Syntaxis: Obscurus

Capítulo 9: Entre la Danza y el Deber

El soldado cayó con la fuerza de un yunque. El polvo se levantó en una nube áspera, pegándose al sudor.

De fondo se mezclaban sollozos de cansancio con el rechinar metálico de las armaduras. El filo de alguna espada siseaba deslizándose en un escudo.

–¡Venga, levanta! –le ayudó un compañero, cogiéndole del brazo–. Sigue con la formación.

Ambos guerreros siguieron en guardia, listos para la siguiente carga.

–¡Escudos Grises, cargad! –gritó Kara bajando el brazo.

La formación atacante realizó otra embestida, igual de precisa que la anterior. Pero esta vez, los aprendices aguantaron de pie.

–¡Retroceded y de nuevo! –gritó otra vez.

Una tras otra, la formación fue soportando los golpes como habían practicado con anterioridad. Era un desafío difícil, pero no había otra opción si querían recorrer la senda del guerrero.

–Venga soldados, podéis descansar. Aireaos y tomad agua. En un rato seguimos. Escudo –dijo, girándose–. Bien hecho. Aprendices, seguid así. Esto es lo que os definirá en un futuro.

Ambas formaciones se disolvieron hacia distintas direcciones.

Algunos se sentaron. Otros se quitaron el peto.

Algunos directamente se estiraron. Casi estaban exhaustos.

Kara fue con los más nuevos.

–Eitir, cuando alces el escudo, separa el brazo del torso. Te puedes dar en la boca, y créeme que no hace gracia.

–Gracias señora –asintió.

–Ofer, ojo con la espada. Si tuviera filo, te hubieras cortado el antebrazo varias veces. Un corte mal hecho a la altura de la muñeca significa que te quedan minutos de vida.

–Discúlpeme, Custodio. No pasará de nuevo –le contestó bajando la cabeza con algo de vergüenza.

–Isan, lo mismo que Eitir: separa el escudo. Si lo alzas así te vas a reventar el pecho. Y en batalla, ese dolor te roba medio segundo.

–Gracias, mi Custodio. Lo haré mejor la próxima vez.

–¡Venga! Más vale mil gotas de sudor en la arena que una sola de sangre en la batalla. ¡Seguid así!

Kara dio unos pasos hacia el centro del domo de combate, mirando ambos bandos. Ahora que había ascendido, estas tareas pasaron a ser parte de sus responsabilidades.

–¿De verdad estoy preparada, o esto me viene grande? –pensó–. ¿Soy demasiado laxa, o debería ser más dura? Supongo que lo estaré haciendo bien.

Giró su mirada hacia una pared de la sala.

–Allí me salvaste por primera vez –susurró mientras sonreía con suavidad–. Mira dónde hemos terminado ahora.

–Los recuerdos son buenos, jovencita… siempre que no te hagan bajar la guardia.

La voz surgió detrás de ella, calmada y áspera como piedra pulida. Ella se giró de inmediato.

–Maestro Darrim.

El anciano inclinó la cabeza apenas.

–Estaba observando. Has llevado bien la sesión… aunque podría decirte un par de cosas.

–Claro –respondió Kara, enderezándose–. Estoy a su servicio.

–Escudo Varenn –dijo Darrim, con un tono formal al iniciar su consejo.

El veterano se aproximó con rapidez y se inclinó un poco.

–Maestro.

Darrim no devolvió la inclinación; lo observó en silencio un instante, con esos ojos que parecían medir más de lo que veían.

–Continúa el entrenamiento –ordenó, sin elevar la voz–. Kara tiene otro asunto que discutir conmigo.

–Maestro… eso no forma parte de mis tareas.

–No lo he dicho como una petición.

El aire pareció tensarse.

Darrim añadió, con calma implacable:

–Si sigues en el rango de Escudo Gris no es por falta de talento, sino por falta de disciplina. No la vuelvas a perder delante de un Custodio. ¿Entendido?

El Escudo Varenn tragó saliva, conteniendo la respuesta.

–A la orden.

El Custodio Superior hizo un gesto con los dedos y tanto él como la Custodio abandonaron el lugar en silencio.

Antes de avanzar, ella dio unos taconazos contra el suelo para quitarse la arena húmeda de los talones.

El ambiente de formalidad de Thal-Marrek le invadió de nuevo, casi como si la abrazara.

Miró ligeramente hacia atrás, viendo cómo se alejaba de sus hermanos de armas y siguió el paso del mentor.

Nadie decía nada y ella no hablaba por respeto.

La gente bajaba la cabeza mientras ambos caminaban.

Hasta que una pequeña conversación entre unos técnicos interrumpió su andar.

–Desde que el uso de Nexus está autorizado, el núcleo está cambiando. Mira estas lecturas –dijo el más experto mostrando una hoja.

–Estos picos muestran una clara anomalía. ¿Se está debilitando? –preguntó uno de los más jóvenes.

–O algo se está tratando de apoderar de él. Fíjate aquí –señaló–. Esta onda se revirtió. ¿Qué está pasando exactamente, Hazora?

–De momento seguiremos investigando. Pero como esto siga así, ni los Zorros van a poder purificar esto…

Kara no pudo evitar quedarse con aquellas palabras.

Darrim se detuvo y la miró. Ella devolvió la mirada y siguió caminando.

Los muros de la fortaleza palpitaban con una mezcla de núcleo azul y runas nuevas. Desprendían una sensación de forcejeo. La Custodio detuvo otra vez y las miró.

–¿Runas? –preguntó para sí–. Nunca ha habido runas en estos muros.

Siguió avanzando rápidamente, igualando al maestro. Salieron al patio.

El Velo tiñó la vista con un ligero color anaranjado.

La ínfima escarcha de los jardines empezaba a derretirse, creando un rocío fresco. Las gotas de la pasada lluvia deslizaban entre los bancos de madera refinada.

Apenas había movimiento en aquella área.

Pero un Búho del Silencio y un Lobo de Acero estaban sentados conversando.

La conversación no era muy alta, pero suficiente como para ser escuchada prestando un poco de atención.

–La cosa va de mal en peor, eh –dijo el Lobo, sarcásticamente.

–Han llegado noticias de que Erión está herido y que la Raposa Magna anda con él –le respondió–. Esto va a ponerse feo, muy feo.

–El Senado aprovechará esto para tensar algún hilo. Si nuestro viejo líder no recupera su nombre, poco podremos hacer nosotros como jauría.




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