Syntaxis: Obscurus

Capítulo 10: Bajo el Blanco

El avance se volvía más pesado y sus pasos se arrastraban cada vez más, dejando huellas firmes por la densidad del terreno.

A pesar de todo, ellos seguían, intentando mantenerse firmes ante su objetivo. Cada vez quedaba menos, pero la sensación de estar adentrándose en la boca del lobo era más notoria. Retroceder ya no era una opción.

El barro se mezclaba con la nieve y el paisaje ya era blanco, ligeramente teñido por el naranjoso Velo.

El sur ya hacía justicia a su implacable clima, que sin ser agresivo, se dejaba notar más de lo que debería.

El vaho comenzaba a ser más denso, casi como el humo del cigarro que se estaba fumando el Búho del Silencio.

Ilea caminaba tambaleándose de lado a lado, fruto del excesivo uso de la magia.

–Valos –dijo ella.

–Dime –dijo, girándose.

–Estoy algo mareada. Noto la cristalización en la sangre. Deberíamos parar un rato.

–¿No puedes aguantar? Estamos a unas horas de La Polvorienta.

–Por favor… –suplicó con un tono notoriamente bajo, fruto del cansancio.

El líder le dio una calada profunda al cigarro y suspiró ligeramente mientras sacaba el humo.

–Está bien –respondió dándole un golpecito al cigarro para sacudir la ceniza–. En breves tendría que haber un poblado pequeño. Pararemos ahí. ¿Puedes aguantar?

–Sí… creo.

–¿Necesitas que te lleve? –le preguntó Mega.

–No de momento. Es mareo, pero noto en la sangre la anomalía. Si el sitio está cerca, puedo aguantar.

–Vale, cualquier cosa me dices.

La joven asintió ligeramente con la cabeza y siguieron el camino. Se desviaron un poco para ir campo a través hasta encontrar un poblado completamente apartado.

No era muy grande y los tejados estaban teñidos de blanco. También se veía de lejos alguna chimenea humeante.

–Esto no figura en los mapas –dijo el Custodio con curiosidad.

–No. Están alejados de todo justamente por eso, para no ser encontrados. Los Búhos hemos pasado alguna vez como punto medio.

–Imagino que tenéis contacto con ellos.

–No mucho, lo evitamos para no presionarlos. Pero alguna vez nos hemos quedado para descansar. Este sitio tiene un clima muy cambiante y un refugio nunca viene mal.

–Esperemos que no haya cosas fuera de lo común…

–No debería.

Continuaron acercándose hasta que encontraron personas.

–Iré yo primero. –siguió el Búho–. Hay personas que me reconocerán.

Valos iba en cabeza. Se quitó la capucha y se bajó el cuello, descubriendo su cicatriz y el ojo destrozado.

Allí le conocían como el Pájaro de un Ojo.

Los dos jóvenes le siguieron sin saber mucho dónde se metían.

Las miradas y los comentarios volaban como plumas al viento, así que decidieron bajarse las capuchas como el líder. Era extraño ver caras nuevas por ahí así que pasar desapercibido era imposible.

Avanzaron hasta lo que parecía un albergue. No había mucha gente alrededor.

Cuando abrieron la puerta, descubrieron que estaba abandonado.

–No hay nadie –dijo Mega.

–Ni lo habrá. Su uso casi siempre es para los Búhos.

–Pero está destrozado… –añadió.

–Cuando se trata de sobrevivir, cualquier cosa con techo es una oportunidad de oro –le respondió acercándose a una chimenea–. Siempre y cuando no se te vaya a caer encima.

Puso unos troncos en el agujero y los prendió con un ligero Ignis.

Una tibia luz iluminó toda esa sala.

Ilea se acercó al fuego, se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra un mueble rascado.

–Si me disculpáis –dijo.

Cerró los ojos y se concentró. Una pequeña aura la invadía. Estaba meditando.

–Bueno, tardará un rato en purificar la sangre. Al menos puede hacerlo, si no, nos quedaríamos horas aquí. ¿Te sientas conmigo? –le ofreció el veterano al Custodio.

Mega no hizo ningún gesto, pero se acercó a Valos desabrochándose la espada. La dejó a un lado y ambos se sentaron en silencio. Él rebuscó en un zurrón. Sacó un pañuelo, lo desenvolvió y sacó algo de carne seca.

–¿Quieres? –le ofreció estirando el brazo.

El Elegido estiró el suyo para coger un poco.

–Gracias –asintió, llevándose un poco a la boca–. ¿No estará envenenada, no? –añadió satíricamente.

–El veneno no es mi estilo –sonrió–. Soy más de un tajo limpio a la garganta.

–Casi como Svent.

–Le enseñé yo, de hecho –hizo un breve silencio– ¿Qué te traes con él?

Mega también guardó silencio mirando el fuego.

–Hace unos años, en Vesaf, provocó una alerta. Algo que tuvo que ser sencillo, se convirtió en una masacre con muchos civiles. Todo por una redecilla suya con un tipo.

–Me imagino qué fue –comió un poco de carne– No le culpes por ello.

–Ni una simple disculpa. Tuve que alzar la espada más de lo que debería.

–Svent no es mucho de palabras, pero termina admitiendo sus errores. No sería un Ala Silenciosa si no fuera por ello.

–Discrepo… –suspiró.

–Deberías hablar con él. Es buen chico, de verdad. Estoy muy seguro que se culpa por ello, y hablarlo aligerará un peso, no solo en él, sino en ti también.

–Ya me lo pensaré…

Valos miró la marca del chico. Luego lo miró a él.

–¿Cómo fue todo? Desde hace diez años, se habla mucho del “Escudo que enfrentó al Engendro”. ¿En qué pensabas?

–No lo sé –mintió con pesadez.

–Venga, no hace falta que digas mentiras. No te voy a juzgar, yo también he cometido errores. Mis cosas con la Orden. Mi hermana. Incluso con los propios Búhos. Todos hemos sido jóvenes.

El guerrero soltó aire apretando la mandíbula, cansado por recordar el tema.

–Si no te apetece, no digas nada. Lo entenderé –añadió.

El Custodio dio un bocado a la carne seca. Empezaba a notar las especias y un ligero toque picante que le resultaba agradable.

–Supongo que me creía el salvador del mundo –terminó diciendo–. La marca, el respeto que tenía la Orden Arcano-Férrea en mí. La confianza por Darrim… Y ser el único implantado que podía manejar Obscurus sin volverse loco. Era extraño, así que fui directo a Ferrudan. Solo, con mi espada y mi esperanza de acabar con esto. Yo abrí la cripta de esa abominación. Yo generé el primer Nexus contra ese bicho. Yo causé todo esto de los Despertados y los Marchitos. Y de rebote, los adoradores del Engendro y el Cónclave…




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