Samantha siempre había sido una niña muy curiosa, imaginativa y llena de creatividad. Desde sus cinco años inventaba historias que su papá solía escribir para luego leerlas antes de dormir. Así, ella dejaba volar su imaginación en los sueños.
Cuando aprendió a escribir por sí misma, ya no necesitó de su papá. Empezó a llenar cuadernos con sus propios cuentos. Y a los ocho, cuando leyó con fluidez, se volvió una devoradora de libros: aventuras fantásticas, misterios, e incluso uno que otro relato de terror.
Esa fascinación literaria era herencia de su abuela Lizbeth. Antes de fallecer, Lizbeth le había dejado un libro muy especial y una carta. En aquel momento Sam aún no sabía leer bien, así que la carta quedó olvidada junto con el libro.
Un día, buscando unas mantas en el ático para construir una tienda de acampar en su habitación, Sam encontró una vieja caja con el nombre de su abuela escrito a un costado. Dentro había joyas, fotos, un tocador… y, debajo de todo, un libro de cuero café, maltratado y lleno de polvo. En la portada, brillaban letras doradas con una sola palabra: Sylendell.
Junto al libro cayó un sobre amarillo. Sam lo abrió con cuidado y leyó la carta:
“Mi nieta hermosa: cuando leas esto, quizá ya no esté contigo. Aquí te dejo mi tesoro más importante, mi libro favorito. Me encontré este libro cuando tenía nueve años. Estaba en blanco, pero descubrí el misterio y la maravilla que guardaba. Estoy segura de que tú también lo descubrirás. Recuerda: Sylendell es un lugar maravilloso, pero también puede tener peligros. Nuestra imaginación será siempre la luz en el camino. Lee sus cuentos y luego escribe los tuyos. Con amor, tu tita Liz.”
Con los ojos llenos de lágrimas, Sam abrazó la carta. Esa tarde cambió su plan: en lugar de jugar, leería el libro.
Sam se instaló en su habitación. Con las mantas formó una carpa, colocó cojines en el suelo y llevó una lámpara de escritorio. Al abrir el libro, descubrió que las historias estaban escritas con la letra de su abuela, sorprendentemente parecida a la suya.
Pasó las páginas y se maravilló: en casi todos los relatos, Lizbeth era la protagonista de aventuras fantásticas. Eso emocionó a Sam, porque sentía que compartían la misma imaginación.
Inspirada, tomó un lápiz y decidió que no había mejor lugar para escribir su propio cuento que en ese libro mágico. Así, comenzó:
"Una mañana en el bosque, cerca de un arroyo, dos ardillas mellizas caminaban juntas. Tony, el hermano, llevaba un bolso cruzado y una lupa en su pata delantera. Bonnie, su hermana, hablaba emocionada sobre una receta que había aprendido gracias a su amiga, la lechuza Heidy…”
Sam escribió hasta cansarse y, después de lavarse los dientes y recibir las buenas noches de sus padres, se quedó dormida. El libro reposaba abierto dentro de la carpa improvisada.
Cuando amaneció, Sam aún con los ojos cerrados sintió una brisa fría bajo las cobijas y humedad en el colchón. Extrañada, los abrió… y se encontró en medio de un bosque otoñal, con hojas rojizas que caían como en un baile.
—¿Dónde estoy? —susurró.
De pronto escuchó voces. Se escondió detrás de un árbol y agudizó el oído:
—¡Es delicioso! Hoy lo prepararé con unas nueces que guardamos —decía una ardillita.
Sam asomó la cabeza y no lo podía creer: eran las dos ardillas que había inventado, Tony con su lupa y Bonnie hablando de cocina.
—¡No puede ser! —dijo entre dientes.
Intrigada, salió de su escondite:
—Ehm… ¿ardillas?
Ambas chillaron asustadas y corrieron a trepar un árbol.
—No quiero hacerles daño —dijo Sam levantando las manos—. Estoy perdida y necesito ayuda.
Bonnie la olfateó con cautela y se acercó.
—¿Quién eres?
—Me llamo Samantha. Vivo en Londres… bueno, vivía. No sé cómo llegué aquí. Solo sé que anoche escribí en el libro de mi abuela Lizbeth.
—¿Lizbeth? —repitió Bonnie, sorprendida—. ¡Ese nombre lo conozco! La lechuza Heidy nos contó que una niña con ese nombre apareció aquí hace muchos años.
—Entonces debe ser mi abuela —dijo Sam, emocionada.
Tony, que revisaba huellas con su lupa, bufó:
—Sí, sí, muy bonito. Pero tenemos un crimen que resolver. ¡Alguien nos robó nuestras nueces!
Sam sonrió.
—Si me ayudan a volver a casa, yo les ayudo a resolver su misterio.
El detective de la lupa la observó con ojos entrecerrados.
—Mmm… trato justo. Pero tendrás que seguir mis métodos de investigación, que son muy avanzados.
Bonnie rodó los ojos.
—Avanzados dice… ¡si siempre acaba enredando todo!
Así comenzó su aventura juntos.
Heidy, la lechuza, los recibió en la puerta azul de su árbol-hogar. Sus plumas blancas y café brillaban bajo el sol.
—Pero miren quién viene… mis ardillas favoritas y una niña muy educada.
—Soy Samantha —dijo Sam haciendo una reverencia.
—Lizbeth era tu abuela, ¿verdad? —preguntó Heidy con una sonrisa sabia—. Con ella viví grandes aventuras. Y ahora entiendo por qué estás aquí. El libro te trajo.