Swipe al Corazon

Capítulo 9: Cristian recuerda a Clara

Cristian Rodríguez no solía hablar de su madre. En la oficina, todos conocían a Clara, su asistente, pero pocos sabían que el verdadero fantasma en su vida también se llamaba Clara: su madre, la mujer que le enseñó a desconfiar del amor.

Aquella noche, después del evento con los beta testers y la invasión de donas de Mariana, Cristian llegó a su departamento minimalista. Encendió la televisión, pero no prestó atención. En su mesa de centro había una caja que no había abierto en años: fotos, cartas y un viejo reloj de bolsillo que pertenecía a su padre.

Suspiró. No quería hacerlo, pero algo en las palabras de Sofía y Mariana lo empujaba a abrir esa caja.

La primera foto mostraba a su madre, Clara, joven y sonriente, abrazando a su padre en una feria. Había globos, luces y un aire de felicidad que parecía ajeno a la vida que él recordaba.

—El amor es una ilusión —murmuró Cristian, repitiendo la frase que tantas veces había escuchado de su madre.

Ella solía decirlo después de que su padre se marchó. “El amor no paga las cuentas, Cristian. El amor no es suficiente.” Y él, niño entonces, lo creyó.

Mientras pasaba las fotos, recordó una escena de su infancia: su madre preparando café sin azúcar, igual que él ahora.

—El azúcar es para los ingenuos —decía ella, con una sonrisa amarga.

Cristian había heredado esa costumbre, como si fuera un símbolo de fortaleza. Pero ahora, después de los cupcakes, las donas y los gifs de gatos, empezaba a preguntarse si esa fortaleza no era, en realidad, una coraza.

Al día siguiente, Sofía lo encontró en la oficina con una expresión distinta. No era el CEO implacable, sino un hombre que parecía haber pasado la noche peleando con recuerdos.

—¿Está bien? —preguntó ella, con tono suave.

Cristian la miró. —¿Alguna vez creyó en algo y luego descubrió que no era real?

Sofía se sorprendió. —Claro. Creí que mi primer novio era “el indicado”. Resultó que lo único que indicaba era cómo no debía elegir pareja.

Cristian sonrió apenas. —Mi madre decía que el amor era una ilusión. Y yo… yo lo creí.

Sofía lo observó con empatía. —Tal vez el amor de su madre no fue suficiente. Pero eso no significa que el amor no exista.

Cristian bajó la mirada. —No sé si puedo creerlo.

—No tiene que creerlo ahora —respondió Sofía—. Solo tiene que estar dispuesto a descubrirlo.

Más tarde, en la cafetería, Mariana apareció otra vez con su filosofía improvisada.

—¿Sabían que el amor es como el café? —dijo, levantando su taza. —Algunos lo toman amargo, otros con azúcar, otros con leche. Pero al final, todos lo necesitan para despertar.

Cristian la miró con ironía. —¿Y si yo prefiero no despertar?

Mariana sonrió. —Entonces se perderá lo mejor del día.

Sofía rió. —No la contradiga, Cristian. Mariana siempre gana.

Esa noche, Cristian volvió a abrir la caja de recuerdos. Encontró una carta de su madre: “No dejes que el amor te distraiga, hijo. Sé fuerte. Sé lógico. El mundo no perdona a los soñadores.”

Por primera vez, Cristian dudó de esas palabras. ¿Y si el mundo sí necesitaba soñadores? ¿Y si él había estado equivocado todo este tiempo?

Sofía, en su diario, escribió:

Hoy Cristian habló de su madre. Fue un momento breve, pero significativo. Vi en sus ojos la sombra de un niño que aprendió a desconfiar demasiado pronto. Y yo… yo estoy aquí para enseñarle que el amor no es una ilusión. Es una elección.

Cristian, en su departamento, cerró la caja y miró el reloj de bolsillo de su padre. El tiempo seguía corriendo. Y quizás, solo quizás, era hora de empezar a creer.




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