Takotsubo

Capítulo 3: Ecos de la Sangre

El eco de los pasos de Takeru aún resonaba en los oídos de Chiyo mientras Hana, Kenji y Hiro la rodeaban con preguntas.
—¿Quién era ese tipo? —preguntó Kenji, visiblemente molesto por la interrupción.
—No... no tengo idea —logró articular Chiyo, sintiendo un hormigueo donde él la había sujetado.

Intentaron continuar con la cita, caminando por las brillantes y ruidosas calles de **Shibuya**, pero para Chiyo, el mundo había perdido su color. Las luces de neón le parecían artificiales y el parloteo de Hana sobre lo "atento" que era Hiro se convirtió en un ruido blanco de fondo. Sus pensamientos estaban atrapados en esos ojos azules que parecían conocerla mejor que ella misma.

Caminando por un callejón alejado del bullicio, Hana se detuvo frente a una pequeña tienda que parecía fuera de lugar entre tanto cristal y acero. Era un local de antigüedades, con olor a incienso viejo y estantes llenos de amuletos (*omamori*), tallas de madera y reliquias oxidadas.

—Mira esto, Chiyo, ¡qué retro! —dijo Hana, entrando.
Chiyo caminó hacia el fondo, atraída por un magnetismo invisible. Su mano se extendió hacia un amuleto de seda roja, desgastado por el tiempo. En cuanto sus dedos rozaron la tela, el suelo de la tienda desapareció.

*El calor era sofocante, pero no era el clima. Era una fiebre abrasadora que le quemaba las venas. Chiyo se vio a sí misma —o a alguien que compartía su rostro— postrada en una estera de paja. Escuchaba cánticos monótonos de monjes y el olor a sándalo era asfixiante. En una esquina, una sombra imponente la observaba; no podía ver su cara, pero sentía una angustia devastadora, como si estuviera despidiéndose de algo eterno.*

Soltó el amuleto con un grito ahogado. La anciana dueña de la tienda, una mujer de piel arrugada como papel pergamino, la miró fijamente.

—¿Has visto el hilo que te ata, muchacha? —preguntó la anciana con voz ronca.
Chiyo no pudo responder. Con las manos temblorosas, sacó unos yenes, pagó por el amuleto y salió de la tienda sin mirar atrás.

Ya en su departamento, el silencio se sentía pesado. Se dio un baño largo, dejando que el agua caliente borrara el rastro de la visión. Al salir, su teléfono brilló en la mesa: un mensaje de su madre.

> *"Chiyo, ¿vendrás este fin de semana? Tu abuelo dice que el templo necesita una limpieza y que las flores de glicinia están por abrir. Te extrañamos."*
>
El templo de sus abuelos. El mismo lugar que aparecía en sus sueños. Chiyo dejó el teléfono a un lado mientras preparaba un sencillo arroz con salmón. De repente, notó algo sobre el sofá.
Un gato de color ceniza, con dos colas que se movían de forma independiente, la observaba con ojos inteligentes. Era un **Bakeneko** (un gato yokai que ha vivido lo suficiente para desarrollar poderes).

—Hola, gatito... ¿por dónde entraste? —susurró ella, pensando que era un gato callejero que se había colado por la ventana.
El Bakeneko no maulló; simplemente inclinó la cabeza y se lamió una pata, observándola con una calma sobrenatural. Chiyo cenó sintiéndose extrañamente acompañada, sin saber que ese "gato" era un vigía enviado para protegerla de lo que acechaba en las sombras.

Mientras tanto, en una dimensión donde el cielo es del color de un moretón eterno y los ríos fluyen con ceniza, Takeru ya no era el hombre de la gabardina. Su piel era azul pálido, sus cuernos sobresalían entre su cabello negro y sus garras estaban enterradas en el suelo de piedra.

Frente a él, suspendido en el aire, flotaba un **Shinigami**. No tenía rostro, solo una túnica de jirones negros que exhalaba una niebla gélida.
—Estás jugando con fuego, Takeru —siseó el Shinigami, su voz sonaba como mil hojas secas crujiendo—. Revelarte ante ella es una violación a las leyes del Yomi. Ella ya no es la Doncella que conociste. Su alma pertenece al mundo de los vivos, y tú eres un carcelero que ha abandonado su puesto.

—Ella está despertando —respondió Takeru, su voz vibrando con un poder aterrador—. Los recolectores ya la olieron. Si no la protejo, se llevarán lo que queda de su esencia.
—Si cruzas la línea una vez más —advirtió el Shinigami mientras el cielo del Yomi se oscurecía con su presencia—, no solo ella morirá. Borraremos tu existencia de la historia y su alma será condenada al ciclo del dolor eterno. Regresa a tu puesto, Oni.

Takeru levantó la vista, sus ojos azules brillando con una furia silenciosa.
—Que lo intenten. Ya la perdí una vez hace cuatro siglos. No volverá a pasar.




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