Después del beso
El problema de besar a alguien en una oficina… es que la oficina sigue existiendo después.
Y peor aún: sigue llena de gente.
Nerea llevaba exactamente tres minutos intentando recordar cómo caminar con normalidad.
No lo lograba.
Porque cada vez que pensaba en la palabra “normal”, su cerebro le recordaba otra cosa.
Enzo Velmor.
Y el beso.
Y la mano en su mejilla.
Y el silencio antes de eso.
Maldita memoria selectiva.
—No estás caminando raro —susurró Laura a su lado.
—Sí estoy caminando raro.
—Estás flotando.
—Eso no es mejor.
—Es romántico.
—Es humillante.
Laura sonrió como si acabara de ganar la lotería.
—Te besó.
—Laura.
—Te BESÓ.
—Voy a renunciar.
—Otra vez.
En la oficina de Enzo, el ambiente era completamente distinto.
O al menos… aparentemente.
Porque él estaba sentado en su escritorio con la misma postura de siempre.
Impecable.
Controlado.
Frío.
Pero el problema era su mano.
Seguía apoyada en su boca.
Como si intentara borrar algo.
O recordar algo.
—¿Vas a quedarte así todo el día? —preguntó Ricardo desde la silla frente a él.
—Estoy trabajando.
—Estás mirando el vacío.
—Estoy pensando.
—En ella.
Silencio.
Enzo dejó el bolígrafo.
—No menciones nombres.
—No es un nombre, es un problema.
—Es mi asistente.
Ricardo lo miró con media sonrisa.
—Ya no suena como eso.
En la recepción del despacho, el caos era absoluto.
—¡NECESITO DETALLES! —gritó alguien.
—¡FUE REAL! —gritó otro.
—¡YO SUPE PRIMERO!
—¡MENTIRA, YO LO SUPE CUANDO ELLA RESPIRÓ RARO!
Nerea quería desaparecer dentro del teclado.
—Esto es peor que una audiencia —murmuró.
—Esto es amor corporativo —corrigió Laura felizmente.
—Eso no existe.
—Ahora sí.
A las once en punto, la puerta de su oficina se abrió.
Sin tocar.
Por supuesto.
Enzo.
El despacho entero contuvo el aliento.
Incluso las impresoras parecieron detenerse.
Él caminó directo hacia el escritorio de Nerea.
Sin mirar a nadie.
Sin saludar.
Solo ella.
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—Mi oficina.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, el mundo afuera desapareció.
Silencio.
Demasiado silencio.
Nerea cruzó los brazos.
—Esto no fue profesional.
—No.
—No puedes simplemente besarme y luego actuar como si nada.
Enzo la miró un segundo.
—No estoy actuando como si nada.
Pausa.
Eso la descolocó.
—¿Entonces qué estás haciendo?
—Intentando no repetirlo frente a todo el despacho.
Silencio.
Nerea lo miró fijo.
—Eso no ayuda.
—Lo sé.
Enzo dio un paso hacia ella.
Luego otro.
Más lento que antes.
Esta vez no había urgencia.
Solo control… luchando por mantenerse.
—Nerea…
Su nombre otra vez.
Pero ahora distinto.
Más bajo.
Más real.
—No debí hacerlo.
Eso dolió más de lo esperado.
—Entonces fue un error.
Él no respondió de inmediato.
Y ese fue el problema.
Porque el silencio en Enzo siempre decía más que sus palabras.
—No.
Esa única palabra cambió todo.
—No fue un error.
Nerea sintió el aire atraparse en su pecho.
—Entonces ¿qué fue?
Enzo la observó.
Como si por fin hubiera dejado de huir de algo.
—Un problema.
Eso la hizo soltar una risa breve.
—Qué romántico.
—No entiendes.
—Explícame.
Él se detuvo.
Por primera vez, parecía incómodo.
De verdad.
—Si esto sigue… deja de ser controlable.
—Nada contigo es controlable.
Eso salió demasiado rápido.
Demasiado sincero.
Silencio.
Otra vez.
Pero diferente.
Más cargado.
Más peligroso.
Enzo bajó la voz.
—Estoy intentando hacer lo correcto.
Nerea dio un paso hacia él.
—¿Y qué es lo correcto?
La pregunta lo golpeó.
Se notó.
Porque Enzo Velmor no dudaba.
Pero ahora sí.
—Dejarte decidir sin interferencias.
—Eso no responde mi pregunta.
Él la miró directamente.
—Lo correcto sería no querer besarte otra vez.
El corazón de Nerea se detuvo.
Otra vez.
Ya era costumbre.
La distancia entre ellos desapareció lentamente.
Sin que ninguno la eliminara del todo.
Simplemente… se redujo.
Como si el espacio mismo se rindiera.
—¿Y puedes?
preguntó ella en voz baja.
Enzo no respondió.
Porque la verdad era demasiado simple.
Y demasiado peligrosa.
No.
No podía.
La puerta de la oficina volvió a abrirse de golpe.
—¡URGENTE!
Laura.
Otra vez.
—¡NO ES BUEN MOMENTO! —gritaron ambos al mismo tiempo.
Laura se detuvo.
Miró la escena.
Y sonrió.
—Ah… ya entendí.
—NO.
—Sí.
—NO.
—Traje café.
Silencio.
—Lo voy a dejar aquí… y me voy a retirar de la existencia.
Salió.
Cerró la puerta.
Nerea soltó aire.
Enzo también.
Y cuando se miraron otra vez…
Ya no estaban fingiendo nada.
—Esto se va a complicar —murmuró ella.
—Ya está complicado.
—Y aún no es lo peor.
Enzo ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Qué sería lo peor?
Nerea lo miró.
Sonrió apenas.
—Que nadie interrumpa la próxima vez.
Silencio.
Pequeña sonrisa de Enzo.
Peligrosa.
Y por primera vez…
ninguno intentó detener lo que venía.
.
.
.
.
.
V.N