Taiga Siberiana

PARTE I: LA CABAÑA AL FIN DEL MUNDO

PARTE I: LA CABAÑA AL FIN DEL MUNDO

Había algo que la gente de las ciudades nunca entendería sobre el silencio de Siberia.

No era un silencio vacío. Era un silencio vivo, hecho de capas, como la tierra misma. El crujido de la madera cuando el frío apretaba las vigas de la cabaña por la noche. El sonido lejano del viento bajando desde los Urales con toda su rabia acumulada. El resoplido manso de las cabras en el establo y el tintineo del cencerro de la vaca más vieja, a la que yo había bautizado Natasha cuando tenía siete años y que todavía seguía ahí, terca como una piedra, sobreviviendo a todos los inviernos que se atrevían a presentarse.

Nuestra casa estaba a cuarenta y tres kilómetros del pueblo más cercano, que no era un pueblo en ningún sentido que un habitante de Moscú reconocería, sino más bien un conjunto de casas con humo saliendo de las chimeneas y un viejo que llevaba la tienda sólo tres días a la semana. El camino de tierra que llevaba hasta nosotros era intransitable entre noviembre y abril. En invierno, el mundo terminaba donde terminaba el bosque de pinos que rodeaba nuestra propiedad, y ese era un hecho que a mí nunca me había parecido una limitación sino una especie de privilegio secreto.

Vivíamos los tres solos. Mi padre, Sasha. Irina, su mujer. Y yo.

No tenía recuerdos de mi madre. Había muerto cuando yo tenía pocos meses , de una neumonía que en una ciudad con hospital habría sido un episodio médico menor, un antibiótico, una semana de reposo, y ya. Aquí no. Aquí las cosas que en otro lugar se resuelven con un médico a quince minutos de distancia a veces no tienen solución ninguna. Papá nunca hablaba de ella con tristeza, sino con una especie de calma que tardé años en entender que no era indiferencia sino la forma que él tenía de cargar con algo muy pesado sin que se le notara demasiado. Había una foto en el salón, encima de la chimenea, una mujer joven con el pelo rubio largo , ojos verdes y una sonrisa que yo había intentado muchas veces encontrar en mi propio reflejo . La miraba a veces. No sentía lo que supuse durante años que debería sentir. Sentía curiosidad, principalmente. Como si fuera un personaje de uno de mis libros al que nunca llegaría a conocer del todo.

A Irina sí la conocía. Y eso era suficiente.

Irina , estaba de espaldas a mí cuando bajé las escaleras esa mañana, inclinada sobre el horno de leña con esa concentración que ponía en todo lo que hacía, como si cada tarea cotidiana mereciera su atención completa. Era una mujer menuda, de pelo castaño oscuro recogido siempre en una trenza larga que le caía por la espalda, con manos que contaban toda su historia: años de trabajo, de campo, de vida sin intermediarios entre ella y el mundo real.

Mi padre la había conocido en Krasnoyarsk tres años atrás, cuando fue a hacer un trabajo para su hermano Yury . Yo tenía diez años entonces y recuerdo haber pensado, con la honestidad sin filtros que sólo tienen los niños, que no quería a ninguna mujer en nuestra casa. Que estábamos bien solos los dos. Que nadie podía ocupar ningún espacio porque no había ningún espacio vacío que ocupar.

Me equivoqué. Irina no intentó ser mi madre, ni mi amiga, ni nada que yo no le pidiera. Simplemente estuvo ahí, constante , sin exigir nada, y un día me di cuenta de que la quería sin haber tomado la decisión de hacerlo. Así, sin más. Como se quieren las cosas que forman parte del paisaje de tu vida antes de que te des cuenta de que están ahí.

—Siéntate —dijo sin girarse, porque me escuchaba llegar igual que yo escuchaba el bosque—. El pan estará en diez minutos.

—¿Cómo sabes que no es papá?

—Tu padre pisa con todo el pie. Tú pisas con la parte delantera, como un gato. —Se giró y me dedicó esa media sonrisa suya, la que nunca llegaba a ser una sonrisa entera pero que valía más que la mayoría de las sonrisas completas que había visto en mi vida—. ¿Has revisado a Natasha esta mañana?

—Todavía no. Déjame tomar el café primero.

—El café es para las personas que ya han cumplido con sus responsabilidades.

—Tengo catorce años. No debería ni estar despierta.

—Tenías doce cuando empezaste a tomar café solo, así que no me vengas con los catorce años ahora.

Me senté en el banco de madera junto a la mesa larga y observé cómo se movía por la cocina con esa eficiencia suya que nunca parecía prisa. La cocina olía a canela y a mantequilla y a ese pan que Irina hacía con una precisión que yo nunca había conseguido replicar por más que me lo explicara.

—Irina.

—Mmm.

—¿Cuándo viene Yury?

— ¿Por que preguntas ?

— Porque no quiero estar aqui cuando venga, siento que me mira mal y creo que me odia en secreto. Ni siquiera me dirije la palabra y ..

— Vale , ya esta. Eso no es verdad , el es un hombre muy serio y con una mentalidad diferente nada mas. No quiero que vuelvas apensar asi. Dice Irina con una sonrisa confortante pero lo que dice no hace cambiar lo que pienso

Hubo una pausa breve, casi imperceptible. El nombre de Yury siempre producía esas pausas en casa. No porque hubiera conflicto ni rencor, sino porque Yury pertenecía a otro mundo, y nombrarle era como abrir una ventana que normalmente manteníamos cerrada, simplemente porque el aire de fuera y el aire de dentro eran de naturalezas distintas.

—Tu padre dice que quizás antes de Navidad. —Irina puso una taza delante de mí. Café negro, fuerte, sin preguntar—. Ya sabes cómo es. Sus planes cambian.

Yury Volkov era el hermano mayor de mi padre y era, según todos los parámetros con los que el mundo exterior medía estas cosas, un hombre extraordinariamente poderoso. Dueño de Volkov Petroleum, una empresa que aparecía en los periódicos financieros que a veces llegaban a nuestra casa con semanas de retraso. Su nombre figuraba entre los diez hombres más ricos de Rusia. Aviones privados, apartamentos en Moscú y en San Petersburgo, guardaespaldas, reuniones con ministros.



#681 en Detective
#561 en Novela negra
#954 en Thriller
#340 en Suspenso

En el texto hay: secuestro, secuestro mafia, paternidad forzada

Editado: 08.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.