El abismo del Yomi no conocía el silencio, solo el lamento constante de las almas atrapadas y el crujir de la piedra negra que amenazaba con desmoronarse. En la cámara más profunda, donde la grieta del sello ancestral emitía destellos de una luz púrpura y enfermiza, el Oni Negro, Kuroi, extendía su influencia como una marea de brea omnipresente. Ante él, arrodillado y con su armadura carmesí aún agrietada, Raigo asimilaba las nuevas órdenes de su amo.
-Takeru cree que el peligro vendrá de frente -retumbó la voz de Kuroi, resonando en las paredes de roca-. Pero la Sacerdotisa es frágil en esta era. Si no podemos romperla a ella, quebraremos su entorno. Ve, parásito de las sombras, infíltrate en el eslabón más débil.
Una pequeña porción de la masa oscura de Kuroi se desprendió, moldeándose en la forma de un ciempiés translúcido y sombrío, antes de cruzar la fisura hacia el mundo de los vivos.
Mientras tanto, en el apartamento de Chiyo, la atmósfera era densa. Hanna caminaba de un lado a otro en la pequeña sala, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba el pánico con la incredulidad.
-Chiyo, te lo juro por mi vida, lo que vi en ese restaurante no fue normal -dijo Hanna, deteniéndose frente a ella, con la voz temblorosa-. Ese hombre, Takeru... su piel era azul. Tenía armadura, cuernos... ¡Parecía un demonio sacado de una pesadilla! Y tú estabas en el suelo... ¿Qué está pasando? ¿En qué te has metido?
Chiyo, sentada en el sofá con las curitas aún frescas en sus brazos y mejillas, apretó los puños sobre sus jeans. Trataba de formular una mentira piadosa, pero antes de que pudiera emitir una sola palabra, las luces del apartamento parpadearon violentamente. El aire se volvió gélido, congelando el aliento de ambas en pequeñas nubes de vapor.
Por debajo de la puerta principal comenzó a filtrarse una niebla negra, espesa y con un olor a azufre y tierra húmeda.
-¿Qué... qué es eso? -susurró Hanna, retrocediendo hacia la cocina.
De la niebla emergió el ciempiés sombrío enviado desde el Yomi. Antes de que Chiyo pudiera reaccionar, la criatura se lanzó a ras de suelo y trepó por la pierna de Hanna, desvaneciéndose al hacer contacto con su piel.
Los ojos de Hanna se volvieron completamente negros, vacíos de cualquier rastro de humanidad. Su postura se volvió rígida, y una sonrisa grotesca e innatural se dibujó en su rostro. Con una fuerza sobrehumana, Hanna tomó un cuchillo de la barra de la cocina y apuntó directamente a Chiyo.
-La sangre de Kaguya... qué aroma tan dulce -siseó Hanna, pero la voz que salía de su garganta era doble, distorsionada por el parásito del Yomi.
-¡Hanna, no! ¡Reacciona! -gritó Chiyo, el corazón dándole un vuelco de puro terror.
Recordando el libro que Sora le había mostrado apenas unas horas antes en el templo, Chiyo metió la mano desesperadamente en su bolsillo y sacó uno de los sellos de papel purificador que la anciana le había encomendado. Su mente trabajaba a mil por hora, visualizando los trazos que había estudiado a la luz de las velas.
Hanna se abalanzó sobre ella con el cuchillo en alto. Chiyo esquivó el ataque por puro instinto, rodando sobre el suelo del apartamento. Con el corazón latiéndole en las orejas, extendió el papel rectangular con ambas manos, canalizando la energía que Sora le había dicho que residía en su linaje.
-¡Por el orden del sello sagrado, libérala! -exclamó Chiyo.
El sello de papel comenzó a brillar con un destello blanco e intenso. Chiyo se impulsó hacia adelante y estampó el papel directamente en la frente de Hanna. Un estallido de luz espiritual resonó en la habitación. Un chillido agudo y chirriante brotó del cuerpo de Hanna mientras el ciempiés de sombras era expulsado a la fuerza, desintegrándose en el aire antes de tocar el suelo.
Hanna cerró los ojos y se desplomó instantáneamente, inconsciente pero respirando con normalidad.
A varios kilómetros de ahí, sobre el tejado de un rascacielos que vigilaba la noche de Shibuya, Takeru sintió una punzada violenta en el pecho. La vibración espiritual del sello de Kaguya había resonado en su propia energía de Oni.
-Chiyo... -murmuró.
Sin dudarlo un segundo, Takeru se impulsó, saltando de techo en techo con una velocidad sobrenatural, cruzando el cielo nocturno bajo la luna oculta por las nubes hasta llegar al balcón del apartamento. Irrumpió en la sala con los ojos encendidos en un brillo azul, listo para la batalla, pero se detuvo en seco al ver la escena: Chiyo estaba de rodillas, jadeando, sosteniendo a Hanna entre sus brazos.
-¿Estás bien? Sentí la activación del sello -dijo Takeru, con la voz cargada de una preocupación casi dolorosa.
-La atacaron... un parásito del Yomi -respondió Chiyo, con los ojos empañados por la adrenalina-. Pero logré usar el sello. Ella está a salvo.
Takeru se acercó, revisando los signos vitales de Hanna. -El parásito se ha ido, pero el shock espiritual borrará sus recuerdos de la última hora. Mañana por la mañana no recordará nada de la posesión, ni del restaurante. Para ella, solo habrá sido un desmayo por cansancio.
Chiyo asintió, aliviada, mientras ayudaba a Takeru a recostar a Hanna en la cama de invitados. La noche se cerró sobre ellos en un silencio pesado, el preludio de una tensa rutina que estaba por comenzar.
Pasaron los días. El amanecer de las siguientes jornadas no trajo paz, sino una procesión constante de amenazas menores. Kuroi parecía estar probando sus defensas, enviando hordas de yokais pequeños a las calles de Shibuya para desgastarlos.
Aparecieron los *Gaki*, pequeños demonios hambrientos de piel grisácea y vientres hinchados que acechaban en los callejones oscuros detrás de los puestos de ramen; y los *Chonchon*, extrañas cabezas flotantes con orejas gigantes que usaban como alas, cuyo aleteo provocaba migrañas espirituales a los humanos comunes.
Durante cada uno de estos encuentros, Chiyo y Takeru luchaban codo a codo. Takeru desenvainaba su fuerza con una gracia letal, y la química entre ambos en el campo de batalla era innegable. Se cubrían las espaldas, anticipaban los movimientos del otro con una sincronía perfecta que parecía grabada en sus almas desde vidas pasadas. Chiyo sentía que, en medio del caos, sus sentimientos por el enigmático samurái crecían de manera incontrolable. Cada mirada compartida tras derribar a un espíritu encendía algo profundo en su pecho.