Takotsubo

Capítulo 8: El Hilo del Destino

-¿Quién es usted? -preguntó Chiyo, sintiendo un frío repentino.
-Me llamo **Sora**. Soy descendiente de los antiguos guardianes que juraron proteger tu linaje. Pero aquí hay demasiados oídos -Sora miró discretamente hacia las sombras del local-. Necesitamos ir a un lugar privado si quieres entender por qué tu corazón duele cuando él está cerca.

Chiyo, aunque desconcertada, sintió una urgencia magnética y accedió. Al salir del café, no se dieron cuenta de que, apoyado en un poste de luz al otro lado de la calle, **Raigo** las observaba con una sonrisa depredadora, jugando con un encendedor en su mano.

Caminaron hasta un pequeño templo antiguo, encajado entre modernos edificios de cristal. Al cruzar el umbral, Chiyo experimentó un déja vu tan fuerte que casi pierde el equilibrio. Sora la llevó al altar principal y sacó un libro de tapas de madera gastada.

-Kaguya era una sacerdotisa poderosa que mantenía el equilibrio entre los hombres y el Yomi -empezó Sora, pasando las páginas ilustradas con tinta negra-. Ella amaba a un joven samurái, su guardián más leal. Aunque sus códigos les prohibían estar juntos, sus almas ya estaban entrelazadas.

Sora señaló una ilustración de un **Oni negro y colosal**, rodeado de criaturas grotescas.

-Un día, este Oni y sus yokais salieron del inframundo exigiendo libertad. Kaguya, viendo la maldad pura en sus ojos, se negó. Para detener la invasión, realizó la "Danza del Sello", un ritual que drenaba su propia vida. El samurái, obligado a mirar desde la distancia, veía cómo su amada se marchitaba, perdiendo la vista y las fuerzas con cada paso del ritual. Lograron sellarlos, pero Kaguya quedó herida de muerte.

Chiyo escuchaba con los ojos empañados. Sora continuó el trágico relato:
-Desesperado, el samurái bajó al Yomi. Suplicó a la diosa Izanami, pero ella lo rechazó. Al regresar, un Oni poderoso le ofreció un trato: un amuleto que devolvería la vitalidad a Kaguya. Él aceptó sin saber que era una trampa. Kaguya, ya en su lecho de muerte, rechazó el amuleto diciendo que no cambiaría su destino por magia oscura. Ella murió en sus brazos antes de que él pudiera convencerla. En su locura, él le puso el amuleto de todos modos. Fue entonces cuando el Oni apareció en la habitación, burlándose de él: el objeto no era para salvarla, sino para que el Oni devorara el alma de la sacerdotisa. El samurái, en un acto final de furia, rompió el amuleto liberando el alma de Kaguya hacia la reencarnación, pero condenándose a sí mismo a una eternidad como monstruo.

Chiyo se levantó, temblando.
-Es una historia increíble... pero yo no soy ella. No creo en estas cosas -dijo, aunque su voz flaqueaba.
Sora le entregó un talismán de papel.
-Úsalo. Los yokais malos ya saben que has despertado.

Esa noche, Chiyo no pudo dormir, acariciando al **Bakeneko** que la esperaba en casa. Al día siguiente, la tensión en el trabajo era insoportable. Hanna coqueteaba con Takeru, quien mantenía la mirada fija en sus documentos, ignorando la presencia de Chiyo.

A la hora del almuerzo, Hanna arrastró a Chiyo a un restaurante cercano. Apenas se sentaron, Raigo apareció.
-¿Dónde está tu perro guardián, Chiyo? -preguntó Raigo con una sonrisa ladeada.
Hanna, detectando la electricidad estática en el aire, se excusó para ir al baño. Raigo aprovechó para sentarse frente a Chiyo y le apretó la muñeca con una fuerza inhumana.
-Dame una cita y quizás deje de molestar a tu "amigo".
Chiyo soltó una carcajada seca, llena de desprecio.
-Prefiero ir al infierno que salir contigo.

La cara de Raigo se transformó. Sus dedos empezaron a hundirse en la piel de Chiyo.
-No me retes, humana.

-¡Suéltala! -La voz de Takeru retumbó como un trueno. Había llegado de la nada, tomando a Raigo por el cuello de la camisa.
Raigo se levantó, soltando una risa gutural. Fue entonces cuando Chiyo, impulsada por un instinto que no era suyo, sacó el amuleto de Sora y lo estampó con fuerza contra el pecho de Raigo.
Un grito desgarrador llenó el restaurante. El papel brilló con una luz blanca cegadora y la piel de Raigo comenzó a agrietarse, revelando su verdadera forma: un Oni de piel roja escamosa, con cuernos que rompían el techo y ojos de fuego. Furioso, Raigo lanzó un manotazo que envió a Chiyo volando contra la pared. El golpe fue tan seco que el mundo de Chiyo se volvió negro, pero antes de perder el conocimiento, vio la transformación que tanto temía.

Takeru rugió. Su ropa se desgarró mientras su musculatura crecía, su piel se tornaba de un azul profundo y eléctrico, y dos cuernos plateados brotaban de su frente
.
La pelea fue brutal. No eran hombres peleando; eran fuerzas de la naturaleza. Takeru embistió a Raigo, atravesando las mesas y rompiendo los ventanales hacia la calle. El Oni Azul lanzaba golpes que hacían vibrar el pavimento, mientras el Oni Rojo respondía con garras ardientes que dejaban surcos de lava en el aire.

-¡Ella nunca será tuya! -rugía Raigo, escupiendo sangre negra-. ¡El trato del Yomi sigue vigente!
Takeru no hablaba; solo emitía gruñidos de un dolor ancestral. Cada vez que Raigo intentaba acercarse al cuerpo inconsciente de Chiyo, Takeru se interponía, recibiendo cortes profundos que sanaban casi al instante, pero dejando ver el sacrificio que estaba dispuesto a hacer.

Chiyo, entre la inconsciencia y la realidad, solo alcanzó a ver dos sombras monstruosas luchando bajo el sol de Tokio antes de que todo se desvaneciera por completo.




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