La oficina de Cristian parecía un tribunal. Sofía entró con paso firme, aunque por dentro sentía que estaba a punto de enfrentarse a un juez implacable. El contrato estaba sobre la mesa: treinta páginas de cláusulas, términos y condiciones que parecían más un manual de supervivencia que un acuerdo laboral.
Cristian la observaba desde su silla de cuero, con esa mirada que mezclaba cálculo y desconfianza.
—Antes de firmar —dijo él, con voz grave—, quiero dejar algo claro.
Sofía arqueó una ceja. —¿Que no cree en el amor? Ya lo sé.
Él no sonrió. —Que no tolero distracciones. LoveMatch necesita resultados, no discursos románticos.
Sofía se acomodó en la silla frente a él. —Y yo necesito libertad creativa. Si voy a salvar su app, no puedo hacerlo con grilletes.
Cristian deslizó el contrato hacia ella. —Le he dado un mes. Un mes para demostrar que su teoría de “conexiones reales” funciona. Si no, se acabó.
Sofía hojeó las páginas. Había cláusulas sobre confidencialidad, métricas de éxito, incluso una que decía: “El consultor no podrá involucrarse emocionalmente con empleados de la empresa.”
—¿En serio? —preguntó, levantando la vista. —¿Una cláusula anti-romance?
Cristian se encogió de hombros. —Prevención.
—O paranoia —replicó ella, con una sonrisa traviesa.
Por primera vez, Cristian pareció perder la compostura. Se aclaró la garganta y evitó su mirada.
La reunión se prolongó con discusiones sobre métricas, estrategias y plazos. Sofía insistía en incluir encuestas emocionales, espacios para que los usuarios compartieran anécdotas, y hasta un blog con consejos de relaciones. Cristian tachaba ideas como si fueran gastos innecesarios.
—La gente no lee blogs —dijo él.
—La gente lee historias —corrigió Sofía. —Y las comparte.
—La gente quiere eficiencia.
—La gente quiere sentirse vista.
El intercambio era un duelo de filosofías. Clara, la asistente, entró con café y salió rápidamente, como si temiera quedar atrapada en medio de la batalla.
Finalmente, Sofía firmó el contrato.
—Un mes —repitió Cristian, como si quisiera grabarlo en piedra.
—Un mes para demostrarle que el amor no es una estadística —respondió ella, con una sonrisa desafiante.
Cristian la miró fijamente. Había algo en esa sonrisa que lo desarmaba, aunque jamás lo admitiría.
Esa noche, Sofía llamó a Mariana, su mejor amiga.
—¿Adivina qué? —dijo, mientras se servía un vaso de vino. —Ya soy oficialmente la consultora de LoveMatch.
Mariana chilló al otro lado de la línea. —¡Eso es enorme! ¿Y el CEO? ¿Es tan guapo como dicen los blogs?
Sofía rodó los ojos. —Es guapo, sí. Pero también es un iceberg.
—Perfecto. Los icebergs se derriten.
Sofía rió. —No estoy aquí para derretirlo. Estoy aquí para salvar la app.
—Ajá… —canturreó Mariana. —Y si de paso salvas su corazón, mejor.
Sofía negó con la cabeza, aunque en el fondo sabía que Mariana tenía razón: Cristian era un reto más grande que cualquier algoritmo.
Cristian, por su parte, estaba solo en su departamento minimalista. Encendió la televisión, pero no prestó atención. El contrato firmado estaba en su maletín, y las palabras de Sofía resonaban en su mente: “El amor no es una estadística.”
Se sirvió un whisky y miró por la ventana. La ciudad seguía viva, llena de luces y de historias que él se negaba a escuchar.
Por primera vez en mucho tiempo, se preguntó si estaba equivocado.