Syntaxis: Obscurus

Capítulo 8: La Calma Vigilada

Mega avanzó hacia la arena. Sus pasos retumbaban como el eco en una cueva. Eran firmes y decididos.

Le recordaron, por un instante, a aquella vez que se adentró en la arena de Thal-Marrek por primera vez. Acompañado de su maestro.

–Este es el domo de combate, joven aprendiz –dijo Darrim, abriendo los brazos–. Aquí practicarás, cooperarás y mejorarás lo suficiente como para convertirte en un buen Custodio.

Aquellas palabras le seguían. No como algo malo, sino como el recuerdo de dónde empezó su camino.

Su camino se ralentizó ante el silencio de aquella enorme sala. Ahora su andar era cuidadoso.

El aire era húmedo, pesado y ligeramente salado. Aún corría el sudor de aquellos que dejaron huellas durante el día.

Mega miraba a su alrededor.

Nada. Ni un alma.

Sabía que pasaba algo.

La arena se escurría entre sus botas. Cada pisada era más cautelosa que la anterior. Esperaba cada estímulo. Cada mínimo ruido. Observaba cada mínimo detalle en busca de algo.

Hasta que llegó.

Una pisada rompió el silencio como quien rompe una puerta, seguido de un movimiento brusco de ropa suelta.

Mega se giró y, en pocos segundos, consiguió atrapar un cuchillo que le lanzaron. Su tacto no era frío, pero pesaba igual.

Lo tiró al suelo y adoptó guardia. Sus reflejos estaban afinados; el pulso, firme y estable; la mirada, afilada. Estaba preparado para lo que se venía.

Dos sombras se abalanzaron contra él como si fueran pájaros cayendo en picado. Rápidamente las esquivó.

Sabía quiénes eran.

Los Búhos del Silencio le estaban retando.

Múltiples personas se acercaron con precisión hacia él.

Detuvo uno. Derribó otro. Pero el tercero consiguió darle. El golpe fue contundente, pero el Custodio lo era más.

Nuevamente bajaron dos sombras. Luego cuatro. Al final eran ocho. Ocho sombras, ocho ojos en la penumbra. Sus espadas siseaban como si tuvieran hambre. Los Búhos del Silencio desplegaban su danza muda.

Mega se concentró y recitó con precisión:

Deffendum: Ferrum.

Su brazo se convirtió en metal rápidamente, con ese crujido sordo tan característico.

Y sin demora alguna formuló:

Offensum: Impellere.

Apoyó el peso en la pierna trasera y golpeó el suelo con mucha fuerza. La suficiente como para abrir un boquete.

Una onda de energía barrió todo el domo. Junto a ella, alzó una nube de polvo.

El guerrero miraba alrededor.

–Mierda. No ha sido mi mejor jugada.

Alzó la guardia preparado para lo que pudiera venir. Su mirada vislumbró algo: Alguien se movía a gran velocidad entre el polvo.

Observaba atento.

La sombra lanzó un cuchillo. Luego, dos más. Consiguió parar los dos primeros, pero el último no. El impacto le alcanzó el pecho, pero rebotó como si hubiera golpeado goma. Le tocaban… pero no lograban dañarlo.

Hasta que aquella silueta se abalanzó sobre él como un tigre.

Sabía perfectamente quién era.

Sus ojos ardían con ansia.

Svent. En persona. Contra él.

Mega amagó un ataque con el puño, pero el Búho desapareció en sus ojos y en un breve instante, se posicionó en su espalda listo para atacar con una espada similar a un seax refinado.

Con una velocidad de vértigo, el Custodio se giró, desvió el ataque con el antebrazo endurecido y cogió a Svent por el cuello para, con una fuerza brutal, estrellarlo de espaldas contra el suelo y asestar un puñetazo cerca de su cabeza con el brazo desnudo, dejando otro agujero de unos cuantos centímetros.

El silencio se alzó en toda la sala como si de un mal augurio se tratara.

El polvo se asentó con ligereza y Mega miraba fijamente al guerrero que tenía dominado.

El aplauso de una persona rompió con aquella escena. Pero el eco de sus pasos se alzaron primero.

Valos se acercaba lentamente.

–Mis felicitaciones guerrero. Pocos sobreviven a un ataque conjunto de los Búhos del Silencio –dijo, llevándose las manos a la espalda–. Y menos han sobrevivido a Svent. Que por cierto… puedes soltarle el cuello –señaló– lo necesito vivo.

El Custodio del Núcleo reaccionó por un instante y soltó al hombre. Este jadeó ligeramente mientras cogía aire.

–¿Esto qué era? –preguntó, incorporándose.

–¿Una prueba? –contestó–. ¿Mero entretenimiento, quizás? ¿Qué importa? Ya estamos aquí todos.

–¿Y esto? –preguntó nuevamente cogiendo un cuchillo del suelo y alzándolo para mostrarlo.

–¿Querías que fuera de verdad? Tendrías el pecho perforado.

Nayra y una chica joven aparecieron caminando con una calma que desentonaba con el polvo aún suspendido en el aire, como si la arena no hubiera sido un campo de batalla.

–He aquí con nosotros, la Raposa Magna y una de sus alumnas, visionaria de la Quinta –añadió, alzando el brazo.

–No has perdido el nivel, Mega. Incluso diría que estás más alerta que la última vez que nos vimos –le dijo Nayra, sonriendo de lado, evaluándolo de arriba abajo, a la vez que su alumna asentía.

–Gracias, Nayra. ¿De qué iba todo esto, Valos?

–Una ligera prueba, para ver cómo de afilado te mantienes. Pero no sé si tu espada o todo tú.

–¿Y qué motivo tienes para probarme?

–El viaje hacia aquí es duro, y sabes que la cosa se pondrá peor. No puedo permitirme fallar ahora que Erión está así y ha confiado en mí más que nunca.

–Gracias, supongo… –dijo con sobriedad–. ¿Para esto me has citado aquí? ¿Para jugar a búhos y ratones?

–Los Búhos no probamos a cualquiera, Custodio. Solo a los que pueden romper el silencio –le respondió con el mismo tono.

Un ligero gesto proveniente del comandante hizo que todos los Búhos se fueran rápidamente de la sala. Incluido Svent.

–Pocos saben que aquí hay una salida de emergencia por casos extremos –continuó.

Nuevamente hizo un gesto mirando a la maestra.

–Zorra del maná –añadió, levantando el brazo ligeramente.




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