Tù Y yo: Ni lo sueñes

Capítulo 3 Todo bajo control (mentira)

Perspectiva de Enzo

Hay dos cosas que nunca hago:

1.-Perder un caso.

2.-Mezclar emociones con trabajo.

Esta semana estoy peligrosamente cerca de romper ambas reglas.

Desde el incidente del audio, el despacho no volvió a ser igual. No por el chisme —eso se apaga rápido— sino por cómo me miró Nerea cuando creyó que iba a despedirla.

Esperaba miedo.

Encontré desafío.

Y eso fue un problema.

Porque la señorita Kairon no entiende algo esencial: yo no la mantengo cerca porque me divierte discutir con ella.

La mantengo cerca porque es brillante.

Y porque cuando habla, el resto del equipo escucha.

Incluso yo.

Viernes. 6:45 p.m.

La espero en mi oficina para “coordinar detalles”. Esa fue la excusa profesional.

La verdad es que necesito asegurarme de que no improvise.

La puerta se abre sin tocar.

—Llego cinco minutos antes —dice—. Anótelo en su lista de milagros.

Levanto la vista.

Y olvido respirar.

No lleva el traje habitual de oficina. Viste algo sencillo, elegante. Nada exagerado. Pero suficiente para descolocar a cualquiera.

Incluyéndome.

No reacciono. No externamente.

—Puntualidad aceptable —respondo lo primero que se me ocurre .

Ella rueda los ojos.

—¿Cuál es la historia oficial? ¿Dónde nos conocimos? ¿Quién se enamoró primero?

—Yo.

Parpadea.

—¿Perdón?

—Yo me enamoré primero —repito con naturalidad—. Usted tardó en notarlo.

Cruza los brazos.

—Eso no es creíble.

—Es más creíble que usted.

—¿Por qué?

La observo un segundo de más.

Porque si sigo hablando puedo decir algo imprudente.

—Porque usted aparenta tener mejor juicio.

Silencio.

Se acerca al escritorio.

—Bien. ¿Cuánto tiempo llevamos “juntos”?

—Seis meses.

—Eso es poco para un compromiso.

—No si uno está seguro.

La frase se escapa antes de que pueda medirla.

Sus ojos se suavizan apenas.

Error.

Desvío la mirada y tomo mi saco.

—Regla uno —digo con tono firme—. No me contradiga frente al cliente.

—Regla dos —responde—. No me interrumpa cuando hable.

La miro.

Ahí está. Fuego.

Extiendo mi brazo.

—¿Lista?

Duda medio segundo antes de tomarlo.

Ese medio segundo me molesta más de lo que debería.

En el restaurante, el señor Navarro resulta más entrometido de lo esperado.

—¿Y cómo le propuso matrimonio, joven Velmor?

La pregunta cae como bomba.

No lo había previsto.

Siento la tensión en el brazo de Nerea.

Podría inventar algo simple

Podría mantenerlo superficial.

Pero no lo hago.

—En mi oficina —digo—. Después de una discusión.

Nerea me mira, sorprendida.

—Ella estaba decidida a irse —continúo—. Y yo entendí que no quería que lo hiciera.

No es completamente mentira.

El cliente sonríe satisfecho.

—El carácter fuerte mantiene vivo el amor.

Nerea recupera la compostura.

—Y la paciencia mantiene vivo al señor Velmor —añade con dulzura ensayada.

El cliente ríe.

Pero cuando nuestras miradas se cruzan, ya no estamos actuando.

Estamos demasiado conscientes.

Más tarde, un antiguo colega del cliente se acerca a la mesa.

—Señorita, si alguna vez reconsidera ese compromiso, puedo ofrecerle algo menos… estructurado.

Sonríe con descaro.

Antes de que Nerea responda, mi mano se tensa sobre la suya.

No lo pienso.

—No lo hará —digo con calma peligrosa—. Porque no comparte mesa con hombres que no saben respetar límites

El hombre se retira incómodo.

Nerea me observa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.