La noche en Asuka no trajo paz. Chiyo se retorcía entre las sábanas, atrapada en un sueño de cenizas y gritos mudos. Al bajar a desayunar, su madre dejó caer la cuchara al verla.
-Chiyo, estás pálida... y estás empapada en sudor -dijo su madre, acercándose para tocarle la frente-. Tienes fiebre. Vamos al médico ahora mismo.
-Es solo el cansancio del festival, mamá -mintió Chiyo, aunque sentía que un bloque de hielo se expandía en su pecho.
Hana, tratando de aligerar el ambiente, se la llevó a caminar por el pueblo para que le diera el aire, pero la situación empeoró. Chiyo caminaba con dificultad, su respiración era errática y el sudor le bajaba por las sienes. Justo en el cruce del puente rojo, una figura alta les bloqueó el paso: Takeru.
Él no necesitó preguntar. Sus ojos, sintonizados con el mundo espiritual, vieron lo que los humanos no: un **Gaki**, un pequeño yokai parásito de piel grisácea y dedos largos, estaba trepado a la espalda de Chiyo, hundiendo sus garras en su pecho para succionar su energía vital.
-¿Qué le pasa? -preguntó Takeru, su voz teñida de una urgencia fría.
-No quiere ir al médico, dice que es solo fatiga -respondió Hana, asustada.
De pronto, el **Bakeneko** apareció sobre la barandilla del puente. Su lomo se erizó y soltó un soplido salvaje hacia el hombro de Chiyo. Takeru no esperó más. Sin pedir permiso, rodeó la cintura de Chiyo y la cargó en brazos.
-¡Oye! ¿A dónde la llevas? -gritó Hana, corriendo tras ellos.
-A un lugar donde la medicina real no llega -sentenció Takeru.
Llegaron a un pequeño templo oculto por cedros milenarios. Allí, una sacerdotisa de ojos sabios y túnica blanca los esperaba como si supiera que vendrían. Al ver a Takeru, sus ojos se entrecerraron.
-Hana, espera afuera. Chiyo necesita silencio -ordenó la sacerdotisa.
Dentro del templo, el aire olía a sándalo y purificación. Mientras Chiyo descansaba en un futón, la sacerdotisa realizó un movimiento rápido con un cascabel ritual. Con un chillido agudo, el pequeño yokai se desintegró en humo negro.
La mujer se giró hacia Takeru. La dulzura de su rostro desapareció.
-¿Qué hace un Oni caminando entre los vivos como si fuera uno de ellos? -preguntó, su voz vibrando con poder.
Takeru bajó la mirada, su mano apretando el amuleto del Tengu.
-Vine por ella. Para protegerla de lo que yo mismo causé hace siglos.
-Tu presencia es un faro, Takeru -le advirtió ella-. Estás rompiendo el equilibrio. Al estar cerca de ella, atraes a los espíritus hambrientos. Los Shinigamis huelen tu rastro. Si te quedas, ella siempre será una víctima.
Cuando Chiyo despertó, la sacerdotisa ya se había retirado. Takeru estaba sentado a su lado.
-Tuviste una insolación fuerte -mintió él, ayudándola a levantarse-. El calor del festival te afectó.
Al salir, Hana abrazó a Chiyo con tanta fuerza que casi la vuelve a tirar. Mientras caminaban de regreso, Chiyo no podía apartar la vista de Takeru. Había algo en su perfil, en la forma en que el sol golpeaba su mandíbula, que la dejaba sin aire.
-Es extraño... -susurró Chiyo.
-¿Qué es extraño? -preguntó él con una pequeña sonrisa.
-Que siempre estés ahí. En Tokio, en el puente, aquí... Parece que el mundo conspira para que te encuentre.
Takeru soltó una risa baja, una que vibró en el estómago de Chiyo.
-Tal vez el mundo solo tiene buen gusto.
Él se detuvo y se inclinó hacia ella. Chiyo contuvo el aliento, pensando por un segundo que él acortaría la distancia. Pero Takeru solo extendió la mano y, con una delicadeza infinita, le quitó una hoja seca que se había enredado en su cabello oscuro. Chiyo sintió el calor de sus dedos cerca de su oreja y sus mejillas se encendieron como carbones.
Esa noche, la madre de Chiyo invitó a Takeru a cenar. La plática fue amena, llena de risas de Hana y anécdotas del abuelo. Al terminar, Takeru salió al patio trasero, observando los peces koi que nadaban como manchas de oro en el estanque oscuro.
Chiyo se acercó silenciosamente.
-Háblame de ti, Takeru. De tu familia. Siempre pareces tan... solo.
Takeru observó el reflejo de la luna en el agua.
-Mi familia era... amable. Vivíamos en una época de paz, pero esa paz terminó pronto. Ahora, como dices, estoy solo. Pero -se giró hacia ella, sus ojos azules brillando con una intensidad nueva- estar solo no es tan malo cuando encuentras algo por lo que vale la pena esperar cuatrocientos años.
Sus manos, apoyadas en el borde de piedra del estanque, se rozaron. Fue apenas un contacto, pero se sintió como una descarga eléctrica. Se miraron fijamente, la tensión subiendo hasta volverse casi tangible. Estaban a centímetros de distancia cuando el **Bakeneko** saltó entre ellos, maullando con fuerza.
-¡Ah! -Chiyo se sobresaltó, riendo nerviosa-. Este gato... se parece tanto al que entró en mi casa en Tokio.
Takeru no rió. Sus ojos se clavaron en la rama de un árbol cercano. Allí, oculto entre las sombras, el Oni rojo, **Raigo**, lo observaba con una sonrisa llena de colmillos.
-Tengo que irme -dijo Takeru bruscamente, dejando a Chiyo confundida y con las palabras en la boca.
Takeru salió de la propiedad a paso veloz, buscando al Oni rojo, pero el bosque estaba en silencio. Sin embargo, al pie de un santuario de piedra, encontró algo que le heló la sangre.
**Kiko** estaba en el suelo. Su pelaje naranja estaba manchado de sangre y una de sus colas de fuego se apagaba lentamente.
-¡Kiko! -Takeru se arrodilló, tomándolo con cuidado-. ¿Qué pasó? ¿Dónde está Raigo?
El pequeño zorro tosió, su voz era apenas un hilo.
-Me usó... para hablarte. Dijo que esto es solo un aviso. Que la próxima vez... no será un zorro. Dijo que Chiyo... Chiyo es la siguiente.
Takeru sintió cómo el amuleto del Tengu se calentaba en su pecho hasta quemar. Su forma humana parpadeó, revelando por un segundo la piel azul y la furia del Oni. La guerra por el alma de Chiyo acababa de empezar.