–¿Cómo me veo? –le preguntó Erión, abriendo los brazos.
–Nada mal –sonrió Nayra, mirándole de arriba a abajo.
El líder de los Búhos del Silencio lucía un atuendo de cuero negro, ligeramente ceñido y con detalles en color dorado. En la capa se podía apreciar el símbolo de la facción. También llevaba el pelo recogido y la barba perfilada. Svent observaba apoyado en una de las paredes.
–Hacía tiempo que no te veía sonreír así, Sombra –comentó una compañera acercándose.
–Me gusta verle así –respondió, con el mismo tono seco de siempre–. Parece que por una noche olvida la responsabilidad de ser un líder.
–¿No te vas a vestir?
–No. Esta noche, el único que no olvida la responsabilidad soy yo.
–Venga, Svent. Aunque hayas subido a general de los Búhos, tú también tienes derecho a darte un descanso.
–Quizás el próximo año, Eira. Hoy, se lo debo a un amigo.
–Pues nada, iré a vestirme –dijo Nayra.
–Aquí te espero. Tengo que ajustar un poco las hombreras.
Nayra cogió un petate del suelo y se acercó a una cortina alzada para que las mujeres pudieran cambiarse con algo de intimidad. Se colocó detrás y empezó a sacar ropa. Unas botas altas elegantes cubiertas con varios papeles para que no se mancharan, junto a unos pantalones negros y un vestido largo, de color verde azulado con blanco y detalles en dorado. Los inspeccionó detenidamente.
–Mierda, una arruga.
Levantó el traje con magia y, con un breve chasquido, invocó un tenue fuego en sus dedos y lo acercó, guardando una pequeña distancia mientras iba alisándolo con la otra. De nuevo lo miró con detenimiento.
–Vale, debería bastar –dijo para sí misma, mientras apagaba el fuego con un movimiento de dedos–. Hora de ponerlo.
Mientras Nayra se cambiaba de ropa, Svent fue a hablar con su maestro.
–Maestro –saludó, inclinando la cabeza.
–¿No te vas a vestir para la celebración? –le respondió, poniéndose una hebilla.
–No creo. Esta noche haré guardia.
–Sombra, puedes descansar por una vez.
–No lo haré –rechazó, mientras miraba una parte del traje de Erión–. Es mi deber ahora mismo. Déjame…
El chico se acercó a él y le ayudó con un par de broches.
–Gracias –dijo alzando los brazos–, pero no le debes nada a nadie. Que Valos lo hiciera, no significa que tú estés obligado.
–Ya me lo pensaré, maestro. Hasta entonces, vigilaré.
–Si es tu voluntad.
–Y agradezco que se respete –se alejó un poco–. Te ves muy bien.
–Te lo agradezco de nuevo. Veo que los demás ya casi están –miró alrededor de la sala–. Los guardias de los Thal, también.
–Así es. De un momento a otro, sonarán las primeras campanadas.
Una mujer de los Zorros se acercó a ambos hombres.
–Erión. Svent –dijo ella, acercándose.
–Saia –dijeron al unísono mientras la miraban.
–Hacía tiempo que no os veía. ¿Cómo os va todo?
–Bien, bien. Vamos avanzando –contestó Erión–. ¿A ti cómo te va, exploradora?
–Igual de bien. Viajar por el continente tiene sus cosas.
–¿Alguna novedad en tus investigaciones, Zorra del Maná?
Svent seguía en silencio. Se cruzó de brazos y observó atentamente.
–Sí, por eso me acercaba. Tendría que hablar con vosotros junto con Nayra.
–Todos tenemos que hablar con todos, incluido con el Colmillo de Hierro.
–Mañana os buscaré y conversaremos tranquilamente. Hasta entonces, disfrutad de la fiesta.
–Así lo haremos, Saia.
La mujer asintió con la cabeza, dio media vuelta y se fue con los demás Zorros del Maná a terminar de prepararse.
–Hacía tanto tiempo que no la veía que pensaba que murió –admitió Svent.
–No aún. Es curioso que, pese a ser la mano derecha de Nayra, nunca esté con ella. Y aun así aquí está, vestida de gala para la noche.
–Es un poco irresponsable por su parte abandonar tanto a los suyos –añadió, tocando el mango de uno de sus cuchillos mientras la miraba.
–De cierta manera. Pero ella tiene una conexión especial con el Núcleo también. Si hubiera seguido de investigadora, seguramente el Senado la hubiera limitado.
–Casi como ponerle una correa…
–Casi. Voy a terminar de preparar todo. Échame una mano.
Y mientras tanto, en una de las habitaciones…
–Y con esto –hizo una breve pausa, apretando uno de los broches– ya lo tenemos.
–Gracias, Veyra.
–¿El cinturón?
–Ahí en la mesa –respondió Kara, acercándose a un espejo–. Anoche lo estuve revisando –añadió, girando las caderas para mirarse–. ¿He engordado? Lo noto un poco apretado.
–¿Engordado? –preguntó mientras se acercaba a ella con el cinto en las manos–. No creo, si no paras quieta. Habrás ganado algo de masa muscular. Levanta.
La Custodio ayudó a la mujer a colocarse el cinturón doble de cuero marrón. Mientras, iba observando el traje de Kara, en busca de imperfecciones.
–Veo que has cuidado bastante bien el traje, bicho. Pese a que hace tres años que no se hace la celebración.
–No me gusta descuidar estas cosas. Algo así es casi sagrado para mí.
–No lo dudaba para nada –dijo, mientras terminaba de ajustar las hebillas–. Pues ya estaría.
–¿Cómo me veo?
–Espectacular. Tu pelo pelirrojo contrasta muy bien con el traje. Solo te falta un detallito más.
Veyra dio la vuelta para coger el sable curvo de Kara y entregárselo.
–Nunca estarás completa sin tu arma –continuó pasando la vaina por el soporte–. Y ahora que ya eres oficialmente Custodio, ¿irás a por alguna élite?
–No lo sé. Pienso en que los Zorros se me escapan y los Búhos no son mi rollo.
–Y los Lobos son demasiado brutos para tu elegancia –admitió, separándose.
–Tú pudiste ser Búho del Silencio, ¿verdad?
–Sí. Mi hermano lo es. Pero ese mundo no estaba hecho para mí. Además, mírame –alzó los brazos– soy demasiado gruesa para saltar, trepar o directamente aterrizar. Rompería el suelo con este cuerpo –dijo, riendo.