La vuelta fue silenciosa. Nadie se atrevió a decir nada. Quizás por respeto… o por miedo.
Llegaron sin demora a Thal-Dereth. Pese a las negras nubes que ahora rodeaban Velgratia, no hubo complicaciones.
Los pasos eran pesados, ahogados contra la piedra. La respiración, controlada, emanaba un ligero vaho y la vista, cansada, seguía puesta hacia delante.
Pero aquella marcha fue perturbada por el portón del Bastión, cerrado y sellado como dictaba la costumbre.
Unas figuras características les observaban de lejos. Mega alzó la mirada y los reconoció de inmediato: eran Nayra y Erión, los observaban desde lo alto.
El Custodio bajó la mirada, casi con vergüenza, y plantó los pies frente a la gigantesca estructura. De un momento a otro, el sello que la contenía fue roto y las bisagras empezaban a chirriar levemente.
Del otro lado ya se podían empezar a escuchar los murmullos, y ambas figuras que antes estaban arriba, ahora se encontraban en la misma planta.
El Elegido y la joven Raposa dieron unos pocos pasos y se adentraron a la fortaleza.
Entonces sucedió:
Los murmullos y las voces que tanto se alzaron, ahora hicieron completo silencio, casi como si hubieran visto un fantasma, y todos miraban perplejos sin apartar la vista.
Ambos guerreros siguieron caminando. Nadie se atrevía a decir una palabra. Solo se podían escuchar respiraciones agitadas.
Mega observó a los élites frente a él, apenado y devastado.
La Raposa Magna miró al líder de los Búhos y se acercó a su alumna.
Erión, en cambio, sostenía la mirada del chico que tenía enfrente. No era amenaza. Tampoco pena. Casi podían sentir aceptación. Aceptación por el precio pagado.
El cuerpo de Valos fue depositado con delicadeza en el suelo, y el Custodio hincó la rodilla y bajó la cabeza durante un par de segundos. Luego se levantó y dejó a todo el mundo atrás.
Avanzó hacia su habitación, donde no le esperaba nadie. Nayra le observó un instante más, con una dureza que no supo interpretar, antes de volver junto a Ilea, que también miraba al joven alejarse.
A su paso, el mundo le observaba. Cubierto aún de sangre seca y vendas, sentía como algunos civiles le juzgaban en voz baja. Los soldados, casi atónitos, daban un paso atrás al verle. Y en su cabeza solo repetía lo que ocurrió en La Polvorienta. Como si el mundo se hubiera detenido en ese instante.
Llegó a su estancia, cerró la puerta y miró la pared. Los pensamientos le seguían invadiendo.
–Demos a Velgratia lo que nuestros padres querían.
El pulso comenzó a dispararse y la respiración empezaba a agitarse.
–Hijo del error.
Gritó con todas sus fuerzas, tomó a Ferrum Lux y la lanzó con furia contra la pared, clavándola contra esta y arrancando los broches que la sostenían.
Después, se quedó mirándola mientras se limitaba a respirar con dificultad.
Cerró la puerta con un golpe, se quitó la armadura, dejándola caer poco a poco contra el suelo y fue al baño a mojarse la cara e intentar asearse. Se acercó al lavamanos y se apoyó sobre él. Intentó abrir la llave del agua fría, pero se detuvo para observar la marca. Había crecido.
Ahora la espiral estaba completa y alrededor hacían formas de cable hacia los dedos. Las runas no se distinguían bien, eran confusas. Y su muñeca y parte del antebrazo estaban ya invadidos por el color negro. Casi se sentía que quería tomar el control.
Alzó la mirada hacia el espejo que había. Se miró a los ojos. Temblaban.
Y de nuevo, su respiración aumentó, casi sollozaba con cada respiro.
Hasta que, en un momento de rabia, rompió el espejo de un puñetazo, haciendo que la sangre brotara de los nudillos como un torrente. Aunque ya apenas sentía el dolor.
Cogió una toalla y se limpió un poco la herida, pero la sangre no cesaba en absoluto.
Salió del baño abriendo la puerta con fuerza. Del otro lado le esperaba alguien: la líder de los Zorros del Maná.
Estaba de pie, tensa como una cuerda. Le miraba fijamente, con confianza, pero con cautela.
Nuevamente, nadie dijo nada durante unos segundos. Hasta que alguien dio un paso al frente.
–Hola, Custodio –dijo la mujer.
Tras un breve instante, él respondió.
–Hola, Nayra.
Su respuesta fue seca, más de lo habitual.
–Veo que no ha ido como esperábamos.
El chico le respondió con un suspiro, se acercó a la cama y se sentó, mirando su herida más reciente. La Raposa Magna lanzó una mirada fugaz a la espada clavada en la pared antes de acercarse a él.
–Mega, ¿qué ha pasado en La Polvorienta?
–No digas ese nombre –cortó fríamente pero sin alzar la voz y girando la cabeza.
–Está bien. ¿Quieres contarme qué ha pasado? –le preguntó nuevamente, mirando cómo la marca había crecido.
–Todo se… complicó. No era un simple servidor. Era algo más.
–¿Algo más?
–¿Tú también vas a andar con medias verdades? –alzó la mirada, cambiando la expresión–. Si Erión lo sabía, tú también.
Nayra se limitó a callar, apartando brevemente la mirada hacia el suelo.
–¿Esa es tu respuesta? ¿Silencio? –continuó, levantándose de la cama–. Ahora resulta que no puedo confiar ni en vosotros. ¿Vais a hacer lo mismo que Caerys?
La élite dio un paso atrás. Su postura cambió; ahora estaba alerta.
–Venga va, responde –insistió, acercándose a ella–. ¿Puedo o no confiar en vosotros?
Ella bajó por completo la mirada, como si sintiera culpa.
–Yo… –empezó– no lo sabía del todo… algo entendía pero, al hacerse cargo los Búhos del Silencio, no le di mayor importancia. Lo siento… asumo parte de mi culpa.
Ahora Mega era quien hacía silencio.
–De haberlo sabido, hubiera ido directamente yo pero… –continuó, haciendo una breve pausa– cuando me lo explicaron ya era tarde, ya llevabais un día y medio fuera. Fue arrogancia mía aceptar estos riesgos, y todos lo hemos pagado. Especialmente tú…