El **Yomi** no conocía el tiempo, solo el peso de las almas. Durante cuatro siglos, **Takeru** había sido menos hombre y más piedra, una extensión de las cadenas oxidadas que custodiaban las puertas del abismo. Su piel azul, fría como el mármol de una tumba, apenas reaccionaba a los lamentos de los muertos. Para él, el mundo era gris.
Hasta que llegó el aroma.
No era el olor a rancio de la muerte, sino algo punzante y dulce que le desgarró la memoria: **incienso de sándalo y flores de cerezo**.
Takeru abrió los ojos. En el aire ceniciento del inframundo, una hebra de humo dorado comenzó a danzar. Siguió el rastro con una desesperación que no sentía desde que era un samurái de carne y hueso. Se acercó al borde del **Río de las Almas**, donde el agua negra servía de espejo hacia el mundo de los vivos.
Allí la vio.
Al otro lado del velo, el sol se ponía tras unas montañas que él reconoció con un dolor punzante. Una chica se movía con la elegancia de una garza. Vestía el blanco y rojo de las sacerdotisas, pero sus manos temblaban con el don de una chamana. No había música, solo el roce de su seda y el sonido del agua. Era una danza que él recordaba haber visto bajo la luz de las antorchas en la **Era Edo**.
Chiyo se detuvo frente a la orilla y se inclinó para depositar un farol. En el momento en que sus dedos rozaron el agua, la superficie vibró.
Takeru dio un paso hacia adelante, oculto tras los sauces espirituales que rodeaban el río del inframundo. Por un segundo, el hechizo se rompió: ella bajó la mirada al agua y su reflejo no le devolvió su rostro, sino la imagen de un **Oni** de ojos eléctricos y cuernos de marfil que la observaban desde las profundidades.
Chiyo ahogó un grito y buscó con la mirada entre los árboles reales del bosque, pero solo encontró el susurro de las hojas y el frío de la tarde.
Del otro lado del velo, Takeru extendió una mano azulada hacia la superficie del río, queriendo romper la distancia de cuatro siglos. Sus dedos rozaron el agua negra, y por un instante, la calidez del alma de Chiyo le quemó la piel. Fue un segundo de luz en medio de una eternidad de sombra.
Sin embargo, el inframundo no suelta lo que le pertenece.
Unas cadenas invisibles, forjadas con los pecados de su vida como samurái, se tensaron alrededor de su pecho. El aire dorado del mundo vivo comenzó a ser succionado por el vacío gris del Yomi.
Takeru luchó, clavando sus garras en la orilla de la ceniza, pero el portal se cerraba.
El hilo rojo se había tensado.
Con una última mirada llena de una sed antigua, vio a Chiyo ponerse de pie, confundida, tocándose el cuello como si buscara un recuerdo que no terminaba de llegar.
Takeru fue arrastrado hacia atrás, hacia la oscuridad absoluta de las puertas que debía vigilar. El silencio volvió a reinar en el abismo, pero algo había cambiado para siempre. Sus ojos de Oni ya no estaban apagados; brillaban con la furia de quien ha encontrado su motivo para desertar.
Él regresó a su puesto en el inframundo, pero su alma se quedó en la orilla, esperando el momento de volver a cruzar.