Takotsubo

Capítulo 1: El Eco de la Ceniza

El despertador de **Chiyo Akamine** sonó a las 6:30 AM, rompiendo un sueño que se sentía más como una memoria que como una fantasía. Se incorporó en su cama, en su pequeño departamento en **Yanaka**, con el corazón galopando contra sus costillas. El silencio del "Viejo Tokio" era absoluto, pero en sus oídos aún vibraba el crujido de las antorchas del festival en **Kurama**.
Se miró la muñeca izquierda. Allí, donde la piel es más delgada, una marca violácea, casi como una quemadura por frío en forma de dedos largos, resaltaba contra su palidez.

-Solo fue el agua... -susurró para sí misma, aunque su voz sonó hueca-. Me tropecé en el río y alguien me ayudó.

Pero no recordaba a nadie. Solo recordaba unos ojos de un azul eléctrico que no pertenecían a este mundo.

Mientras tanto, en una dimensión donde el sol era un mito olvidado, la tierra temblaba. **Takeru** estaba de pie frente a las Puertas del Yomi, su figura de Oni recortada contra el cielo de ceniza. A su lado, un **Kappa** de aspecto anciano y piel arrugada, llamado **Kawa**, observaba las cadenas rotas que colgaban del cuello del demonio.

-Te va a costar la existencia, Takeru -croó el Kappa, limpiando su caparazón con un gesto nervioso-. Los Shinigamis no perdonan a los guardianes que abandonan su puesto por un rastro de incienso y una cara bonita que ya murió hace siglos.

-Ella no ha muerto -la voz de Takeru era un retumbar de piedras chocando-. Ha vuelto. La sentí en el agua. La marca que dejé en su alma brilla otra vez.

-Es Tokio, no el periodo Edo -advirtió Kawa-. Te perderás en sus luces.

-Entonces quemaré las luces -sentenció el Oni. Con un movimiento violento, desgarró el velo de la realidad, dejando tras de sí el olor a azufre y un silencio sepulcral.

El día de Chiyo transcurrió en una bruma de normalidad forzada. En el laboratorio de restauración de la biblioteca de Ueno, el olor a papel viejo y químicos solía calmarla, pero hoy la asfixiaba.
-¿Chiyo? ¡Tierra llamando a Akamine! -Hana, su compañera de trabajo y mejor amiga, le dio un suave codazo-. Llevas diez minutos mirando ese pergamino de la era Edo y ni siquiera le has quitado el polvo.

-Perdona, Hana. No dormí bien -Chiyo intentó sonreír, pero sus ojos se desviaron a la marca de su muñeca.

-¡Oye! ¿Y eso? -Hana le tomó la mano, alarmada-. Parece que un gigante te hubiera agarrado con fuerza. ¿Pasó algo en Kurama? ¿Algún chico se pasó de listo en el festival?

-No... yo... -Chiyo sintió un escalofrío. Por un segundo, la imagen del pergamino cambió. El samurái pintado en la tinta negra pareció girar la cabeza hacia ella-. Me caí cerca del río. Había mucha gente, ya sabes cómo es el festival del fuego.
-Pues ve al médico si te empieza a doler. Tienes una cara de haber visto a un fantasma -bromeó Hana, sin saber lo cerca que estaba de la verdad.

Al salir del trabajo, Chiyo se reunió con otras amigas en un café temático en Yanaka. Entre risas y chismes sobre la universidad, ella se sentía como una extraña. La sensación de ser observada era tan física que varias veces revisó su espalda, encontrando solo los reflejos de las luces de neón en los ventanales.

Al salir del café, el cielo de Tokio se desplomó. Una lluvia torrencial y repentina barrió las calles, obligando a los peatones a correr hacia las estaciones. Chiyo no corrió. Caminó hacia el cementerio de Yanaka, el camino más corto a su casa, sintiendo que el agua lavaba el "ruido" de la ciudad.
A mitad de un callejón flanqueado por muros de piedra antiguos, se detuvo.
Allí, bajo un sauce llorón que se mecía violentamente por el viento, había un hombre. No llevaba paraguas. Vestía una gabardina oscura y pesada, pero su porte era el de un guerrero que no teme a los elementos. La oscuridad lo envolvía de una forma antinatural, como si las sombras se pegaran a su piel.

Chiyo sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. La marca de su muñeca comenzó a arder con un calor blanco.

-¿Quién eres? -preguntó ella, su voz estaba temblando entre la lluvia.

El hombre dio un paso al frente. Su rostro, humano ahora pero de una belleza severa y antigua, quedó iluminado por un relámpago. Sus ojos, sin embargo, conservaban ese azul sobrenatural del inframundo. Él no miraba a la chica moderna de Tokio; miraba a través de ella, hacia una promesa hecha en un campo de batalla 400 años atrás.

-Has tardado mucho en despertar... **Kaguya** -dijo él.

El sonido de ese nombre, un nombre que no era el suyo pero que resonó en sus huesos como una campana de templo, hizo que el mundo de Chiyo se desvaneciera. La lluvia pareció detenerse en el aire.

Antes de que pudiera preguntar nada más, una ráfaga de viento helado barrió el callejón, y el hombre desapareció, dejando solo el aroma a sándalo y el eco de una voz que ella conocía desde antes de nacer.

**(Kappa: Una criatura mitológica japonesa, un tipo de yokai o espíritu del agua. Se le describe comúnmente como del tamaño de un niño, con la piel verde y escamosa, un caparazón de tortuga en la espalda y, lo más distintivo, una cavidad o "plato" en la parte superior de la cabeza que debe contener agua constantemente para mantener su fuerza y poder fuera de su entorno acuático.)*




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