Syntaxis: Obscurus

Capítulo 11: Donde la Luz No Alcanza

La puerta de la enfermería se abrió y una figura la atravesó corriendo casi en completo silencio.

–¡Erión! Maldita sea –exclamó buscando a su líder.

Su cuerpo estaba ensangrentado, producto de los múltiples cortes profundos que tenía.

–¡Erión!

Valos salió corriendo en cuanto le vio postrado en una camilla de recuperación y rodeado de médicos y enfermeros. Se abrió paso entre la multitud para verlo bien.

–¡Maestro!

–No chilles tanto, que me vas a dejar la cabeza como un bombo –ordenó alzando la mano con las pocas fuerzas que le quedaban–. Estoy bien. Unos pocos cortes.

El veterano bajó la mirada. La camilla estaba empapada.

–¿Unos pocos cortes? ¿Qué diablos ha pasado? –insistió.

–Salió… un poco mal todo. Algo ahí nos esperaba. Y la cripta ya estaba abierta.

–¿Quién ha podido hacerlo? ¿La Orden?

–No. No creo que el chico de la marca haya tenido nada que ver. Ahí abajo vimos un infierno –dijo, mirando el único ojo sano que le quedaba al veterano.

–¿Los demás? –preguntó mirando alrededor.

–De los seis que fuimos, uno cayó. Tres se quedaron para evacuarme. Y Faos está ahí descansando –señaló–. Valos, viejo amigo. Quiero ver al Custodio del Núcleo.

–¿A Mega?

–Sí. Cuando esté mejor hablaremos tú y yo a solas.

–Mandaré a Escape para informar a la Orden en Thal-Marrek…

–No –cortó– a la Orden no. A Caerys solo. Ni el Senado ni nadie se ha de enterar de esto.

–Confidencial entonces –asintió–. Mandaré a dos Búhos. Pronto le tendremos aquí.

Erión asintió ligeramente. Svent apareció corriendo, casi con el mismo ritmo y silencio que Valos. Ambos se giraron al instante.

–¡Maestro! –dijo el joven comandante.

El recuerdo se disipó cuando el polvo rojizo empezó a crujir bajo sus botas. Habían dado el primer paso en La Polvorienta.

La noche estaba cerrada. Solo les iluminaba la tenue luz de la pequeña Luna creciente. Los mapas ya no mostraban el asentamiento. Avanzaban a ciegas con la información recibida.

La tensión iba en aumento. Los miasmas eran más grandes que cualquiera de los anteriores vistos. Las calles, estrechas y encajonadas, parecían empujarles a marcharse.

–Y bien: ¿Qué buscamos? –preguntó Ilea.

–El edificio principal –respondió el líder–. Se veía desde arriba del risco. Era el que mejor estaba conservado.

–¿No hay mapa?

–No. Piensa que esto fue completamente clandestino.

–Entonces toca buscar.

–No mucho –interrumpió Mega–. Ahí está –señaló.

–Afilado –alagó el Búho–. Id avanzando, me subiré al tejado y vigilaré desde otro punto. Id con mucho cuidado.

–¿Puedes subir ahí? –ladeó la cabeza la raposa.

Valos rió, salió corriendo en silencio y, con la agilidad de un gato, escaló el edificio medio derruido con precisión quirúrgica. Al alcanzar el techo, miró con cierto orgullo. La chica mantuvo silencio mientras asentía y aplaudió sin hacer mucho ruido.

–Afilado –repitió ella–. Vamos Mega.

Ambos guerreros avanzaron con precaución, siguiendo instrucciones del veterano, que los guiaba desde arriba.

Las angostas calles del asentamiento dejaban ver algunos huesos de personas que intentaron buscarse la vida ahí… o escapar, junto a algunos de animales que parecieron pasar a mejor vida.

El clima seco y el polvo, con un leve olor metálico, invadían la garganta y dificultaban la respiración.

Llegar hasta allí no fue difícil, y eso los inquietaba. Los callejones parecían completamente desolados. Ni un alma, salvo ellos tres. Cosa que extrañaba al Búho, que no dejaba de observar. Algo no encajaba.

En un instante, un edificio sumamente decorado se alzó entre todos los demás. Parecía más un monumento que una base secreta.

Mega miró la puerta con detenimiento. Estaba entreabierta.

Miró a la raposa y sacó la espada. Ella, en cambio, generó una ligera bola de energía. Valos, por su parte, sacó varios cuchillos y se acercó silenciosamente a la retaguardia de los dos guerreros.

El Custodio irrumpió el edificio, seguido de Ilea. Pero el eco de sus pasos murió demasiado rápido.

Miraron alrededor. Nada respondió. Solo el abrumador silencio de algo que, aparentemente, estaba muerto.

La marca del guerrero ardía con más intensidad. Tanto el líder como él la miraron. Ambos sabían que ahí había algo.

–Algo no encaja. Mucha tranquilidad para lo que me arde esto. ¿Quizás Erión se equivocaba?

–No –le cortó el veterano señalando–. Mira.

Un rastro casi invisible para los ojos se mostró poco a poco.

–Si fuera por mí, ya estaría dando vueltas por este sitio –dijo el joven Custodio.

–Quizás me quede solo un ojo, pero esto no se me escapa.

La Raposa del Maná guardaba silencio. Observaba el lugar.

Había tecnología de antes de la guerra. Cables pelados por el techo y un rastro de núcleo que le llamaba la atención. No era puro, pero sí con mucha energía.

Avanzó en absoluta quietud siguiéndolo. Los dos hombres la miraron y, sin decir nada, la siguieron. Estaban alerta ante el más mínimo estímulo.

–Zorrita ¿dónde vas? –preguntó el líder.

–Aquí hay algo extraño –respondió, siguiendo su camino.

–Sí, lo sabemos, pero no puedes ir tan tranquila por aquí.

–No voy tranquila, estoy tan alerta como vosotros.

La chica les condujo a una puerta de madera que tenía una cerradura bastante elaborada. Ella intentó abrirla, pero nada ocurrió.

–¿Por qué tanto énfasis en esto, Ilea? –insistió el veterano.

–Quiero ver qué hay detrás. Noto algo.

–¿Quizás sea la entrada? –murmuró–. Dame un momento.

Valos se apoyó sobre su rodilla y sacó del zurrón un pequeño estuche. Al desplegarlo, dejó ver un juego con varias ganzúas y tensores. Probó suerte con una. Siguió con otra. Parecía no encontrar la correcta.

–¿Has probado a tocar a la puerta? –bromeó Mega, apoyándose en la columna.

El Búho detuvo su actividad y lo miró con indiferencia, entrecerrando los ojos. Luego, insistió un poco más, afinando el oído.




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