Takotsubo

Capítulo 2: El Velo Rasgado

La lluvia golpeaba con fuerza el asfalto de Yanaka. Takeru estaba a centímetros de Chiyo; el calor que emanaba de él contrastaba con el frío de la noche.
—Tu alma recuerda lo que tu mente ha olvidado, Kaguya —susurró él, su voz era una caricia de terciopelo y acero.

Chiyo abrió la boca para preguntar, para gritar, pero el sonido de unos pasos rápidos y el chapoteo del agua la interrumpieron.

—¡Chiyo! ¡Chiyo, por Dios! —era la voz de Hana, que corría hacia ella agitando su teléfono—. ¡Te he estado marcando mil veces! ¡Me tenías muerta de miedo!
Chiyo parpadeó, distrayéndose solo un segundo. Cuando volvió la vista al frente, el espacio bajo el sauce estaba vacío. El hombre se había esfumado como si nunca hubiera existido.

A pocos metros de allí, oculto tras una estatua de Jizo en el cementerio, Takeru colapsó contra la piedra. Su pecho subía y bajaba con violencia. Sus venas brillaban con un azul eléctrico bajo la piel humana, una señal de que su energía se agotaba. Mantener esa apariencia en el mundo moderno le consumía la esencia.
De repente, un sonido de madera crujiendo lo puso en alerta. Un objeto extraño saltó frente a él: era un paraguas viejo, de papel aceite, con un solo ojo enorme y una lengua larga que colgaba de su estructura.
—Vaya, vaya... el Gran Perro Guardián está perdiendo sus colmillos —siseó el yokai. Era un **Kasa-obake** (el yokai paraguas).
—Lárgate, trapo viejo —gruñó Takeru, recuperando el aliento.
—El Inframundo está inquieto, Oni —dijo el Kasa-obake, cerrándose y abriéndose con un ruido seco—. Dicen que el carcelero huyó tras una sombra. Si no regresas pronto, los recolectores de almas vendrán a buscarte... y a ella también.
Takeru no respondió. Solo cerró los puños, sintiendo cómo su humanidad se aferraba a él por un hilo.

Horas después, en el departamento de Chiyo, el ambiente olía a té de jazmín y humedad. Chiyo salió del baño con el cabello envuelto en una toalla y ropa seca. Hana estaba sentada en el sofá, observándola con preocupación.

—Chiyo, ¿segura que estás bien? Estabas ahí parada, bajo la lluvia, como si estuvieras viendo a un fantasma.
Chiyo dudó. Quería contarle sobre el hombre de los ojos azules, sobre el nombre "Kaguya", pero ¿cómo explicar algo que ella misma no entendía?
—Solo... me distraje —mintió Chiyo, sentándose junto a ella—. Estaba pensando en el festival.

—Necesitas distraerte —sentenció Hana—. Mañana iremos a una cita doble. Conozco a un chico, **Kenji**, es diseñador, muy guapo. Su amigo también irá. No acepto un no por respuesta.

Chiyo, agotada mentalmente, terminó cediendo. Solo quería que Hana se fuera para poder procesar el eco de esa voz en su cabeza.

Esa noche, el sueño fue distinto. Chiyo no estaba en Tokio. Estaba en un templo rodeado de glicinias blancas. Había incienso quemándose y el sonido de tambores taiko a lo lejos.

Frente a ella, un joven samurái con el cabello recogido y una armadura negra estaba arrodillado. Ella estiraba la mano para tocar su hombro, sintiendo una conexión devastadora. El joven despertaba y, justo cuando él iba a pronunciar su nombre, el suelo del templo se convertía en agua y ella caía al abismo

Al día siguiente, Chiyo llegó a la cafetería "Estrella de Plata" en Shibuya. Se sentía pesada, como si llevara una armadura de plomo sobre los hombros. Al entrar, vio a Hana con dos chicos:
* **Kenji:** Alto, de cabello teñido de rubio cenizo y estilo impecable.
* **Hiro:** El chico para Chiyo. Bajito, de lentes redondos y sonrisa amable, vestía una camisa de lino color crema.

—Chiyo, ¡aquí! —llamó Hana.
Pero Chiyo se detuvo en seco. Sobre los hombros de Hana, vio algo que le revolvió el estómago. Era una criatura pequeña, gorda y de color grisáceo, con ojos caídos y una boca que succionaba el aire cerca del cuello de su amiga. Era un **Shirime-nyu**, un yokai menor que produce flojera y pesadez extrema (comúnmente conocido en el folklore como un espíritu de la desidia).

Chiyo se talló los ojos con fuerza. *"No es real, es el cansancio"*, se repitió.
La cita fue un desastre para ella. Hiro hablaba sobre su carrera en contabilidad, pero Chiyo solo veía cómo el yokai gris se hacía más grande, estirando sus dedos hacia la cara de Hana.

—Me siento... tan cansada de repente —dijo Hana, dejando caer la cabeza sobre la mesa.

—¿Hana? —Chiyo se levantó, asustada. Sin pensarlo, estiró la mano hacia el hombro de su amiga para quitar a la criatura.

Justo antes de tocar al yokai, una mano firme y enguantada la sujetó de la muñeca. Era él. Takeru estaba allí, vestido con su gabardina oscura, ocultando su mirada bajo un sombrero de ala ancha.

Sin decir una palabra, Takeru extendió su otra mano hacia Hana. Sus dedos rozaron el aire y el yokai gris soltó un chillido inaudible antes de disolverse en ceniza negra. Hana dio un suspiro profundo, recuperando el color en el rostro al instante.

Hana levantó la vista, confundida pero aliviada.
—¡Oh! Gracias... me sentía fatal —dijo Hana mirando al extraño—. ¿Quién es usted?

Takeru no respondió. Sus ojos azules estaban clavados exclusivamente en Chiyo, ignorando por completo a Kenji y Hiro, que miraban la escena con desconcierto. Había una urgencia en su mirada que decía: *"Te dije que esto era peligroso"*.
Sin decir su nombre, Takeru soltó la muñeca de Chiyo, dio media vuelta y caminó hacia la salida de la cafetería, perdiéndose entre la multitud de Shibuya antes de que Chiyo pudiera reaccionar.




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