Susurros Entre Camillas

CAPÍTULO 10: EL SUICIDIO EN EL TECHO

EL PESO DEL ACUMULADO

​El hospital, con sus miles de ventanas, siempre parecía una colmena de luz artificial en medio de la noche. Pero para Julián, el vigilante, cada ventana era un ojo que no dormía. Eran las 04:10 AM, la hora más fría del turno, cuando el radio de Julián crepitó con una urgencia inusual.

​—Atención, Seguridad. Código Rojo en la azotea del ala nueva. Repito, Código Rojo en la azotea. Necesitamos personal arriba de inmediato. Hay una persona en la cornisa.

​Julián sintió una punzada de adrenalina fría. Un "Código Rojo" en la azotea significaba una cosa: intento de suicidio. El hospital tenía su cuota de tragedias, pero pocas eran tan públicas y desesperadas como esta. Corrió hacia el ascensor de servicio, ese viejo montacargas que olía a óxido y a los lamentos de pacientes que subían y bajaban al quirófano.

​Al llegar a la décima planta, la puerta que daba a la azotea estaba abierta de par en par. El viento helado de la madrugada bogotana silbaba con furia, golpeando las antenas parabólicas y el equipo de ventilación con un sonido fantasmagórico. Varias enfermeras y un par de médicos estaban asomados con terror, pero mantenían una distancia prudente.

​Y allí, sentado en el filo de la cornisa, con los pies colgando sobre el abismo de la ciudad dormida, estaba Tiziano.

​Tiziano era un interno de tercer año. Un chico de unos veinticuatro años, con el rostro eternamente cansado y los ojos hundidos. Julián lo reconocía de verlo arrastrarse por los pasillos con montones de expedientes. Siempre llevaba la misma sudadera azul descolorida bajo la bata. Ahora, sin la bata, parecía más pequeño, más vulnerable.

​—¡Tiziano! ¡No lo hagas! ¡Por favor, baja de ahí! —gritó una enfermera con la voz quebrada por el p pánico.

​El joven ni siquiera parpadeó. Solo miraba hacia abajo, hacia el tapiz de luces que era la ciudad.

​El Precipicio del Alma

​Julián se acercó lentamente, con esa calma calculada que solo un guardia de noche puede invocar. Años de ver el caos le habían enseñado que el pánico solo echa más leña al fuego de la desesperación.

​—Tiziano —dijo Julián, su voz grave y contenida, intentando cortar el lamento del viento—. Soy Julián, el guardia del turno de noche. ¿Podemos hablar? No tienes que estar solo ahí arriba.

​El joven giró la cabeza con una lentitud desesperante. Sus ojos estaban rojos, inyectados y vacíos de cualquier chispa de vida.

—No hay nada de qué hablar, guardia —dijo Tiziano, su voz era un hilo fino, casi inaudible sobre el aullido del viento—. Estoy cansado. Cansado de sentirme inútil. Cansado de ver tanta muerte y no poder hacer nada. Cansado de este lugar que te chupa el alma hasta que no queda nada.

​Julián echó una mirada rápida al abismo. Diez pisos de caída libre. Abajo, el tráfico de la madrugada era un susurro distante. Arriba, el cielo estaba pintado de un gris oscuro, prometiendo una lluvia que nadie quería.

​—¿Inútil? Tú eres médico, Tiziano. Estás salvando vidas —replicó Julián, acercándose un paso más, intentando cerrar la distancia física y emocional entre ellos.

​—¡No salvo nada! —gritó Tiziano, y su voz se quebró—. ¡Soy un cero a la izquierda! Llevo tres años aquí, Julián. ¡Tres años! Veinte horas de turno, tres horas para dormir, si es que puedes. Seis pacientes que se mueren en mis manos cada semana, y no me da tiempo ni a llorar por ellos. Ni siquiera por la niña que perdió el riñón porque me equivoqué en la dosis del sedante anoche. ¿Sabes lo que me dijeron los residentes? "Es parte de la curva de aprendizaje, Tiziano". ¡Curva de aprendizaje! ¡Estoy aprendiendo a ver morir gente!

​El joven se rió, y fue una risa sin alegría, un sonido hueco que se lo tragó el viento.

​El Peso del Traje

​Julián recordó al Doctor Arcas, quebrado en su garita. Pensó en Ezequiel, Sofía, Samuel... todas las vidas que pasaban por ese hospital y que los internos debían metabolizar en silencio. Este muchacho no estaba roto por una sola tragedia; estaba agotado por la acumulación de ellas.

​—¿Y saltar te va a enseñar algo diferente? —preguntó Julián, su voz ahora un poco más dura, intentando ser un ancla en el vacío—. ¿Vas a aprender algo más sobre la vida o la muerte cayendo desde aquí?

​Tiziano volvió a mirar la ciudad. Sus pies descalzos, blanquísimos por el frío, se movían ligeramente sobre el filo de la cornisa. Llevaba solo unos pantalones de pijama y una camiseta delgada. El contraste entre su fragilidad y la inmensidad del hospital era desolador.

​—Solo quiero silencio, Julián —susurró Tiziano, y la palabra se perdió en el viento helado—. Que dejen de pitar los monitores, que dejen de gritar los familiares, que dejen de exigirme ser un dios cuando apenas soy un cuerpo que no ha dormido en setenta y dos horas. Aquí arriba no hay nadie pidiéndome nada. Aquí solo hay viento.

​Julián se detuvo a unos tres metros del joven. Sabía que un paso en falso, una palabra equivocada, podría ser el último empujón. Miró a los otros médicos y enfermeras, cuyas caras estaban lívidas de terror. Era su turno. Era su susurro.

​—No tienes que saltar para encontrar el silencio, Tiziano —dijo Julián, su voz resonando con una autoridad que no era la de un guardia, sino la de alguien que conocía el peso del vacío—. A veces, el silencio más profundo está en el fondo de una taza de café, o en el sonido de tus propias pisadas volviendo a casa. Pero para encontrarlo, tienes que bajar de ahí.

EL INVENTARIO DEL SACRIFICIO

​Tiziano no se movió, pero sus manos se aferraron con más fuerza al borde de concreto frío, dejando los nudillos blancos. El temblor de su cuerpo ya no era solo por el frío de Bogotá, sino por el peso de los años que empezaban a desbordarse por sus labios.

​—¿Crees que llegué aquí por suerte, Julián? —preguntó Tiziano, con una risa amarga que se quebró en un sollozo seco—. Vengo de un pueblo donde la única medicina que conocían era la resignación. Mi madre vendió hasta las sábanas para que yo pudiera pagar el primer semestre. Pasé cinco años viviendo en una habitación que olía a humedad, comiendo arroz con sal y bebiendo agua del grifo para engañar al hambre mientras estudiaba anatomía bajo la luz de una vela porque me cortaban la luz cada dos meses.




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