Tres años después de la boda.
La vida de Enzo Velmor era tranquila.
Bueno...
Tan tranquila como podía ser la vida de un abogado exitoso casado con Nerea.
El despacho seguía creciendo.
Laura seguía causando problemas.
Ricardo seguía intentando controlar a Laura.
Y Nerea seguía siendo la única persona capaz de discutir con Enzo sin miedo.
En otras palabras...
todo era perfecto.
Hasta aquella mañana.
—Enzo.
—¿Sí?
—Necesito decirte algo.
Enzo levantó la vista de unos documentos.
—¿Qué pasó?
Nerea estaba extrañamente nerviosa.
Eso no era normal.
Y cuando Nerea estaba nerviosa...
generalmente era una mala señal.
—¿Te acuerdas que hace unas semanas me sentía cansada?
—Sí.
—Y que tenía náuseas.
—Sí.
—Y que Laura insistía en que estaba embarazada.
Enzo suspiró.
—Laura cree que todo el mundo está embarazado.
—Bueno...
esta vez tenía razón.
Silencio.
Completo.
Absoluto.
Total.
Nerea parpadeó.
Enzo también.
Y luego...
nada.
—¿Enzo?
Silencio.
—¿Enzo?
Más silencio.
—¿Te quedaste sin palabras?
Finalmente él habló.
—¿Qué?
Nerea soltó una pequeña risa.
—Vamos a tener un bebé.
El mundo se detuvo.
Porque durante toda su vida Enzo había estado preparado para cualquier situación.
Demandas.
Juicios.
Negociaciones.
Crisis.
Pero no para esto.
Definitivamente no para esto.
—¿Un bebé?
—Sí.
—¿Nuestro bebé?
—Sería extraño que fuera de alguien más.
Silencio.
Y entonces ocurrió algo histórico.
Enzo Velmor lloró.
Nerea se quedó inmóvil.
—¿Estás llorando?
—No.
—Estás llorando.
—No.
—Literalmente veo las lágrimas.
—No importa.
Ella comenzó a reír.
Y entonces él la abrazó.
Con fuerza.
Como si quisiera asegurarse de que aquello era real.
—Vamos a tener un hijo.
Su voz tembló.
—Sí.
—Voy a ser padre.
—Sí.
—Dios mío.
Nerea escondió el rostro en su pecho.
Sonriendo.
Porque jamás había visto a Enzo tan feliz.
La noticia no tardó en llegar al despacho.
Grave error.
Porque Laura perdió completamente el control.
—¡LO SABÍA!
—¿Cómo podías saberlo?
preguntó Ricardo.
—Porque tengo intuición.
—No.
Tú tienes problemas.
—¡VOY A SER TÍA!
—No eres familia.
—¡ESPIRITUALMENTE SÍ!
Toda la oficina terminó celebrando.
Y durante los siguientes meses...
nadie trabajó en paz.
Porque Laura compraba ropa de bebé.
Ricardo escondía la ropa de bebé.
Y Enzo investigaba absolutamente todo sobre paternidad.
Absolutamente todo.
—¿Estás leyendo un manual para cambiar pañales?
preguntó Nerea una noche.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no pienso perder contra un bebé.
—No funciona así.
—Ya veremos.
Meses después llegó el gran día.
Largo.
Doloroso.
Caótico.
Exactamente como Laura había prometido.
Y finalmente...
tras horas de espera...
un pequeño llanto llenó la habitación.
El primer llanto de su hija.
Porque sí.
Era una niña.
Una pequeña niña de ojos verdes como los de Nerea.
Y cabello oscuro.
Perfecta.
Absolutamente perfecta.
Cuando la colocaron en brazos de Enzo...
el mundo desapareció.
La observó durante largos segundos.
Y la bebé abrió los ojos.
—Hola.
susurró él.
Nerea sonrió desde la cama.
—Ya la enamoraste.
—Es imposible no hacerlo.
Y entonces la pequeña cerró una diminuta mano alrededor de uno de sus dedos.
Enzo sintió algo que jamás había experimentado.
Más fuerte que el orgullo.
Más fuerte que el éxito.
Más fuerte que cualquier victoria.
Amor.
Puro.
Inmenso.
Y entendió algo.
Todo lo que había peleado.
Todo lo que había perdido.
Todo lo que había construido.
Había valido la pena para llegar a ese momento.
Porque ahora tenía algo mucho más importante que un apellido.
Tenía una familia.
Y mientras observaba a Nerea y a su hija...
comprendió finalmente dónde pertenecía.
No en una oficina.
No en una empresa.
No en una herencia.
Sino con ellas.
Siempre con ellas.
"A veces el amor llega disfrazado de problema. Y termina convirtiéndose en el mejor regalo de tu vida." ENZO VELMOR
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V.N