Tù Y yo: Ni lo sueñes

Capítulo 10 Cuando ya no se puede volver atrás

NEREA KAIRON

El problema de cruzar una línea… es que no se puede desdibujar.

Nerea lo entendió al despertar.

No porque hubiera cambiado el mundo.

Sino porque todo seguía exactamente igual… y aun así, nada se sentía igual.

Su departamento.

Su cama.

Su rutina.

Pero su mente ya no le pertenecía del todo.

Porque cada pensamiento volvía al mismo lugar.

Enzo.

En el despacho, el ambiente era insoportablemente normal.

Lo cual era peor.

Porque nadie decía nada.

Pero todos miraban.

Y sonreían.

Y fingían trabajar.

Como si no supieran.

Como si no hubieran visto.

Como si no hubieran oído el rumor convertido en certeza.

—Ya no están fingiendo —susurró alguien.

—Nunca lo hicieron —respondió otro.

Nerea quiso desaparecer.

En la oficina de Enzo, el silencio era distinto.

No incómodo.

No tenso.

Era consciente.

Él estaba de pie frente a la ventana, sin moverse.

Como si por primera vez en mucho tiempo no estuviera resolviendo un problema legal…

sino uno personal.

Ricardo entró sin tocar.

—Esto se salió de control.

—No.

—Sí.

Enzo no lo miró.

—No es un problema.

Ricardo soltó una risa corta.

—Claro. Tu equipo cree que vas a anunciar matrimonio en cualquier momento.

Silencio.

—No voy a hacerlo.

—¿Y qué vas a hacer?

Enzo tardó.

Demasiado.

—No lo sé.

Ricardo lo observó en silencio.

—Nunca te había escuchado decir eso.

Nerea intentó trabajar.

Falló.

Intentó ignorarlo.

Falló.

Intentó respirar normalmente.

Falló otra vez.

Porque cada vez que levantaba la vista…

él estaba ahí.

A unos metros.

Actuando como si no hubiera pasado nada.

Pero todo había pasado.

A las once, Enzo apareció frente a su escritorio.

—Ven.

—¿Ahora?

—Ahora.

No era una orden.

Pero tampoco era una petición.

Era él.

La puerta de su oficina se cerró detrás de ellos.

Y el mundo volvió a desaparecer.

Otra vez.

Pero esta vez… era diferente.

Porque ninguno fingía.

—Esto no puede seguir así —dijo Nerea.

—Lo sé.

—La oficina sabe.

—Lo sé.

—Laura está organizando algo.

—Eso también lo sé.

Nerea lo miró.

—¿Y no te preocupa?

Enzo se acercó al escritorio.

Apoyó las manos.

La miró directamente.

—Lo único que me preocupa eres tú.

Silencio.

Demasiado rápido.

Demasiado honesto.

—No puedes decir eso como si nada.

—No lo estoy diciendo como si nada.

—Enzo…

Su nombre otra vez.

Pero ahora dolía distinto.

Porque ya no era juego.

—Tenemos que establecer límites.

Él levantó una ceja.

—¿Después de lo de ayer?

Nerea desvió la mirada.

—Justamente por eso.

—¿Te arrepientes?

Silencio.

Esa era la pregunta correcta.

Y la más peligrosa.

Nerea respiró hondo.

—No.

La respuesta salió sin filtro.

Sin control.

Sin defensa.

Enzo se quedó quieto.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

—Entonces no hay problema —dijo él.

—Sí lo hay.

—¿Cuál?

Nerea lo miró.

Y esta vez no huyó.

—Que no podemos seguir actuando como si esto no existiera.

El aire cambió.

Otra vez.

Enzo dio un paso hacia ella.

Luego otro.

Ya no había distancia que fingir.

Ya no había excusas.

—Nunca he sabido actuar contigo —dijo él en voz baja.

Nerea tragó saliva.

—Eso es evidente.

Pequeña sonrisa.

Casi invisible.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó él.

La pregunta no era profesional.

No era estratégica.

Era peligrosa.

Nerea lo miró.

Y por primera vez no pensó en el trabajo.

Ni en la oficina.

Ni en Laura.

Ni en el futuro.

Solo pensó en él.

—Quiero que dejes de fingir.

Silencio.

Enzo la observó como si hubiera estado esperando esa frase desde el principio.

—Yo nunca he fingido contigo.

Eso la desarmó.

Otra vez.

La distancia entre ellos desapareció por completo.

Ya no había espacio.

Solo decisión.

—Entonces dime qué somos —susurró ella.

Enzo no respondió de inmediato.

Porque esta vez no había respuesta legal.

Ni estrategia.

Ni defensa.

Solo verdad.

—Un problema —dijo al fin.

Nerea soltó una risa leve.

—Otra vez con eso.

—El más importante de todos.

Y entonces la miró como nunca antes.

Sin barreras.

Sin control.

Sin miedo visible.

—O lo más correcto que me ha pasado.

Silencio.

Total.

Irreversible.

Nerea no se movió.

Y eso fue todo lo que Enzo necesitó.

La besó.

Esta vez no hubo interrupción.

No hubo oficina.

No hubo Laura.

No hubo mundo.

Solo ellos.

Pero el problema con los momentos perfectos…

es que no duran.

El teléfono de Enzo vibró sobre el escritorio.

Una llamada.

Internacional.

Él no se separó de inmediato.

Pero lo hizo.

Con esfuerzo.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió.

—Tengo que contestar.

Nerea lo observó.

—Ahora no.

—Es importante.

Silencio.

Él dudó.

Y eso ya era extraño.

Contestó.

—¿Sí?

Pausa.

Su rostro se endureció.

—Entiendo.

Otra pausa.

Más larga.

Cuando colgó, no la miró de inmediato.

Eso fue lo peor.

—Tenemos un problema —dijo finalmente.

Nerea sintió un frío extraño.

—¿Qué tipo de problema?

Enzo la miró.

Y por primera vez desde que empezó todo…

no parecía dueño de la situación.

—Uno que no tiene nada que ver con la oficina.




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