Su viaje se alargó por unos días más hacia Thal-Dereth.
El sur era frío como el hielo, gris como la ceniza y desolado como un cementerio por la noche.
Pero a pesar de ello, se podía respirar una ligera tranquilidad.
La guerra había llegado al lugar, pero por algún extraño motivo, no fue tan devastadora como la zona céntrica o incluso el norte.
El vaho salía de la boca del Custodio como un fantasma abriéndose entre el aire helado.
Sus pensamientos se fundían entre muchos otros, pero dos en especial le rondaban la cabeza como un espíritu maligno: El futuro de Velgratia y el estado de Kara. Aunque esto último no quería admitirlo del todo.
Tras un último esfuerzo, detrás de toda esa ligera neblina blanca, al fin llegó: Thal-Dereth, el Bastión del Eco.
Famoso por el nacimiento de los Zorros del Maná y por haber sido testigo de uno de los mayores asedios de los Sacerdotes de la Verdad. Pero a pesar de todo, seguía en pie.
La puerta comenzó a revelarse. No era tan imponente como la de Thal-Marrek, pero seguía siendo de considerables dimensiones.
Mega sentía las miradas de aquellos a los que llamaba compañeros. Alerta por ver la sombra de aquel Custodio del Núcleo acercarse.
Pero sus pasos eran como su voluntad: Firmes como el acero recién templado.
A su llegada, los guardias bajaron la mirada, pues sabían quién tenían delante.
¿Amigo o enemigo? En Thal-Marrek era una pregunta silenciosa. Aquí, incluso el eco parecía susurrarla.
El guerrero se detuvo ante la puerta.
No podía verlo, pero sí sentía como un sello de magia se extendía en toda la superficie. No solo en la puerta, sino en toda la fortaleza.
Sin articular palabra, el sello se rompió por un instante. La sensación erizaba la piel.
El gran portón se abrió apenas haciendo ruido.
Al otro lado le esperaba una mujer.
El pelo con las puntas naranjas y el atuendo ligero le caracterizaba.
–Nayra Vhalin –dijo el guerrero, para sí mismo.
–Vaya, vaya. Si es el mismísimo Mega. Venga pasa –dijo, haciendo un gesto con la mano.
–No esperaba que la líder de los Zorros aguardara mi llegada –respondió, dando pasos firmes.
–Francamente, yo tampoco. Pero he notado eso a kilómetros de distancia –añadió, señalando la marca de la mano y chasqueando los dedos.
El guerrero se tocó la mano. Le ardía ligeramente.
Sabía que aquella Custodio sabía algo de ella.
Tras unos instantes, miró alrededor curioseado. Era capaz de notar algo. Una mezcla de tensión y dudas, producto de su llegada.
Casi sentía que no era bienvenido al lugar. No era la primera vez que lo miraban así. Y dudaba que fuera la última.
–¿Vas a decir algo o te vas a quedar como una estatua en la puerta?
–Pensaba que haría más frío.
Nayra sonrió, se giró y le hizo un gesto con los dedos a Mega para que le acompañe.
Su andar era relajado, casi felino, pero cada paso resonaba con autoridad.
El ambiente de esa fortaleza era cargado. No se sentía tanta presencia de núcleo en esas instalaciones, pero sí una viveza bastante distintiva de magia.
Se sentía más natural. Más armoniosa.
Esto le causaba una tranquilidad curiosa al Custodio, quien casi siempre vivía en tensión constante.
Entre aquellos pasillos había técnicos del sintaxis, guerreros, magos y civiles.
Esto último causaba curiosidad a Mega.
–¿Convivís con civiles? –preguntó, extrañado.
–Llevamos unos años haciéndolo –le respondió. –Térreik no es tan radical como Caerys. Si estás dispuesto a aportar, nosotros estamos dispuestos a ayudar.
–¿Qué les ofrecéis?
–Les ofrecemos cobijo. Un sitio en el que trabajar y especializarse de lo que podemos ofrecer. A cambio, buscamos cooperación. El granjero a los campos. Los técnicos a las reparaciones. Los investigadores a los laboratorios. Es simple, sencillo y hasta ahora, funciona.
–Es interesante. ¿Cuánto lleváis con esto?
–Sobre unos cinco años.
–¿Y no nos hemos enterado de ello?
–Justamente eso es lo que nos funciona. Como el clima aquí es difícil, no vienen guerreros de otros Thal como Thal-Marrek o Thal-Damis. Por eso no se extiende el rumor.
–Si Caerys se enterara yo creo que convertiría esto en algo cien por cien militar –añadió, con un tono satírico pero cargado de verdad.
–Si el cabezota del Magister se enterara de esto… tendríamos problemas. Es tan corto de miras que piensa que lo único que cuenta es el poder militar. No podemos tratar a la población como carne de cañón. Hay quien querrá ser guerrero, pero no podemos forzarlos, lo único que crea es un malestar entre fortalezas principales, y eso hace que la gente, lejos de buscar cobijo en ellas, las evite.
–Hablas como alguien que quiere cambiar la Orden.
Nayra sonrió apenas.
–No. Hablo como alguien que aún no se ha rendido con ella. Y no empieza con Caerys, empieza con el Consejo.
Estas palabras crearon un eco de silencio. No solo se sentía, casi se podía palpar.
Los soldados miraron a la líder incrédulos. Casi les costaba tragar aquellas palabras.
–El Consejo Dual es corrupción y han aprendido por donde pueden coger a Caerys. Y este lo sabe.
El guerrero hizo silencio también. Sabía que el sentimiento era mutuo. Pero también sabía que detrás de esas palabras, había un posible plan.
–El Magister ha perdido su figura. No es el guerrero sabio con el que combatí en la guerra. Sabe que está perdiendo el respeto.
Nayra se detuvo, sus ojos ardían con certeza.
–Y si un líder teme que su gente lo cuestione… no es un líder, es un tirano. Y eso tiene y tendrá que cambiar.
Por primera vez en mucho tiempo, Mega sintió que no estaba solo en esto.
Se acercó a la Custodio Superior y puso la mano marcada sobre su hombro.
–Te aseguro que será más pronto que tarde –dijo, con una ligera sonrisa de seguridad.