Tù Y yo: Ni lo sueñes

Capítulo 11 El apellido Velmor

El problema de enamorarte de alguien como Enzo Velmor…

es que nunca estás enamorada solo de él.

Estás enamorada de todo lo que lo persigue.

Y eso, Nerea lo entendió cuando lo vio salir de la oficina sin ella.

—No te vayas —había dicho él.

Pero se fue.

No porque quisiera.

Sino porque la llamada que recibió cambió el aire completo del lugar.

Familia.

Esa palabra siempre significaba algo que complicaba todo.

Nerea pasó la noche en blanco.

No por dudas.

No del todo.

Sino por la sensación de que algo grande acababa de moverse en el mundo de Enzo… y ella no tenía acceso a esa parte de su vida.

Y eso la inquietaba más de lo que quería admitir.

A la mañana siguiente, Enzo no llegó.

Primera vez.

En tres años.

Primera vez.

El despacho lo notó inmediatamente.

—¿El jefe no vino? —susurró alguien.

—Esto es apocalíptico —respondió otro.

Laura miró a Nerea.

—Ve a verlo.

—No soy su niñera.

—Eres peor.

—¿Qué significa eso?

—Eres la única que lo puede detener de destruir cosas… o de sí mismo.

Silencio.

Nerea no respondió.

Pero tampoco discutió.

Dos horas después, recibió un mensaje.

Enzo.

"Ven."

Sin explicación.

Sin contexto.

Solo una palabra.

Como siempre.

El edificio donde vivía Enzo no era un lugar cualquiera.

Era demasiado silencioso.

Demasiado elegante.

Demasiado Enzo.

Nerea subió sin anunciarse.

Porque él nunca esperaba que tocara la puerta.

Y ella nunca había aprendido a hacerlo.

La puerta estaba entreabierta.

Eso ya era mala señal.

Entró.

—¿Enzo?

Silencio.

Luego lo vio.

Sentado.

Sin saco.

Sin corbata.

Sin esa armadura perfecta que siempre llevaba.

Por primera vez…

no parecía el abogado intocable.

Parecía alguien.

—No debiste venir —dijo él sin mirarla.

—Me enviaste un “ven”.

—No era invitación.

—Lo leí como invitación.

Silencio.

Nerea se acercó un poco.

—¿Qué pasó?

Enzo tardó en responder.

Demasiado.

—Mi padre.

La forma en que lo dijo lo cambió todo.

Nerea se quedó quieta.

—¿Qué pasó con él?

Enzo finalmente la miró.

Y lo que vio en sus ojos no era enojo.

No era frialdad.

Era algo más pesado.

—Quiere que vuelva.

Silencio.

—¿A dónde?

Enzo soltó una risa breve, sin humor.

—A lo que construí para escapar.

Nerea sintió un nudo en el estómago.

—¿Te estás yendo?

La pregunta salió antes de poder detenerla.

Enzo se levantó.

Caminó hacia la ventana.

Como si mirarla directamente fuera demasiado.

—No es tan simple.

—Nunca lo es contigo.

—Tengo responsabilidades.

—Aquí también.

Silencio.

Él giró.

—Allí está mi apellido.

La forma en que lo dijo lo explicaba todo.

El peso.

La historia.

La cadena invisible.

—Y aquí estoy yo —murmuró Nerea.

Eso lo golpeó.

Se notó.

Porque Enzo cerró los ojos un segundo.

Solo uno.

Pero suficiente.

—No lo hagas más difícil.

—No lo estoy haciendo yo difícil.

—Nerea…

Su nombre otra vez.

Pero ahora sonaba distinto.

Roto.

Ella dio un paso hacia él.

—Dime la verdad.

Silencio.

Enzo la miró.

Y por primera vez desde que empezó todo…

no parecía tener una estrategia.

—Si me voy… no es solo el despacho lo que dejo atrás.

El corazón de Nerea se tensó.

—Explícate.

Él tardó.

Pero cuando habló…

lo hizo sin máscara.

—Te dejo a ti.

Silencio absoluto.

Nerea sintió que el mundo se detenía.

Otra vez.

—Eso no es una opción —susurró ella.

Enzo la miró.

Triste.

Frustrado.

Humano.

—No puedo elegir entre lo que construí… y lo que estoy empezando a sentir.

El aire era demasiado pesado.

Demasiado real.

Nerea se acercó más.

Hasta que ya no había espacio para dudas.

—Entonces deja de elegir como si fueran cosas separadas.

Silencio.

Enzo la miró.

Y esta vez…

no hubo distancia.

—No sabes en lo que te estás metiendo —murmuró él.

Nerea sonrió apenas.

—Contigo, eso ya es tradición.

Y lo besó.

Esta vez no como oficina.

No como error.

No como impulso.

Sino como respuesta.

Pero el problema de los momentos perfectos…

es que siempre tienen una grieta.

El teléfono de Enzo sonó otra vez.

Esta vez no lo ignoró.

Esta vez… lo vio.

Y su expresión cambió.

—Tengo que irme.

Nerea lo miró.

—¿Otra vez?

Enzo apretó la mandíbula.

—No es opcional.

Silencio.

—¿Te vas?

La pregunta pesó más que todas las anteriores.

Enzo no respondió de inmediato.

Y cuando lo hizo…

fue lo peor posible.

—Tal vez.

Y con esa palabra…

el apellido Velmor dejó de ser un problema legal.

Y se convirtió en una amenaza para lo que acababan de empezar.

.

.

.

.

En estos momentos me cae mal enzo y eso que yo lo invente

V.N




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