El problema de empezar algo con Enzo Velmor…
Es que él no hacía nada a medias.
Y Nerea lo estaba descubriendo demasiado tarde.
Desde la interrupción de Laura, todo había cambiado.
No en lo evidente.
La oficina seguía igual.
Los casos seguían llegando.
Las impresoras seguían atascándose en el peor momento posible.
Pero entre ellos… había algo distinto.
Algo que ninguno de los dos estaba diciendo en voz alta.
Y eso lo empeoraba todo.
Nerea intentó concentrarse en un expediente.
Leyó la misma línea cinco veces.
No entendía nada.
No porque fuera complicado.
Sino porque su cerebro insistía en reproducir otra escena.
La oficina.
La puerta cerrándose.
Y Enzo diciendo:
"No puedo… dejar de querer besarte otra vez."
Suspiró.
—Esto es ridículo —murmuró.
—¿Qué es ridículo?
La voz de Enzo la hizo saltar.
Levantó la vista.
Ahí estaba.
Obviamente.
—No tocaste la puerta.
—Es mi oficina.
—Eso no responde nada.
Él la observó un segundo.
—Estabas distraída.
—Estoy trabajando.
—Estabas pensando en otra cosa.
Nerea cerró el expediente con fuerza.
—¿Viniste a molestarme?
—Vine a trabajar contigo.
—Eso suena peor.
Enzo dejó unos documentos sobre su escritorio.
Demasiado cerca.
Como si lo hiciera a propósito.
Que probablemente lo hacía.
—Revisé el contrato del caso Morales.
—¿Y?
—Hay un riesgo.
Nerea lo miró.
Profesional.
Perfecto.
Intentando recuperar control.
—Explícate.
Enzo se apoyó en el borde del escritorio.
Demasiado cerca otra vez.
—Podemos ganar el caso… pero si el juez interpreta mal el testimonio clave, perdemos credibilidad.
—¿Y qué propones?
Silencio.
Él la miró.
Y no respondió al tema legal.
No de inmediato.
—Que no dejes que te distraiga.
Nerea parpadeó.
—¿Perdón?
—Tú estás distraída.
—No estoy—
—Sí lo estás.
Silencio.
Denso.
—Esto no es profesional —dijo ella.
—Nunca lo ha sido contigo.
Eso la desarmó.
Completamente.
Nerea se levantó.
—No puedes decir cosas así y luego actuar como si nada.
Enzo la observó sin moverse.
—No estoy actuando como si nada.
—Entonces ¿qué estás haciendo?
Pausa.
Más larga esta vez.
Más peligrosa.
—Intentando no perder el control.
Eso hizo que el aire cambiara.
Otra vez.
Nerea lo miró fijo.
—¿Y si ya lo perdiste?
Silencio.
Enzo se acercó un paso.
Luego otro.
Sin prisa.
Sin dudas.
Solo decisión contenida.
—Entonces no me detengas.
El mundo se redujo.
Otra vez.
Solo ellos.
Solo esa oficina.
Solo esa tensión imposible de ignorar.
—Enzo…
Su nombre otra vez.
Pero esta vez no fue advertencia.
Fue rendición.
Él levantó la mano lentamente.
Tocó su mejilla.
Como la última vez.
Pero ahora no había sorpresa.
Solo consciencia.
—Dime que pare —susurró él.
Nerea lo miró.
Y no lo dijo.
Y eso fue suficiente.
Cuando sus labios se encontraron esta vez, no hubo duda.
No fue accidental.
No fue impulsivo.
Fue elección.
Lenta.
Intensa.
Demasiado consciente de todo lo que estaban rompiendo.
El problema de un segundo beso…
Es que confirma el primero.
Cuando se separaron, ninguno habló.
Porque cualquier palabra arruinaba lo que acababa de pasar.
—Esto… —empezó Nerea.
—Es un problema —terminó Enzo.
—Siempre eres muy romántico.
Una pequeña sonrisa apareció en él.
Casi imperceptible.
—No es mi área de especialidad.
Pero antes de que pudieran decir algo más…
La puerta se abrió.
—¡URGENTE!
Laura.
Obviamente.
Otra vez.
Se detuvo.
Los miró.
Parpadeó.
Y sonrió como si hubiera visto su serie favorita renovada.
—…llego en mal momento otra vez, ¿verdad?
Silencio.
Nerea cerró los ojos.
Enzo suspiró.
—Siempre llegas en mal momento —dijeron ambos al mismo tiempo.
Laura asintió feliz.
—Perfecto, entonces no cambió nada.
Dejó unos papeles sobre la mesa.
—Ah, y por cierto…
Pausa dramática.
—El despacho entero sabe que ya no están fingiendo.
Silencio absoluto.
Enzo levantó la mirada lentamente.
—¿Qué?
Laura sonrió.
—Fue muy obvio desde el segundo beso.
Y salió.
Como si nada.
Nerea se dejó caer en la silla.
—Voy a renunciar a la vida.
Enzo la observó.
Y por primera vez…
no intentó arreglarlo.
Solo se acercó otra vez.
Más lento.
Más consciente.
—Tarde o temprano iba a pasar —murmuró.
—¿El qué?
Él la miró.
—Que ya no podamos fingir que no sentimos esto.
Silencio.
Y esta vez…
Nerea no huyó.
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V.N