Chiyo sintió que el mundo se detenía. La mano de Takeru, aunque se veía humana, emanaba un calor antiguo. Antes de que ella pudiera articular una palabra, Hana ya estaba allí, rompiendo el hechizo.
-¡Vaya! ¡Qué caballero! -exclamó Hana, ayudando a sacudir el polvo del vestido de Chiyo-. Muchas gracias... ¿señor?
-Takeru -respondió él con voz breve, pero firme.
Hana, con su curiosidad habitual, no tardó ni un segundo en acribillarlo a preguntas mientras caminaban.
-¿Y qué hace un chico como tú en un pueblo tan tranquilo? ¿Vives aquí? ¿Cuántos años tienes?
Takeru mantuvo la compostura, aunque el amuleto en su bolsillo pulsaba con fuerza.
-Soy de Asuka -mintió con una verdad a medias-, pero resido en Tokio. Trabajo con antigüedades... en el mismo distrito donde ustedes trabajan.
Chiyo se detuvo en seco, con el corazón acelerado.
-¿Me estás siguiendo? -preguntó, sus ojos buscándolo con una mezcla de miedo y fascinación.
Takeru la miró directamente. No había rastro de burla en sus ojos azules.
-El destino es un hilo muy enredado, Chiyo. A veces las coincidencias son solo el camino que ya estaba trazado.
Al llegar a la entrada de la casa de los abuelos, Takeru se despidió. Hana, adelantándose a Chiyo, aceptó verse con él en el festival de esa noche. Mientras las chicas entraban, Takeru se quedó solo en el camino empedrado.
De la nada, el **Bakeneko** de dos colas saltó sobre un muro de piedra.
-¿Así que tú eres quien la cuida? -susurró Takeru. El gato asintió con un parpadeo lento y siguió a Chiyo hacia el interior, desvaneciéndose como el humo.
-¿Esa es la humana? -Kiko, el pequeño zorro, apareció en el hombro de Takeru-. Huele a luz... y a peligro.
Takeru no respondió. Simplemente apretó el puño.
El Festival de Luces
Dentro de la casa, el abuelo de Chiyo soltó una carcajada al oír la historia del "extraño apuesto" que la ayudó. Su madre, ajena al misterio, les entregó los kimonos que había preparado.
Chiyo salió de la habitación convertida en una visión. Llevaba un **furisode** de seda color crema, con un degradado hacia el violeta en los bordes, decorado con glicinias bordadas en hilo de plata que parecían brillar bajo la luz de las lámparas. El lazo del **obi** era de un rojo profundo, resaltando su figura.
En el punto de encuentro, Takeru las esperaba. Llevaba una **yukata** azul marino, sencilla pero elegante, que hacía que sus hombros se vieran imponentes. Al ver a Chiyo, su respiración se cortó. Por un momento, no vio a la chica de Tokio, sino a la princesa que amó hace siglos.
Hana, emocionada, lo tomó del brazo y lo arrastró hacia los puestos de comida. Comieron dulces, jugaron al tiro al blanco y rieron, pero el ambiente cambió cuando comenzó la danza ritual en el escenario principal.
Mientras los tambores retumbaban, Chiyo sintió una punzada violenta en el pecho. El aire se volvió escaso. Las luces empezaron a girar y, antes de tocar el suelo, los brazos de Takeru la sostuvieron.
-¡Chiyo! -gritó Hana, pero Takeru ya la llevaba en brazos hacia una zona apartada del bosque de bambú.
Mientras Hana corría por agua, Chiyo abrió los ojos a medias. En su delirio, vio a Takeru, pero sus rasgos parecían diferentes... y a su lado, un pequeño zorro con cola de fuego.
-¿Quién era...? -susurró ella antes de recobrar el sentido completo.
-Nadie, solo el cansancio -dijo él, ocultando a Kiko tras su espalda.
Hana llegó con el agua y Chiyo bebió, sintiéndose mejor, justo cuando los fuegos artificiales estallaron en el cielo. La luz de los colores (oro, verde y carmesí) iluminó el rostro de Takeru mientras observaba a Chiyo con una devoción que le dolió en el alma. Él no miraba el cielo; la miraba a ella.
Al dejar a las chicas en la casa del abuelo, Takeru caminó hacia un viejo árbol de alcanfor.
-Sal de ahí -gruñó.
De las sombras surgió un **Oni** de aspecto brutal. Tenía la piel color rojo sangre, colmillos amarillentos que sobresalían de su boca y ojos inyectados en odio. Vestía harapos de guerra antiguos y llevaba un mazo de hierro lleno de púas oxidadas.
-Vaya, Takeru... te has vuelto blando -dijo el Oni rojo, lamiéndose los labios-. Esa humana huele exquisita. Su alma es un banquete que no hemos probado en cuatrocientos años.
En un parpadeo, la forma humana de Takeru se rompió. Sus cuernos crecieron y su piel recuperó su tono azul eléctrico. Su aura de poder hizo que las hojas del árbol se marchitaran al instante.
-**Aléjate de ella** -sentenció Takeru, su voz resonando como un trueno-. Si te acercas a su puerta, no te enviaré de vuelta al Yomi; te borraré de la existencia.
El otro Oni soltó una carcajada ronca.
-¿Y quién la pone en más peligro? ¿Yo, que solo quiero su alma, o tú, que estás trayendo la maldición del inframundo a su cama? El Shinigami tiene razón... tú eres su verdadera sentencia de muerte.
Takeru se quedó solo bajo la luna, su forma de Oni brillando en la oscuridad, sabiendo que el monstruo tenía razón.