Tù Y yo: Ni lo sueñes

Capítulo 17 El precio de quedarse

El precio de quedarse

El problema de estar en una guerra…

es que nadie te pregunta si quieres pelearla.

El departamento de Enzo ya no era un refugio.

Era un punto estratégico.

Eso fue lo primero que Nerea entendió al tercer día de quedarse ahí.

El segundo fue peor:

él no dormía.

—¿Siempre haces eso? —preguntó ella una madrugada.

Enzo estaba frente a su laptop.

Otra vez.

Luz tenue.

Café frío.

Mirada fija.

—Hacer qué —respondió sin mirarla.

—Actuar como si no necesitaras descanso.

Silencio.

—Estoy bien.

Nerea soltó una risa corta.

—Eso no es una respuesta, es una mentira elegante.

Enzo finalmente la miró.

Por un segundo.

Solo uno.

—No tengo tiempo para cansancio.

—Tienes tiempo para colapsar.

—No va a pasar.

—Eso dicen todos antes de colapsar.

Silencio.

Enzo dejó la laptop.

Solo entonces la observó de verdad.

—Deberías dormir.

—¿Ahora eres mi jefe otra vez?

—Nunca dejé de serlo.

Eso dolió más de lo que debería.

Nerea se cruzó de brazos.

—Entonces deja de mirarme como si fuera algo que tienes que proteger.

Enzo no respondió.

Pero la mirada cambió.

Porque ella había acertado.

A la mañana siguiente, la ciudad ya no se sentía normal.

Había autos que no estaban antes.

Personas que miraban demasiado tiempo.

Rutas que cambiaban sin explicación.

—Nos están siguiendo —dijo Enzo mientras revisaba su teléfono.

—¿Estás seguro?

—No es paranoia si es sistemático.

Nerea tragó saliva.

—¿Qué quieren exactamente ahora?

Enzo no contestó de inmediato.

Porque la respuesta era peor que la pregunta.

—Aislarme.

Silencio.

—Primero el despacho —continuó él—. Luego mis clientes. Luego mi estabilidad.

Nerea lo miró.

—Y luego yo.

Enzo no negó.

Eso fue suficiente.

Esa tarde, el despacho recibió una notificación legal.

Un requerimiento.

Una auditoría.

Y una suspensión temporal de contratos clave.

—Esto no es normal —dijo Ricardo.

Enzo apretó la mandíbula.

—Lo sé.

—Es tu apellido.

—Lo sé.

—Están presionando.

—Lo sé.

Cada respuesta era más corta.

Más peligrosa.

Más contenida.

Nerea observaba desde su escritorio.

Y por primera vez entendió el tamaño real de Enzo Velmor.

No el jefe.

No el hombre.

Sino el sistema alrededor de él.

Cuando la noche cayó, Enzo cerró la oficina.

—Nos vamos —dijo.

—¿Otra vez?

—Sí.

—¿A dónde ahora?

Enzo la miró.

—A donde no puedan anticiparnos.

Silencio.

Mientras caminaban hacia el auto, Nerea sintió algo extraño.

No era miedo.

Era presión.

Constante.

Invisible.

—Esto no va a terminar rápido —dijo ella.

—No.

—¿Y qué pasa si empeora?

Enzo abrió la puerta del coche.

Se detuvo.

La miró.

—Entonces dejo de jugar limpio.

Silencio.

Nerea lo estudió.

—Eso suena a amenaza.

Enzo negó ligeramente.

—Es una advertencia.

El viaje fue silencioso.

Demasiado silencioso.

Solo luces de ciudad pasando rápido.

Y dos personas intentando no pensar en lo inevitable.

Hasta que Nerea habló.

—¿Te arrepientes?

Enzo no apartó la vista del camino.

—¿De qué?

—De mí.

Silencio largo.

Demasiado largo.

Cuando respondió, su voz fue baja.

Honesta.

—No.

Pausa.

—Me arrepiento de todo lo demás… menos de esto.

Nerea lo miró.

Y por primera vez en días…

no sintió miedo.

Sintió peligro.

Porque cuando Enzo Velmor decía algo así…

el mundo siempre cambiaba después.

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V.N




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