia chaqueta de uniforme. Bajaron por el ascensor de carga, el que olía a sábanas sucias y a productos de limpieza, el único que no tenía cámaras operativas esa noche.

​Cuando las puertas traseras se abrieron hacia el pequeño jardín interno del hospital, el aire frío de la madrugada de Bogotá entró en los pulmones de Ezequiel como una descarga eléctrica. El muchacho cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, inhalando el olor a tierra húmeda y a ciudad dormida.

​—Huele a libertad, Julián —susurró Ezequiel mientras el guardia lo empujaba hacia el centro del pequeño prado, lejos de la vista de las ventanas—. Huele a todo lo que me estoy perdiendo.

​Julián detuvo la silla bajo un arrayán solitario. El silencio aquí afuera era distinto; era un silencio vivo. Ezequiel, con dedos temblorosos, empezó a pelar el envoltorio de celofán del dulce. El sonido del plástico crujiendo fue el inicio de una ceremonia que Julián nunca olvidaría.

​—Antes de meterlo en mi boca —dijo Ezequiel, mirando el pequeño caramelo marrón como si fuera un diamante de cien quilates—, quiero contarte por qué me llamo Ezequiel. Mi padre decía que era el nombre de un profeta que veía visiones de huesos secos que volvían a la vida. Qué ironía, ¿no crees? Aquí estoy yo, siendo el hueso seco, pero sin ninguna visión de regreso.

​Julián se apoyó en el tronco del árbol, cruzando los brazos sobre el pecho.

—A veces los profetas no están para ver el futuro, Ezequiel. A veces están para dar testimonio de lo que queda en el presente. Cuéntame tu historia. No dejes que este dulce sea lo único que te lleves hoy.

EL PROFETISMO DE LAS PEQUEÑAS COSAS

​Ezequiel llevó el caramelo a sus labios. Lo hizo con una lentitud casi litúrgica, permitiendo que el primer contacto del dulce con su lengua fuera un choque de realidad. Sus ojos se cerraron con una fuerza que hizo que las pocas pestañas que le quedaban temblaran. Un suspiro largo y profundo escapó de su pecho hundido, un sonido que mezclaba el alivio con una melancolía insoportable.

​—Sabe a domingo, Julián —murmuró Ezequiel sin abrir los ojos—. Sabe a las mañanas en que mi madre abría las ventanas y el sol entraba de lado, iluminando el polvo que flotaba en el aire. ¿Alguna vez te has quedado mirando el polvo, guardia? Parecen galaxias en miniatura. Yo solía pensar que cada mota era un mundo donde no existían los hospitales.

​Julián asintió, aunque Ezequiel no podía verlo. Se mantuvo en silencio, dejando que el muchacho saboreara su tesoro y su memoria.

​—Me pusieron Ezequiel porque mi padre era un hombre de fe violenta —continuó, y su voz ganó un poco de cuerpo, como si el azúcar le estuviera inyectando vida artificial—. Él quería que yo fuera un líder, un hombre que hablara con la autoridad de los que no temen a nada. Estudié arquitectura. Quería construir rascacielos que tocaran las nubes, estructuras que sobrevivieran a mi nombre. Quería dejar una marca de cemento y acero en este mundo para demostrar que estuve aquí.

​La Caída de los Planos

​Ezequiel movió el dulce de una mejilla a otra. El tintineo del caramelo contra sus dientes fue un recordatorio metálico de su fragilidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.