El aire en el Yomi no se movía; era pesado y sabía a ceniza antigua. Takeru caminaba sin rumbo, las palabras gélidas del Shinigami resonando en su mente. *“Borraremos tu existencia…”* No le temía a la muerte, ya estaba muerto. Temía al olvido. Temía la idea de que Chiyo nunca recordara quién era él, ni la promesa que los unía.
—Pareces un alma en pena, y eso que tú eres el carcelero —una voz chillona y juguetona interrumpió sus pensamientos.
Takeru se detuvo. De una grieta en la roca salió **Kiko**, un yokai amistoso con la forma de un zorro pequeño y peludo, pero con una sola cola que terminaba en una llama azul tenue. Kiko era uno de los pocos que no le temía al Oni.
—Vi a Kaguya —soltó Takeru, su voz era un gruñido bajo—. Pero el mundo… es diferente. Todo brilla, todo hace ruido. Es… confuso.
Kiko soltó una risita que sonaba como campanillas rotas.
—¡Oh, el gran Oni Guardián está abrumado por la tecnología! —se burló amistosamente, saltando sobre una piedra—. Takeru, no puedes protegerla si te desintegras cada vez que cruzas el velo. Necesitas ayuda real, no solo fuerza bruta.
—¿Ayuda de quién? El Shinigami me prohibió volver.
—Los Shinigamis solo ven el final —dijo Kiko, poniéndose serio—. Conozco a alguien que ve los caminos. Ven conmigo.
Kiko guio a Takeru por senderos que solo los yokais conocían, hasta llegar a una pequeña estructura que parecía un templo flotando en la niebla. Allí, sentado sobre un cojín de seda descolorida, estaba el Guardián. Era una figura pequeña, vestida con túnicas de monje budista, pero su rostro estaba oculto por una máscara de **Tengu** (👺) de color rojo brillante, con una nariz larga y ojos dorados pintados que parecían juzgar.
El Guardián miró a Takeru de arriba abajo.
—Un Oni que busca romance… qué… inusual —dijo su voz, que sonaba como madera crujiendo.
—No busco romance, busco protegerla —corrigió Takeru, aunque su corazón místico latía con fuerza.
—Protegerla es amarla, y amarla es condenarla —dijo el Tengu, poniéndose de pie—. Pero veo el hilo rojo. Está muy desgastado, pero sigue ahí.
Dudó un momento, pero finalmente, de una caja de madera lacada, sacó un amuleto. No era de seda, sino de una piedra negra pulida, grabada con kanjis antiguos que brillaban con una luz interna.
—Esto —explicó el Tengu— contendrá tu esencia de Oni. Te permitirá mantener tu forma humana por más tiempo, pero ten cuidado. Si se rompe, tu verdadera forma se liberará sin control en el mundo de los vivos. Y eso… eso sería un desastre.
Takeru tomó el amuleto, sintiendo cómo su energía se estabilizaba al instante. Ya no sentía que se desmoronaba. Podía volver a verla.
Chiyo despertó con el sol de Tokio entrando por la ventana. Lo primero que hizo fue buscar con la mirada al Bakeneko. Nada. El sofá estaba vacío. Una pequeña punzada de decepción la atravesó; pensó que tal vez se había escapado o regresado con su dueño.
Llegó a la biblioteca, donde Hana ya la esperaba con dos cafés.
—¿Viste al chico sexy de la otra vez? —preguntó Hana de inmediato.
—No, Hana. Y no es sexy, es… —Chiyo buscó la palabra—, intenso.
Bajaron a la sala de archivos especiales, un sótano frío y silencioso lleno de pergaminos antiguos y mapas amarillentos. El jefe de Chiyo les había encargado catalogar una nueva colección. Mientras Hana revisaba unas cajas, Chiyo se sintió atraída por un rollo de seda colgado en la pared.
Lo desenrolló con cuidado. Era una pintura antigua. Mostraba un templo budista rodeado de glicinias blancas y rojas. Pero lo que hizo que el corazón de Chiyo se detuviera fue la figura arrodillada frente al templo. Era una mujer con un kimono que Chiyo reconoció… el mismo de su flashback.
—Chiyo, ¡subamos ya! El jefe dice que es hora de comer —la voz de Hana la sobresaltó.
Chiyo quería ver más, quería buscar una firma, una fecha, pero no tuvo opción. Mientras subían las escaleras de caracol, Chiyo notó algo en los rincones oscuros. Pequeñas criaturas, del tamaño de ratones, con ojos grandes y brillantes, se escondían detrás de las tuberías. Eran **Hitodama** menores, espíritus que se alimentan de la energía de lugares antiguos.
*"Estás viendo mal, Chiyo. Es el cansancio"*, se repitió, cerrando los ojos con fuerza.
En la comida, el teléfono de Chiyo sonó. Su madre.
—Chiyo, el festival de Asuka es en dos semanas. Tu abuelo insiste en que vengas. Dice que… las castañas están buenas . Te extraño.
Chiyo miró a Hana, quien le hacía señas desesperadas.
—Está bien, mamá. Acepto. E invité a Hana.
Las dos semanas pasaron volando. Chiyo estaba nerviosa, una extraña opresión en el pecho, un dolor leve pero constante, la acompañaba. Hana estaba emocionada, ya planeando qué kimonos usarían para el festival.
Tomaron el Shinkansen hacia Kioto y de ahí un tren local que serpenteaba por valles verdes hasta llegar al pintoresco pueblo de **Asuka**. El contraste con Tokio era total: aire puro, colinas antiguas cubiertas de túmulos (kofun) y un silencio pacífico.
Su familia las recibió con abrazos y arroz con castañas. La casa de los abuelos era una *machiya* tradicional, con paredes de madera y papel de arroz. En el centro del patio, había un pozo de piedra antiguo y, detrás, la entrada al templo familiar, cubierto por un techo de tejas oscuras.
Después de acomodar sus cosas, Chiyo decidió mostrarle el pueblo a Hana. Chiyo se había puesto un vestido lindo para la ocasión: era de un color azul profundo, con un patrón sutil de glicinias blancas que parecía moverse con el viento, corto hasta la rodilla, y unas sandalias cómodas. Hana iba con un short y una blusa brillante, tomando fotos de todo.
Paseaban por las calles empedradas cuando se detuvieron en un puesto de comida que olía delicioso.
—Dos panes de frijol rojo (*anpan*), por favor —pidió Hana.
Chiyo estaba esperando su cambio cuando escuchó gritos y risas. Un grupo de niños salió corriendo de un callejón a tal velocidad que no pudo esquivarlos. Uno de ellos chocó contra ella y Chiyo cayó al suelo empedrado, el pan de frijol volando por los aires.