Nerea no respondió de inmediato.
¿Cómo podía hacerlo?
Después de todo lo que había pasado, después de semanas de discusiones, sarcasmo y una guerra silenciosa que ninguno de los dos había querido admitir, Enzo acababa de decir algo que jamás creyó escuchar.
"Cuando imagino este lugar sin ti... no me gusta lo que siento."
No era una declaración de amor.
Pero estaba peligrosamente cerca.
Y viniendo de Enzo Velmor, equivalía a gritarlo desde la azotea.
El viento movió suavemente el cabello de Nerea mientras ambos permanecían frente al edificio.
Mirándose.
Esperando.
Temiendo.
Porque a veces una respuesta podía cambiarlo todo.
—Enzo...
Su voz apenas salió.
Él mantuvo la mirada fija en ella.
Sin apartarla.
Sin esconderse.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía haber bajado todas sus defensas.
Y eso la asustaba más que cualquiera de sus discusiones.
—No sé qué hacer.
Era la verdad.
La única verdad.
—No tienes que decidir esta noche.
—Tengo que responder mañana.
—Me refiero a nosotros.
La palabra quedó suspendida entre ellos.
Nosotros.
Nunca habían sido un "nosotros".
Siempre habían sido Enzo contra Nerea.
Jefe contra asistente.
Orden contra caos.
Razón contra impulso.
Y ahora...
Ahora ya no sabían qué eran.
Aquella noche ninguno durmió bien.
Nerea pasó horas observando el techo de su departamento.
Recordando cada momento.
Cada discusión.
Cada sonrisa rara de Enzo.
Cada mirada que había empezado a significar demasiado.
Y cuanto más pensaba...
Más evidente se volvía algo.
La oferta era perfecta.
El problema era que no quería irse.
Y por más que intentara convencerse de que se trataba del trabajo...
Sabía que estaba mintiendo.
Al día siguiente llegó temprano al despacho.
Mucho más temprano de lo habitual.
Necesitaba ordenar sus ideas.
Pero cuando llegó...
Enzo ya estaba ahí.
Por supuesto.
Porque aparentemente aquel hombre jamás dormía.
Levantó la vista cuando ella entró.
Y el silencio volvió a instalarse entre ellos.
Uno distinto.
Más vulnerable.
Más peligroso.
—Buenos días.
—Buenos días.
Ninguno añadió nada.
Y eso era extraño.
Porque normalmente discutían antes del primer café.
A las nueve y media recibió otra llamada.
Gabriel Álvarez.
El momento había llegado.
Toda la oficina parecía contener la respiración.
Porque todos sabían.
Todos.
Incluso quienes fingían no saber.
—¿Señorita Kairon?
—Sí.
—¿Tomó una decisión?
Nerea cerró los ojos.
Por un instante.
Solo uno.
Y cuando volvió a abrirlos...
Miró hacia la oficina de Enzo.
La puerta estaba entreabierta.
Él la observaba.
No intentando influir.
No presionando.
Simplemente esperando.
—Sí.
La oficina entera se paralizó.
—Ya tomé una decisión.
—Excelente. La escucho.
Nerea respiró profundo.
—Agradezco mucho la oferta.
Pero voy a rechazarla.
Silencio.
Absoluto.
Gabriel tardó unos segundos en responder.
—¿Está segura?
—Sí.
—Es una lástima.
—Lo sé.
—Le deseo suerte.
—Gracias.
La llamada terminó.
Cinco segundos después...
Toda la oficina explotó.
—¡SE QUEDA!
—¡LO SABÍA!
—¡GANÉ LA APUESTA!
—¿QUÉ APUESTA?
—Nada.
—¡LAURA!
—Luego te explico.
Nerea se llevó ambas manos al rostro.
—No puedo trabajar con ustedes.
—Eso es imposible —respondió Laura—. Ya formas parte del ecosistema.
Pero entre todo el caos...
Solo una persona no dijo nada.
Enzo.
Horas después, cuando finalmente la oficina recuperó cierta normalidad, alguien tocó el escritorio de Nerea.
Ella levantó la vista.
Era él.
—¿Puede venir a mi oficina?
El tono profesional había vuelto.
Y eso le produjo una decepción absurda.
Entró.
Cerró la puerta.
Y durante unos segundos ninguno habló.
—Rechazaste la oferta.
—Sí.
—¿Por qué?
Nerea cruzó los brazos.
—Pensé que ya habíamos hablado de eso.
—Quiero escucharlo de ti.
Su corazón comenzó a acelerarse.
Otra vez.
Siempre era culpa de él.
—Porque me gusta trabajar aquí.
Enzo arqueó una ceja.
—Mentira.
—¿Perdón?
—No es toda la verdad.
Maldito abogado.
—Porque me gusta mi equipo.
—Tampoco.
—Porque...
—Nerea.
La forma en que dijo su nombre la dejó sin argumentos.
—Porque no quería irme.
—¿Por el trabajo?
Ella tragó saliva.
—No solamente.
El silencio cayó entre ambos.
Y esta vez ninguno intentó romperlo.
Porque ambos sabían exactamente de qué estaban hablando.
Enzo dio un paso adelante.
Luego otro.
Lento.
Sin apartar la mirada.
—Entonces dime qué te hizo quedarte.
El corazón de Nerea estaba fuera de control.
—Tú.
La palabra escapó antes de que pudiera detenerla.
Y una vez que salió...
Ya no hubo vuelta atrás.
El mundo pareció detenerse.
Solo por un instante.
Pero fue suficiente.
Enzo la observó.
Como si llevara semanas esperando escuchar aquello.
Tal vez meses.
—Pensé que nunca lo admitirías.
—Pensé que tú tampoco.
—Tienes razón.
Y entonces sonrió.
Una sonrisa real.
Completa.
Sin máscaras.
Sin barreras.
Y Nerea comprendió algo aterrador.
Era mucho más atractivo cuando sonreía.
—Esto es una mala idea.
—Probablemente.
—Trabajamos juntos.
—Correcto.
—La oficina es insoportable.
—También correcto.