Syntaxis: Obscurus

Capítulo 13: Punto de Quiebre

A su paso, la nieve se fue convirtiendo en barro y el paisaje cada vez se tornaba más de color marrón apagado. El sol ya se dejaba ver y el fango poco a poco se fue secando.

La vuelta no era complicada, había una tranquilidad extraña, casi insegura para él. Apenas había gente caminando, y la escasa vigilancia de la vía principal hacía de ese camino algo extrañamente agradable.

Con los días que llevaba caminando, pudo pensar en todo lo que iba a pasar a su llegada:

Sus compañeros le mirarían con el mismo respeto y miedo de siempre, quizás ahora incluso más con la evolución de la marca. Apenas vería civiles haciendo vida normal. La charla que tendría con Caerys y con Darrim. Y sobre todo, la disputa que ocurriría con el Senado Dual.

Sentía que todo se le hacía cuesta arriba, pero que era inevitable enfrentar todo eso.

Sus pensamientos se detuvieron cuando una tropa de cinco soldados, pertenecientes a la Orden Arcano-Férrea se cruzaron con él.

A su cabeza iba Ren, Custodio Primero y antiguo compañero del Elegido.

No tenía muchas ganas de hablar, pero se obligó a hacerlo. Ren dio el primer paso.

–Mega –saludó–. Un gusto volver a verte.

–Hola, Ren –respondió levemente.

–Imagino que ya vuelves a casa.

–Sí –realizó una breve pausa, detenido en aquella última palabra–. Aún queda un cacho de camino.

–Un día para ser exactos –añadió–. Al menos ya no estás tan lejos de Thal-Dereth. ¿Cómo está el camino? Nos dirigimos hacia allí.

–¿Vais al Bastión? –preguntó, alzando la cabeza extrañado.

–Sí. Órdenes del Senado. Están a flor de piel por lo que se ve.

–¿De verdad?

–Así es, nos envían ellos. Desconozco los motivos, pero yo que tú me movería con pies de plomo.

Mega hizo silencio, pensativo.

–Bueno, me despido, Custodio. No quiero demorarte más. Un placer haberte visto de nuevo.

–Igualmente, idos con ojo.

El líder del grupo bajó la cabeza junto a sus compañeros y siguieron el camino. El Elegido miró cómo se iban, con la sensación de que Velgratia empezaba a moverse sin pedir permiso.

Continuó su avance hasta que la noche volvió a caer. Decidió que era hora de apartarse del camino, pero siguió un poco antes de hacerlo. Caminó unos minutos campo a través hasta encontrar un pequeño monolito de piedra. Lo desmontó, lo limpió con calma y volvió a erigirlo en el sitio. Dio un pequeño paso hacia atrás y rebuscó en el suelo. Había una pequeña daga enterrada con una inscripción en un idioma antiguo: “Pax caerulea veniet”. La observó en silencio y la devolvió a su lugar.

Se quitó la espada y la clavó en el suelo. Luego dejó la mochila y empezó a preparar el terreno para dormir. Hizo una pequeña fogata con unos palos y un breve syntaxis. La avivó hasta que el fuego se estabilizó. Extendió una colcha y se acomodó.

Miró al cielo, directamente al Velo. No dijo nada. Solo respiró en silencio bajo la tibia luz naranja, hasta que el sueño terminó por vencerle.

La luz del amanecer le despertó con ligereza. El frío de la mañana le envolvía como una sábana, y el canto de algún pájaro rompía el silencio.

Se incorporó y recogió todo. Rebuscó en el zurrón y sacó un poco de carne seca. Tiró un pequeño cacho al monolito, dio media vuelta y regresó al camino principal.

Al llegar a la senda, se fijó en el suelo, como si hubiera encontrado algo valioso. Había huellas. Pero rara vez se dejaban ver.

–¿Caballos? –murmuró–. Dirección Thal-Dereth… o quizá hacia Varn-Oton. O puede que ni siquiera sean de la Orden. En fin… estaré alerta.

Empezó el trayecto final, pero no podía evitar seguir viendo aquellas marcas en el suelo. Se agachó a examinarlas.

Más adelante vio una herradura caída. Se acercó a ella y la recogió.

–Buen material. Bérnir o sus aprendices han tenido que forjarla –la observó con detenimiento– y esta marca… es suya. Entonces sí que vienen de Thal-Marrek… Desde que el Velo se alzó, tener caballos es un lujo. Maldita Marchitez de las Bestias…

Guardó el trozo de hierro en la mochila y continuó. Siguió dándole vueltas al asunto.

–¿Qué estará pasando para movilizar tropas así? –pensó–. No creo que sea por la celebración… Esto no encaja. ¿Habré hecho algo mal con Obscurus? No… mierda. Ojalá me equivoque con el origen de los caballos… y que no sea nada grave.

Las horas pasaron y los kilómetros se fueron reduciendo hasta que, poco a poco, a lo lejos, la Primera Fortaleza empezaba a alzarse como una montaña.

Mega la observó con cierta resignación y, antes de darse cuenta, estaba a pocos metros del portón.

Su paso se detuvo y alzó la vista. La piel se le erizó, como si su propio cuerpo le advirtiera. No estaba paralizado, pero la situación no invitaba a avanzar.

Permaneció unos minutos más así, en silencio y con la mente casi en blanco. Al bajar la mirada, distinguió una nueva figura entre sus compañeros. Era inconfundible.

–Darrim…

A su mente solo llegaba la borrosa visión que tuvo aquella noche. No sabía si confiar… ¿Pero iba a tener dudas por algo tan confuso y fugaz?

Su pulso se aceleró brevemente, pero logró controlarlo. Siguió el camino que le quedaba hasta detenerse frente al viejo Custodio Superior.

El veterano lo analizó en profundidad, y él lo sabía. Observaba las cicatrices, la ropa, el equipo reparado y, sobre todo, la marca.

–Algo en ti ha cambiado –rompió el silencio el mago.

El Custodio del Núcleo comprendió aquellas palabras, pero por primera vez en muchos años no supo cómo responder.

–Al menos mírame a los ojos, guerrero –insistió, con el tono calmado que le caracterizaba.

Mega alzó la mirada. Sabía por qué se lo pedía.

–¿Vas a analizarme como siempre, verdad? –preguntó.

–No me hace falta. Tu silencio lo dice todo.

–Darrim… yo…

–Soy consciente de lo que ha podido pasar –interrumpió–, pero tendrás que contármelo. Caerys también te espera.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.