Takotsubo

Capítulo 7: El Eco de los 400 Años

Chiyo se quedó petrificada tras el marco de la puerta de madera. La imagen de Takeru bajo la luna, con la piel teñida de un azul eléctrico y una furia que no parecía humana, quedó grabada en sus pupilas. Vio cómo sostenía a Kiko, el pequeño zorro, que exhaló su último aliento antes de deshacerse en chispas de luz.

El terror la obligó a retroceder. Subió a su habitación en silencio, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. "¿Qué es él?", se preguntó, hundiéndose en las cobijas.

A la mañana siguiente, el viaje de regreso a Tokio fue una tortura de silencios. Takeru decidió acompañarlas, sentado frente a ellas en el tren. Hana intentaba charlar, pero Chiyo no podía dejar de mirar la pulsera de Takeru, ese amuleto que parecía vibrar.

-Takeru... esa pulsera -soltó Chiyo con la voz temblorosa-, ¿de dónde la sacaste?
Él desvió la mirada hacia el paisaje que corría tras la ventana.

-Es un recordatorio de una deuda que no he pagado -respondió él, cortando cualquier otra pregunta.

Al llegar a la bulliciosa estación de Shibuya, entre el mar de gente, Chiyo chocó accidentalmente con un hombre alto, de cabello rojo encendido y una sonrisa depredadora. Era **Raigo**, el Oni que Takeru había enfrentado en las sombras, ahora en una forma humana impecable, vestido con una chaqueta de cuero negra.

-¡Fíjate por dónde vas, preciosa! -dijo Raigo, su voz era como el crujir de brasas.
Takeru se tensó al instante, poniéndose frente a Chiyo.

-Raigo... -gruñó Takeru.
-¿Lo conoces? -preguntó Hana, sorprendida.
-Es un... viejo "amigo" -mintió Takeru, intercambiando una mirada de odio puro con el pelirrojo.

Raigo, con una amabilidad falsa que erizaba los vellos de Chiyo, sugirió ir a un karaoke cercano para "celebrar el reencuentro". Hana, siempre buscando aventura, arrastró a una reticente Chiyo.

Entraron a una sala privada de luces neón. Raigo anunció que esperaba a una amiga. Minutos después, la puerta se abrió y entró una mujer de una belleza sobrenatural, de piel pálida como el mármol y ojos que parecían rendijas doradas. Su nombre era **Joro**, una **Jorōgumo** (yokai araña) en forma humana.

El ambiente se volvió pesado, casi irrespirable. Chiyo empezó a sentir un dolor agudo en el pecho.

-No deberíamos estar aquí -susurró Takeru, intentando levantarse.
Pero Joro puso una mano fría sobre su brazo.
-Ha pasado tanto tiempo, Takeru... no seas maleducado.

Chiyo pidió permiso para ir al baño, necesitando escapar de esa presión. Mientras se lavaba las manos, el frío inundó el lugar. Joro entró y se paró junto a ella. Chiyo miró el espejo y ahogó un grito: **la mujer no tenía reflejo.**
-Han pasado cuatrocientos años para volver a cobrarle a una sacerdotisa -siseó Joro, sus dedos se alargaron como patas de araña-. Tu alma todavía huele a los inciensos del templo de Asuka
Antes de que Joro pudiera atacar, Takeru irrumpió en el baño, tomó a Chiyo del brazo y la sacó a rastras del edificio, llevándola a un callejón oscuro.

-¡Suéltame! -gritó Chiyo, zafándose-. ¡Desde que apareciste, veo cosas que no existen! ¡Esa mujer... no tenía reflejo! ¡Y lo que vi en el pueblo...! ¿Qué eres tú, Takeru?
Takeru guardó un silencio sepulcral. Su rostro era una máscara de dolor.

-Si sientes que te pongo en peligro... me alejaré -dijo él con una voz rota-. No quiero ser yo quien te destruya de nuevo.
Se dio la vuelta y desapareció entre las luces de Shibuya, dejando a Chiyo sola y confundida.

Esa noche, el sueño fue distinto. Chiyo se vio a sí misma con un traje ceremonial blanco y rojo, bailando en medio de un templo en llamas. Su nombre no era Chiyo, era **Kaguya**. Los yokais la rodeaban mientras ella agitaba sus abanicos para proteger un sello sagrado. De pronto, un dolor punzante en la espalda. Al caer, alguien la tomó en brazos. Era un hombre de piel azul y cuernos, pero sus ojos... eran los mismos ojos tristes de Takeru.

Despertó sobresaltada. El **Bakeneko** estaba a los pies de su cama, observándola con sus ojos bicolores.

-Era él, ¿verdad? -le preguntó al gato, quien solo ronroneó antes de saltar por la ventana.
Al día siguiente en el trabajo, el ambiente estaba gélido. Takeru ignoraba a Chiyo, concentrado en su labor. Su jefe les pidió revisar un cargamento de antigüedades en el sótano.
Allí, entre cajas llenas de polvo, Chiyo encontró un diario forrado en seda vieja. Al abrirlo, leyó:

*"Yo, Kaguya, sacerdotisa de la bruma, dejo este registro. Los Onis no son solo monstruos; algunos cargan con una maldición de lealtad que los humanos jamás entenderán..."*

Imágenes de batallas y rituales cruzaron su mente como relámpagos. Cerró el diario, sintiendo que su cabeza iba a estallar. Corrió a un café cercano y empezó a investigar febrilmente sobre la era Edo y las deidades de Asuka.

Cerró la laptop de golpe, abrumada por la información. Al levantar la vista, una anciana con un rosario budista en las manos estaba sentada frente a ella.

-Te he estado esperando, Kaguya -dijo la mujer, su voz era un susurro antiguo-. El ciclo se está cerrando y esta vez, el Oni azul no podrá salvarte solo.




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