El amanecer se presentó tímido entre las nubes.
El olor a hierro húmedo impregnaba el aire frío. Las piedras rezumaban rocío a su alrededor.
Mega fue el primero en despertar. Kara seguía durmiendo tranquilamente.
Se levantó con sumo cuidado y la miró.
Le dio un beso en la frente y se fue, dejándola descansar.
Fue directo a su habitación, se puso su armadura, cogió la espada y se llevó el petate a la espalda.
Salió de la habitación con una calma férrea, propia de quien ya había tomado su decisión.
Aún no había movimiento en la base. La tranquilidad inundaba como el mar.
Caminó hacia la puerta principal, en completo silencio, su andar era el de un fantasma que no quería despertar a los vivos.
Y al llegar, se encontró con Veyra. Sus miradas se cruzaron.
El eco de la quietud se extendió por unos segundos más.
Hasta que el Custodio decidió romperlo.
–Hola, hermana de otra madre.
Ella arqueó apenas una ceja, con una sombra de sonrisa.
–Buenos días, Mega. ¿Llevas todo listo?
–Supongo –respondió, mirando ligeramente la mochila–. Darrim y tú me habéis enseñado a prepararme bien para estos viajes. ¿Cómo sabías que me iba a ir ahora?
–Siempre que tienes una misión en solitario sales de buena mañana. Así que he venido a esperarte para despedirme en persona –le dijo mientras le miraba–. ¿Llevas un poncho o algo para cubrirte? Tiene pinta de que va a caer un buen chaparrón.
Mega miró nuevamente el petate. Sabía que no lo llevaba.
–Negativo. Tendré que coger uno.
–Menos mal que estoy aquí –replicó, cogiendo algo de la mesa cercana–. Toma.
Veyra sacó un abrigo, parecido a un poncho, y se lo entregó.
–Muchas gracias –dijo él, extendiendo el brazo para cogerlo.
–El sur es muy peligroso. Hay muchas posibilidades de que incluso nieve.
–¿Nieve? Hace años que no se ve algo así.
–Y serás el afortunado que lo vea. Tengo envidia en parte –añadió la guerrera, con tono sarcástico–. Pero en serio… Ve con cuidado. No me gustaría tener que enterrarte.
–Puedes estar tranquila. De peores he salido.
El eco de sus palabras quedó suspendido en el aire.
Veyra no sonrió; solo lo observó con una intensidad que Mega prefirió no descifrar.
–No te entretendré más. Tienes mucho camino por delante pero… ¿Qué tal un abrazo a tu hermana mayor antes de partir?
La veterana abrió los brazos todo lo amplio que pudo. Mega sonrió, agradecido por el privilegio de ver a la temida Custodio mostrarse tan calurosa con él.
Se acercó y apretó fuerte, mostrando decisión a quien durante años le adoctrinó y le ayudó a mejorar.
Al separarse, se miraron fijamente a los ojos. Todo estaba dicho y el silencio era testigo de ello.
El portón de Thal-Marrek se abrió con su característico chirrido metálico, dejando caer gotas formadas por el frío y la condensación.
Los hombros del guerrero pesaban. No por la armadura, sino por la humanidad. Por Velgratia.
Unos pocos pasos bastaron para dejar atrás la fortaleza y volver a adentrarse en aquel mundo tan decadente que, por un corto período, pareció haber olvidado.
Miró al frente. A su alrededor.
Sabía que estaba solo. Pero también sabía que no quedaba otra opción.
¿Sería ese un camino más hacia la libertad? ¿O quizás el lento y agónico yugo que poco a poco le iba apretando cada vez más? Ahora, solo el tiempo y el eco de sus pasos dictarían sentencia.
Su avance lo condujo hacia un pequeño asentamiento conocido como El Abrazo del Forastero, del que se decía que pocos lo visitaban… o que ya había sido abandonado.
El sendero hacia el sur no ofrecía más que desolación.
El suelo aún húmedo por las lluvias pasadas, se mezclaba con raíces retorcidas que emergían como dedos crispados.
Los árboles parecían más grises, como si la podredumbre se hubiera instalado en ellos, y el viento soplaba con un murmullo áspero, arrastrando consigo olor a tierra y ceniza.
Mega avanzaba con paso firme, aunque cada tanto sus botas quedaban hundidas en el fango.
El cielo, encapotado, no terminaba de decidir si descargar lluvia o nieve, y la incertidumbre lo acompañaba como una sombra más.
Al cabo de algunas horas de marcha, divisó lo que quedaba del asentamiento: Unos tejados a medio caer, cercas torcidas que alguna vez delimitaron tierras, y un campanario hundido que sobresalía como un hueso roto en mitad del paisaje.
El Abrazo del Forastero. El nombre tenía un aire irónico, pensó. Nada en aquel lugar parecía querer abrazar a nadie.
El silencio era absoluto, sólo roto por el crujir de la madera al paso del viento.
Al entrar en lo que parecía la calle principal, las ventanas tapiadas lo miraban como cuencas vacías, y alguna puerta oscilaba apenas, como si alguien la hubiera dejado entreabierta recientemente.
Se limitó a observar. Más por curiosidad que por necesidad, pues su camino era hacia el sur.
Tras un vistazo rápido, se detuvo y encontró algo: Huellas en el barro. Unas más grandes y otras más pequeñas, como si fueran de un niño.
Se agachó a investigar. Eran recientes.
El asentamiento no estaba tan muerto como parecía.
Miró alrededor con detalle y siguió las marcas hasta que se bifurcaron. Entonces decidió seguir las de mayor tamaño, que se dirigían a una especie de tienda derruida.
Avanzó hacia ella hasta que se percató de que una sombra detrás de la ventana principal lo observaba fijamente.
Aflojó rápidamente el broche que sujetaba la vasta espada a su espalda, desenvainó con un chasquido seco y adoptó guardia.
–¡Sal de ahí! –ordenó, hacia una ventana.
Sus manos agarraban fuertemente el pomo y la punta iba dirigida al mismo edificio.
A pesar de su peso, la sujetaba como quien porta un florete.
Tras un breve momento de silencio, se escucharon unos pasos sobre la madera.