NEREA KAIRON
Nerea llegó al despacho el jueves por la mañana con una decisión pendiente y un dolor de cabeza que prometía empeorar.
Había pasado la noche entera pensando.
En la oferta.
En el ascenso que Enzo le había propuesto.
En la conversación de la terraza.
Y especialmente en aquella frase.
"Esto dejó de tratarse del trabajo hace tiempo."
Maldita frase.
Porque desde entonces no había logrado sacársela de la cabeza.
Al entrar al despacho sintió algo raro.
Demasiado raro.
Todo estaba excesivamente tranquilo.
No había conversaciones.
No había risas.
No había Laura haciendo preguntas indiscretas.
Nada.
Y eso era sospechoso.
Muy sospechoso.
—¿Por qué están todos actuando como si escondieran un cadáver? —preguntó.
Los empleados se miraron entre sí.
—No sabemos de qué hablas —respondió uno.
—Sí saben.
—No sabemos.
—Definitivamente saben.
A las diez de la mañana salió rumbo a la reunión con Álvarez & Molina.
Intentó concentrarse.
Intentó emocionarse.
Intentó imaginar su futuro allí.
Pero cada vez que lo hacía aparecía otra imagen.
Una oficina.
Un hombre insoportable.
Y unos ojos azules que últimamente estaban causando demasiados problemas.
Las oficinas de Álvarez & Molina eran impresionantes.
Modernas.
Elegantes.
Ambiciosas.
Exactamente el tipo de lugar donde cualquiera querría trabajar.
Gabriel Álvarez la recibió personalmente.
—Me alegra que haya venido.
—Gracias por la invitación.
—¿Qué le parece?
Nerea observó alrededor.
—Es impresionante.
—Y puede ser suyo.
Directo.
Sin rodeos.
Tal como esperaba.
Pasaron más de una hora recorriendo instalaciones y hablando sobre el puesto.
Todo sonaba perfecto.
Demasiado perfecto.
Y cuando algo parecía demasiado perfecto...
Normalmente escondía algo.
—¿Hay alguna razón por la que aún no haya aceptado? —preguntó Gabriel finalmente.
Nerea dudó.
—No lo sé.
Mentira.
Sí lo sabía.
Simplemente no quería decirlo.
Porque explicar que el problema era su jefe sonaba ridículo.
Mientras tanto...
Enzo estaba teniendo el peor día de la semana.
Y eso era mucho decir.
Porque llevaba cuarenta minutos intentando leer el mismo contrato.
Sin éxito.
—Sigues enamorado.
Enzo levantó la vista.
Ricardo estaba nuevamente sentado frente a él.
Sin permiso.
Como siempre.
—¿No trabajas?
—Estoy observando una tragedia romántica en desarrollo.
—Sal de mi oficina.
—No.
—Ricardo.
—Enzo.
—Eres insoportable.
—Lo aprendí de ti.
Enzo dejó la pluma sobre el escritorio.
—¿Qué quieres?
—Que dejes de actuar como un imbécil.
—Muy específico.
—Ella puede irse.
Silencio.
Ricardo suspiró.
—Y tú sigues hablando del asunto como si fuera únicamente un tema laboral.
—Lo es.
—Claro.
—Lo es.
—Entonces dime algo.
Enzo no respondió.
—Si mañana Nerea acepta esa oferta y desaparece de este despacho...
¿qué es exactamente lo que vas a extrañar?
Y por primera vez...
Enzo no tuvo una respuesta profesional.
A las cinco de la tarde Nerea regresó.
Estaba cansada.
Confundida.
Y más indecisa que nunca.
Entró al despacho.
Y encontró globos.
Otra vez.
Muchos globos.
Demasiados globos.
—No.
Laura apareció de inmediato.
—¡Sorpresa!
—No.
—Sí.
—Laura...
—Antes de que te enojes, escucha.
Nerea observó las decoraciones.
Las flores.
La comida.
Y una enorme pancarta.
"Te deseamos éxito en tu nueva aventura."
Su corazón se detuvo.
—¿Qué hicieron?
Laura sonrió nerviosamente.
—Una despedida.
—¿UNA QUÉ?
—Pensamos que aceptarías el trabajo.
—¡Yo ni siquiera he decidido!
—Bueno...
—Laura.
—Parecía bastante probable.
Cinco minutos después todo el despacho estaba reunido.
Y Nerea quería desaparecer.
—¿Quién autorizó esto?
Todos señalaron a Laura.
—Traidores.
—Nos amenazó emocionalmente —se defendió uno.
—¡Eso no es una defensa válida!
Entonces ocurrió algo inesperado.
La puerta principal se abrió.
Y Enzo apareció.
Observó los globos.
La pancarta.
La decoración.
Y lentamente levantó una ceja.
Mala señal.
Muy mala señal.
—¿Qué es esto?
Nadie respondió.
—Pregunté qué es esto.
Laura dio un paso adelante.
Valiente.
O suicida.
—Una despedida.
El silencio fue mortal.
—¿Una despedida?
—Sí.
—¿Quién se va?
—Nerea.
Más silencio.
Peor silencio.
El peor silencio registrado en la historia.
La mirada de Enzo encontró la de Nerea.
—¿Ya aceptaste?
—No.
—Entonces no te vas.
—Aún no lo sé.
Algo pasó por su rostro.
Algo rápido.
Algo que nadie más notó.
Pero Nerea sí.
Dolor.
La fiesta continuó de manera incómoda.
Muy incómoda.
Hasta que alguien propuso juegos.
Y luego alguien más propuso preguntas.
Y luego alguien claramente quería morir.
Porque preguntaron:
—¿Cuál fue su primera impresión de Nerea?
Todos giraron hacia Enzo.
—No.
—Sí.
—No voy a responder.
—Sí va a responder.
Enzo suspiró.
—Pensé que era demasiado joven.
Nerea parpadeó.
No esperaba eso.
—¿Y ahora? —preguntó Laura.
—Ahora sé que estaba equivocado.
Silencio.
Nadie bromeó.
Nadie habló.
Porque aquella respuesta había sonado demasiado sincera.