Tres meses después.
La vida tenía una extraña manera de seguir adelante.
Incluso después de las guerras.
Incluso después de las despedidas.
Incluso después de descubrir que la persona que más te desesperaba también podía convertirse en la persona sin la que no querías vivir.
El despacho había sobrevivido.
Contra todo pronóstico.
Contra todas las presiones.
Contra todos los intentos de destruirlo.
Y ahora estaba más fuerte que nunca.
Los clientes habían regresado.
Los casos importantes también.
Nuevos abogados se habían unido al equipo.
Y por primera vez en mucho tiempo, las risas eran más frecuentes que los problemas.
Bueno...
Excepto cuando Laura estaba involucrada.
—¡NO PUEDEN HACERME ESTO!
Su grito atravesó toda la oficina.
Nerea levantó la vista de unos documentos.
—¿Ahora qué pasó?
—Ricardo me ganó una apuesta.
—¿Cuál?
—La de cuánto tiempo tardarían ustedes dos en admitir que estaban enamorados.
Silencio.
Ricardo sonrió desde el otro lado de la oficina.
—Dije seis meses.
—Yo dije tres.
—Y perdiste.
—Sigo creyendo que fue injusto.
—Laura, tú apostaste que se casarían antes de salir oficialmente.
—¡Y aún puede pasar!
Toda la oficina soltó una carcajada.
Nerea se cubrió el rostro.
Había cosas que jamás cambiarían.
Y sinceramente...
ya no quería que cambiaran.
La puerta principal se abrió.
Y el despacho quedó en silencio.
Enzo acababa de entrar.
Como siempre.
Traje impecable.
Espalda recta.
Mirada seria.
Pero ahora había una diferencia.
Cuando sus ojos encontraron los de Nerea...
sonrió.
Y toda la oficina volvió a gritar.
—¡AHÍ ESTÁ!
—¡LA MIRADA!
—¡LO HIZO OTRA VEZ!
—¡YA BASTA! —protestó Nerea.
Enzo ni siquiera intentó defenderse.
Porque ya no tenía sentido.
Todos sabían.
Y por primera vez...
no le molestaba.
Aquella noche celebraban el aniversario del despacho.
Cuatro años desde su apertura.
Nadie imaginó que llegaría tan lejos.
Mucho menos Enzo.
El salón estaba lleno.
Clientes.
Socios.
Amigos.
Empleados.
Y una cantidad absurda de decoraciones que claramente habían sido idea de Laura.
—¿Por qué hay una fuente de chocolate?
preguntó Nerea.
—Porque inspira confianza profesional.
—No creo que funcione así.
—Déjame soñar.
La celebración avanzó entre risas y conversaciones.
Hasta que Ricardo golpeó una copa.
—Atención.
Toda la sala giró.
—Oh no —murmuró Nerea.
Ricardo sonrió.
—Nuestro querido señor gruñón quiere decir unas palabras.
La sala entera comenzó a aplaudir.
Y Enzo claramente quería despedir a alguien.
Probablemente a Ricardo.
Y definitivamente a Laura.
Subió al pequeño escenario.
Tomó el micrófono.
Y durante unos segundos observó a todos.
A su equipo.
A sus amigos.
A la gente que había estado con él cuando todo parecía imposible.
Y entonces habló.
—Cuando abrí este despacho...
pensé que el éxito dependía del trabajo.
Silencio.
—Después pensé que dependía de las decisiones correctas.
Pausa.
—Y luego descubrí que dependía de las personas.
La sala escuchaba atenta.
—Las personas que se quedan cuando todo sale mal.
Las personas que te contradicen.
Las personas que te obligan a ser mejor.
Su mirada encontró a Nerea.
Y no volvió a apartarse.
Toda la oficina contuvo la respiración.
Porque ya sabían hacia dónde iba aquello.
—Durante años creí que podía resolver todo solo.
Pequeña sonrisa.
—Resultó que estaba equivocado.
Laura comenzó a llorar.
—Todavía no pasó nada —susurró Ricardo.
—¡CÁLLATE!
Enzo bajó del escenario.
Directamente hacia ella.
Nerea sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—Enzo...
Él se detuvo frente a ella.
Y por primera vez desde que lo conocía...
parecía nervioso.
Realmente nervioso.
Lo cual era aterrador.
—Eso no me gusta.
Algunas personas rieron.
Enzo también.
—A mí tampoco.
Silencio.
Entonces sacó una pequeña caja de su bolsillo.
Y toda la sala explotó.
—¡LO SABÍA!
gritó Laura.
—¡LAURA!
—¡LO SABÍA!
Nerea sintió que el mundo desaparecía.
Solo existía él.
Y aquellos ojos azules que habían arruinado su tranquilidad desde el primer día.
—No tenía intención de enamorarme de ti.
Risas suaves.
—Lo sé.
—De hecho...
la mayoría del tiempo me desesperabas.
—Eso también lo sé.
—Y sigues haciéndolo.
—ENZO.
La sala estalló en carcajadas.
Él sonrió.
Y entonces abrió la caja.
—Pero también eres la mejor decisión que he tomado.
Silencio absoluto.
—Nerea Kairon...
¿quieres casarte conmigo?
El mundo se detuvo.
Laura empezó a llorar más fuerte.
Ricardo le pasó una servilleta.
Otros empleados estaban grabando.
Y Nerea...
simplemente lo miraba.
Porque de todas las formas posibles en las que imaginó su historia...
jamás creyó terminar allí.
Frente al hombre que había empezado siendo su peor dolor de cabeza.
Y que terminó convirtiéndose en su hogar.
Las lágrimas llenaron sus ojos.
—Eres insoportable.
Enzo sonrió.
—Lo sé.
—Mandón.
—Lo sé.
—Gruñón.
—Eso también.
Nerea soltó una pequeña risa entre lágrimas.
Y finalmente respondió.
—Sí.
La sala explotó.
Aplausos.
Gritos.
Celebraciones.
Laura casi se desmayó.
Y Ricardo tuvo que sostenerla.