Tù Y yo: Ni lo sueñes

Capítulo 2: Control de daño

NEREA KAIRON

Cerrar la puerta de la oficina de Enzo Velmor debería considerarse deporte extremo.

Lo hice. Y un escalofrió me recorrió.

El clic del seguro sonó más fuerte de lo normal. O tal vez era mi pulso.

Enzo se quitó el saco con movimientos tranquilos, demasiado tranquilos para alguien que acababa de escuchar a su asistente describirlo como “peligrosamente atractivo” frente a todo el despacho.

—Si va a despedirme —dije antes de que hablara—, agradecería que fuera rápido. Tengo una dignidad que enterrar.

Él dejó el saco sobre el respaldo de la silla.

—¿Despedirla? —me miró como si hubiera sugerido cerrar el despacho por capricho—. Señorita Kairon, usted es la única persona aquí que se atreve a contradecirme. Despedirla sería estratégicamente imprudente.

Parpadeé.

Eso… no era lo que esperaba.

—Entonces, ¿qué es esto? —señalé el aire entre nosotros—. ¿Un interrogatorio?

—Es una conversación profesional sobre límites.

—¿Límites? Usted puso mi voz en altavoces.

—Fue un error técnico.

Lo miré fijo.

—No mienta. Ni siquiera pestañeó cuando sonó mi audio.

Una pausa.

Una mínima sonrisa ladeada.

—Quería escuchar el final

Oh.

Eso fue innecesariamente honesto.

—Pues ya lo escuchó —crucé los brazos—. No volverá a pasar.

—Eso espero.

Se acercó a su escritorio, tomó un expediente y lo dejó frente a mí.

—Caso Navarro. Fraude corporativo. Audiencia preliminar en dos semanas. — Habla frio y rápido

—Es el cliente más grande del despacho. —Digo confundida

—Lo sé. —Dice con una seriedad que me intimida sinceramente

Levanté la vista.

—Eso lo lleva usted. — trato de apaciguar aguas, porque presiento que lo que dirá estará mal, demasiado mal

—Lo llevábamos —corrigió—. Ahora lo llevará conmigo.

Sentí el golpe.

—¿Después del… incidente… me asigna el caso más importante? — Le pregunto confundida.

Porque esto ya se volvió extraño, demasiado extraño

—Considérelo control de daños —respondió con calma—. Si alguien cuestiona su profesionalismo por un comentario personal, este caso lo silenciará.

—¿O es su forma de vigilarme?

Sus ojos se afilaron apenas.

—Si quisiera vigilarla, no la pondría al frente.

Silencio.

Demasiado silencio.

—Va a tener que asistir a todas las reuniones —continuó—. Incluso la cena del viernes con el cliente.

—¿Cena?

—El señor Navarro confía más en las relaciones personales que en los contratos.

—Eso suena ilegal.

—Suena incómodo. Diferente.

Lo observé con sospecha.

—¿Y qué papel juego yo en esa “relación personal”?

Enzo apoyó ambas manos en el escritorio, inclinándose apenas.

—El cliente es tradicional. Cree que los despachos sólidos tienen equipos… estables. —Dice serio

—No me gusta cómo suena eso.

—Necesito que finja ser mi prometida. —Dice así, seco, firme.

El aire se fue de mis pulmones.

Espero sea una broma del peinado de mango

—¿Su qué? —Digo incrédula, la verdad no me creo nada de lo que sale de esa estúpida boca.

—Prometida. —Lo dice de manera despreocupada que me hace enojar

—¿Está loco? —Digo con coraje

—Probablemente. Pero es la forma más rápida de asegurar el contrato.

Lo miré incrédula.

—Hace una hora me escuchó decir que es insoportable.

—Y aun así admitió que soy atractivo. La química ya está establecida.

—¡Eso no es química, es un error técnico!

—Entonces demuéstreme que puede actuar con profesionalismo.

Apreté los dientes.

—¿Y qué gano yo?

—Visibilidad en el caso. Firma conjunta en la estrategia legal. Y si ganamos… un bono considerable.

Maldito.

Sabía exactamente dónde atacar.

—Solo es una cena —añadió con tono casi despreocupado—. Sonríe. Toma mi brazo. No me insulta frente al cliente.

—Eso último será lo más difícil.

Por primera vez, rió. Bajo. Real.

Y fue… peligroso.




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