Distancia obligatoria
NEREA KAIRON
La palabra “tal vez” no debería tener tanto poder.
Pero en la boca de Enzo Velmor sonó como una sentencia.
Nerea lo entendió apenas salió de su edificio.
No hicieron falta más explicaciones.
No hizo falta que él la detuviera.
Porque Enzo no la detuvo.
Y eso fue lo que más dolió.
El regreso al despacho fue silencioso.
Demasiado silencioso.
Laura fue la primera en notar algo.
—Ok… esto está raro.
—No está pasando nada —respondió Nerea sin levantar la vista.
—Eso es peor que si pasara algo.
Nerea no contestó.
Porque si abría la boca, probablemente diría la verdad.
Y la verdad era peligrosa.
En la oficina de Enzo, la tensión era otra.
No la del trabajo.
La de las decisiones no tomadas.
Ricardo entró sin avisar, como siempre.
—Te fuiste.
—Tenía que hacerlo.
—¿Y ella?
Silencio.
Enzo no respondió de inmediato.
Eso ya era una respuesta.
—Esto no es como los casos que ganas —dijo Ricardo—. No puedes cerrarlo ignorando lo que sientes.
—No estoy ignorando nada.
—Estás huyendo.
Enzo lo miró con frialdad.
—Estoy evitando un desastre.
Ricardo soltó una risa breve.
—Ya es un desastre.
Silencio.
Nerea intentó concentrarse durante todo el día.
Falló en cada intento.
Porque ahora el problema no era solo Enzo.
Era su ausencia.
El despacho parecía más grande.
Más frío.
Más falso.
Y cada vez que la puerta de la oficina principal se abría… su cuerpo reaccionaba antes que su mente.
Pero él no salió.
Ni una vez.
Hasta que llegó la tarde.
—Reunión general —anunció Laura.
—No —dijo Nerea de inmediato.
—Sí —corrigió Laura—. Y no es opcional.
—Laura…
—Confía en mí.
Eso nunca era buena señal.
La sala de juntas estaba llena otra vez.
Pero esta vez no había chismes.
Había incomodidad.
Y una ausencia demasiado evidente.
Enzo no estaba.
Nerea lo notó antes que nadie.
—¿Dónde está el jefe? —preguntó alguien.
Nadie respondió.
Laura evitó su mirada.
La reunión empezó sin él.
Y eso ya era extraño.
Demasiado extraño.
Hasta que la puerta se abrió.
Silencio inmediato.
Enzo entró.
Traje impecable.
Expresión controlada.
Demasiado controlada.
Pero algo había cambiado.
No caminaba igual.
No miraba igual.
Y no miró a Nerea ni una sola vez.
—Tenemos un problema con el caso Morales —dijo él sin preámbulos.
Profesional.
Frío.
Distante.
Como si nada hubiera pasado.
Como si ella no existiera fuera de ese escritorio.
Nerea sintió el golpe.
La reunión terminó rápido.
Demasiado rápido.
Y cuando todos salieron, ella se quedó atrás.
Por decisión propia.
No quería hacerlo.
Pero tampoco podía seguir así.
—Enzo.
Él no la miró de inmediato.
Siguió guardando documentos.
Demasiado metódico.
Demasiado controlado.
—Estoy ocupado.
—No estás ocupado. Estás evitando.
Silencio.
Finalmente la miró.
Pero no como antes.
No como en la oficina cerrada.
No como en el beso.
Esto era distinto.
Más duro.
Más lejano.
—Es lo mejor.
Nerea sintió rabia.
—¿Qué es lo mejor? ¿Actuar como si no existiera?
—No podemos permitirnos distracciones.
—¿Distracciones?
Él apretó la mandíbula.
—Esto.
El silencio cayó como un golpe.
Nerea dio un paso hacia él.
—No soy una distracción.
—No dije que lo fueras.
—Lo insinuaste.
Enzo respiró hondo.
Por primera vez parecía perder el control… aunque fuera un poco.
—Tengo que irme unos días.
Eso lo cambió todo.
—¿A dónde?
—No importa.
—Claro que importa.
Silencio.
Enzo finalmente la miró de verdad.
—A resolver lo de mi familia.
La frase otra vez.
El peso otra vez.
Nerea sintió que algo se le cerraba en el pecho.
—¿Y nosotros?
La pregunta quedó suspendida.
Demasiado humana.
Demasiado real.
Enzo tardó.
Y cuando respondió…
fue cuidadoso.
Demasiado cuidadoso.
—No puedo prometerte nada ahora.
Silencio absoluto.
Nerea soltó una risa corta.
Sin humor.
—Eso es nuevo.
—No es nuevo.
—Lo es para mí.
Él la observó.
Y por un segundo…
pareció querer acercarse.
Pero no lo hizo.
—No quiero lastimarte —dijo él.
Nerea lo miró fijo.
—Ya lo estás haciendo.
Silencio.
Enzo bajó la mirada.
Y eso fue peor que cualquier discusión.
—Cuando vuelva… hablamos.
—¿Eso es una promesa?
—Es una intención.
Nerea negó lentamente.
—Las intenciones no me sirven contigo.
Se hizo un silencio largo.
Incómodo.
Irreparable.
Enzo dio un paso hacia la salida.
Pero antes de abrir la puerta…
se detuvo.
Sin girarse.
—Nerea…
Ella no respondió.
—No te estoy dejando.
Silencio.
Y salió.
La puerta se cerró.
Y por primera vez desde que todo empezó…
Nerea sintió que no estaba peleando contra una oficina.
Ni contra una regla.
Ni contra un jefe.
Estaba peleando contra algo mucho más difícil.
Alguien que no sabía si iba a volver.
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Me pase poquito...
V.N