Lo que están dispuestos a perder
Nerea no durmió esa noche.
Y no fue por miedo.
Fue porque las palabras de Enzo seguían repitiéndose en su cabeza.
"Me arrepiento de todo lo demás… menos de esto."
Era la confesión más sincera que había escuchado de él.
Y también la más preocupante.
Porque significaba que estaba dispuesto a perder demasiado.
A la mañana siguiente, Enzo recibió una llamada.
La tercera antes de las ocho de la mañana.
La cuarta fue peor.
Porque cuando colgó, permaneció inmóvil.
Completamente inmóvil.
—¿Qué pasó? —preguntó Nerea.
Silencio.
—Enzo.
Él levantó la vista.
Y por primera vez desde que empezó aquella guerra…
parecía furioso.
—Cancelaron tres contratos más.
Nerea sintió el golpe.
—¿Todos hoy?
—Todos.
Silencio.
—Eso no es casualidad.
—No.
—Tu padre.
—Sí.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Como si ya no tuviera sentido fingir.
Ese mismo día regresaron al despacho.
Y el ambiente era devastador.
No porque estuviera vacío.
Sino porque todos intentaban fingir que nada ocurría.
Laura fue la primera en acercarse.
—Dime que traes buenas noticias.
Enzo la miró.
—No.
—Genial. Me encanta el sufrimiento laboral.
Ricardo soltó una risa cansada.
Pero nadie más sonrió.
Porque la situación era seria.
Más seria de lo que querían admitir.
En la sala de juntas, las cifras hablaban por sí solas.
Clientes retirándose.
Proyectos suspendidos.
Presiones externas.
Demandas inesperadas.
Todo perfectamente calculado.
—Quieren hundirnos —dijo Ricardo.
—No.
Todos miraron a Enzo.
—Quieren hundirme a mí.
Silencio.
Nadie discutió.
Porque todos sabían que tenía razón.
Horas después, Nerea encontró a Enzo solo en su oficina.
Observando la ciudad.
Como si estuviera intentando encontrar una respuesta entre los edificios.
—Estás pensando demasiado.
—Y tú sigues entrando sin tocar.
—Nunca te molestó antes.
Pequeña sonrisa.
Pequeñísima.
Pero real.
—¿Qué vas a hacer?
preguntó ella.
Enzo tardó en responder.
—Lo que debí hacer hace años.
Nerea sintió un mal presentimiento inmediato.
—¿Qué significa eso?
Él se giró lentamente.
—Voy a enfrentarlo.
Silencio.
—¿A tu padre?
—A todos.
El corazón de Nerea se aceleró.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
—Enzo...
—No puedo seguir reaccionando.
Tengo que terminar esto.
Silencio.
Y ahí estaba el problema.
Porque cuando Enzo tomaba una decisión…
era casi imposible hacerlo cambiar de opinión.
Esa noche ocurrió algo inesperado.
Muy inesperado.
El padre de Enzo pidió verlo.
Directamente.
Sin abogados.
Sin intermediarios.
Sin amenazas ocultas.
Solo una reunión.
—No me gusta esto —dijo Nerea inmediatamente.
—A mí tampoco.
—Entonces no vayas.
Enzo la miró.
—Tengo que ir.
La misma frase de siempre.
Pero esta vez era diferente.
Porque ya no estaba huyendo.
Estaba preparándose para pelear.
Antes de salir, se quedó observándola unos segundos.
Más de lo normal.
—¿Qué?
preguntó ella.
Enzo no respondió enseguida.
—Si algo sale mal...
—No empieces.
—Nerea.
Ella negó con la cabeza.
—No.
No voy a escuchar un discurso dramático.
Por primera vez en días, él soltó una risa auténtica.
—Siempre arruinas mis momentos serios.
—Es un talento.
El silencio que siguió fue suave.
Tranquilo.
Casi normal.
Y eso era raro.
Porque el mundo alrededor de ellos se estaba cayendo a pedazos.
Enzo se acercó.
Despacio.
—Cuando todo esto termine...
Nerea levantó una ceja.
—¿Sí?
Él la observó.
Y esta vez no hubo dudas.
—Quiero una oportunidad real contigo.
No escondidos.
No a medias.
No entre problemas.
El corazón de Nerea se detuvo.
—Eso sonó sospechosamente romántico.
—No te acostumbres.
Ella sonrió.
Y lo besó antes de que pudiera arrepentirse de haber sido sincero.
Pero mientras se separaban...
ninguno sabía que la reunión del día siguiente iba a cambiarlo todo.
Porque el padre de Enzo no había pedido verlo para negociar.
Había pedido verlo para darle un ultimátum.
Y los ultimátums...
siempre exigen una pérdida.
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Ultimos capitulos...
V.N