Dos años después.
Si alguien le hubiera dicho a Nerea Kairon que terminaría casándose con Enzo Velmor, se habría reído en su cara.
Probablemente también habría pedido pruebas.
Y después habría señalado que aquel hombre era incapaz de sonreír más de tres veces al día.
La vida resultó tener sentido del humor.
Porque allí estaba.
Vestida de blanco.
Frente al espejo.
A pocas horas de convertirse oficialmente en la esposa del hombre que una vez le había corregido una presentación por usar una fuente que consideraba "poco profesional".
—¿Estás nerviosa?
preguntó Laura.
—Mucho.
—Perfecto.
Yo también.
—Tú no eres la que se va a casar.
—Pero soy la madrina emocional de esta relación.
Nerea soltó una carcajada.
Algunas cosas jamás cambiaban.
Mientras tanto...
Enzo estaba teniendo el peor día de su vida.
No porque no quisiera casarse.
Sino porque absolutamente todo el mundo había decidido molestarlo.
—Relájate.
—Estoy relajado.
Ricardo lo observó.
—Pareces alguien que está a punto de demandar a una iglesia.
—Estoy bien.
—Llevas quince minutos acomodando la misma corbata.
Silencio.
—No estoy nervioso.
—Claro que no.
Y yo soy bailarín profesional.
Por primera vez en años...
Enzo estaba completamente fuera de su zona de confort.
Porque no había contratos.
No había estrategias.
No había negociaciones.
Solo una pregunta.
¿Y si algo salía mal?
Entonces recordó a Nerea.
Y la respuesta apareció sola.
Nada podía salir mal mientras ella estuviera allí.
La ceremonia se realizó al atardecer.
En un jardín rodeado de luces cálidas y flores blancas.
Los empleados del despacho ocupaban casi la mitad de los invitados.
Laura estaba llorando desde antes de empezar.
—Todavía no sucede nada.
dijo Ricardo.
—¡ES EL AMBIENTE!
Cuando la música comenzó...
todo se detuvo.
Incluso Enzo.
Porque Nerea acababa de aparecer.
Y por primera vez en toda su vida...
Enzo Velmor olvidó lo que iba a decir.
Ella avanzó lentamente por el pasillo.
Sonriendo.
Hermosa.
Real.
Suya.
Y el mundo desapareció.
Cuando finalmente llegó frente a él, Nerea sonrió.
—Hola.
—Hola.
—Pareces nervioso.
—Tú también.
—Mentira.
—Sí.
—Tal vez un poco.
Pequeña sonrisa.
La misma sonrisa que había empezado a destruir todas sus defensas años atrás.
La ceremonia transcurrió entre risas, lágrimas y miradas cómplices.
Hasta llegar a los votos.
Nerea fue la primera.
Respiró profundamente.
Y luego lo miró.
—Nunca imaginé que terminaría enamorándome de ti.
Risas entre los invitados.
—De hecho...
la primera vez que te vi pensé que eras insoportable.
Más risas.
Enzo asintió.
—Justo.
—Pero también descubrí algo.
Silencio.
—Detrás de todas tus reglas, de tu carácter imposible y de tus miradas intimidantes...
siempre hubo alguien dispuesto a cuidar de las personas que ama.
Los ojos de Enzo no abandonaron los suyos.
—Gracias por elegirme todos los días.
Algunas lágrimas aparecieron.
Incluyendo las de Laura.
Obviamente.
Luego fue el turno de Enzo.
Y todo el mundo esperaba un discurso serio.
Formal.
Elegante.
Porque era Enzo.
Se equivocaron.
—No preparé esto.
—¡MENTIRA! —gritó Laura.
—Laura.
—Perdón.
Toda la ceremonia rio.
Enzo negó con la cabeza.
Y volvió a mirar a Nerea.
—Cambiaste mi vida.
Silencio.
—Y sinceramente...
al principio fue muy molesto.
Las risas volvieron.
—Porque apareciste y arruinaste todos mis planes.
Nerea sonrió.
—Lo sé.
—Y después descubrí que mis planes eran bastante malos sin ti.
El jardín quedó en silencio.
—Eres mi mejor amiga.
Mi persona favorita.
Mi hogar.
Los ojos de Nerea se llenaron de lágrimas.
—Y si tuviera que volver a empezar...
volvería a elegirte.
Una vez.
Mil veces.
Siempre.
Cuando terminaron los votos...
ya no quedaban ojos secos.
Excepto Ricardo.
Porque Ricardo afirmaba que tenía alergia al romance.
Nadie le creyó.
—Por el poder que me ha sido conferido...
los declaro marido y mujer.
Silencio.
—Puede besar a la novia.
Y Enzo no perdió el tiempo.
La besó mientras toda la celebración estallaba en aplausos.
Y por primera vez...
no había problemas.
No había amenazas.
No había guerras.
Solo felicidad.
Esa noche, durante la fiesta, Laura tomó el micrófono.
La peor decisión de la historia.
—Quiero recordarles a todos que yo fui la primera en darme cuenta de que estaban enamorados.
—¡BAJA DE AHÍ! —gritó Ricardo.
—¡NUNCA!
Los invitados rieron.
Nerea apoyó la cabeza sobre el hombro de Enzo.
Y observó a las personas que amaba.
Su familia.
Su hogar.
Su vida.
Todo lo que alguna vez creyó imposible.
Enzo besó suavemente su frente.
—¿Qué piensas?
Nerea sonrió.
—Que valió la pena no renunciar.
Por primera vez en mucho tiempo...
Enzo soltó una carcajada auténtica.
Y juntos comenzaron a bailar.
Porque algunas historias terminan con un beso.
La de ellos...
apenas estaba comenzando.
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V.N