El eco del beso aún vibraba en las paredes del pequeño apartamento, pero la calidez se disolvió en un instante, reemplazada por un frío ártico que caló hondo en los huesos de ambos. Takeru rompió el contacto de golpe, retrocediendo un paso como si el cuerpo de Chiyo despidiera fuego sagrado. Sus ojos azules, usualmente serios, estaban abiertos de par en par, fijos en sus propias manos temblorosas. El tatuaje de su brazo derecho, aquel que canalizaba su energía Oni, palpitaba con una luz intermitente y violenta.
-Esto... esto no debió pasar -susurró Takeru, con la voz rota, negándose a sostenerle la mirada-. Fui un maldito egoísta. Pusimos en riesgo el velo por un momento de debilidad.
Chiyo lo miró desde el suelo, con el botiquín de primeros auxilios aún abierto a su lado y una gasa ensangrentada entre los dedos. Sus labios, todavía encendidos por el roce de los suyos, temblaron.
-¿Un momento de debilidad? -preguntó ella, sintiendo una mezcla punzante de humillación y dolor-. Me viste a los ojos, Takeru. No fue la adrenalina, ni fue un error. ¿Por qué huyes cada vez que nos acercamos?
-Porque mi cercanía te va a matar, Chiyo -sentenció él, con una frialdad que pareció cortar el aire de la habitación.
Sin darle tiempo a replicar, Takeru tomó su chaleco táctico del suelo, se lo echó al hombro y salió al balcón. Un segundo después, se impulsó hacia la tormenta de Shibuya, desapareciendo entre las cortinas de lluvia densa y los reflejos de neón de la ciudad, dejando a Chiyo sola con un vacío insoportable en el pecho.
Mientras el plano humano se ahogaba en lágrimas y tormentas, el Yomi bullía con una actividad frenética. En las profundidades del abismo, Raigo contemplaba la grieta del sello, la cual lucía notablemente más ancha y distorsionada, despidiendo chispas de energía espiritual púrpura. El beso de los elegidos había fracturado la prisión.
El colosal Oni Negro, Kuroi, emergió de las sombras del fondo, sus ojos rojos fijos en su lugarteniente.
-El velo se debilita, Raigo... Lo siento en mi propia carne -retumbó la voz de Kuroi, haciendo que las piedras del inframundo vibraran-. El samurái y la vasija de Kaguya han cedido al deseo. Es el momento. No envíes más parásitos ni gakis hambrientos. Despierta a algo que realmente pueda arrancarles el corazón.
Raigo sonrió de medio lado, arrodillándose sobre el suelo de lodo negro. -Sé exactamente a quién invocar, mi señor. Mandaré a **Kyōtsu**, el devorador de médula. Su sed de sangre espiritual no se detendrá hasta que la heredera del sello deje de respirar. Si Takeru intenta protegerla, ambos caerán en el mismo pozo.
Pasaron los días en Shibuya, y la dinámica entre Chiyo y Takeru se transformó en una dolorosa guerra de desgaste emocional. No era un odio real, sino un mecanismo de defensa; una barrera implacable donde el deseo de estar juntos chocaba de frente con la estricta prohibición de su destino. Se volvieron distantes, gélidos, pero la tensión protectora seguía intacta.
En los callejones de la ciudad, los encuentros con yokais menores se volvieron rutinarios, pero el ambiente entre ellos era insoportable. Durante una tarde gris, tras arrinconar a un par de espíritus errantes, Chiyo falló al colocar un sello debido a la falta de concentración. Takeru intervino de inmediato, cortando a la criatura a la mitad con su espada imbuida en llamas azules, pero al envainar la hoja, se giró hacia ella con una mirada implacable.
-Si vas a estar pensando en otra cosa, quédate en tu apartamento -le espetó Takeru, dándole la espalda-. Tu falta de enfoque nos va a costar la vida a ambos. No estoy aquí para cuidar a una niña distraída.
Chiyo sintió que la sangre le hervía de rabia y despecho. Lo tomó del hombro, obligándolo a girarse, aunque él evitó mirarla a los ojos.
-¡Estoy perfectamente enfocada! -le gritó Chiyo, con los ojos cristalinos pero la voz firme-. Lo que me tiene harta es tu maldita hipocresía. Actúas como si no te importara, como si no existiera después de lo que pasó en mi casa. ¡Si tanto te estorbo, déjame sola! ¡Yo no pedí ser la reencarnación de nadie!
Takeru apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Quería abrazarla, gritarle que lo hacía porque la amaba demasiado como para verla morir, pero se obligó a mantener la fachada de piedra.
-Solo eres la portadora del sello, Chiyo. Mi único deber es asegurarme de que Kuroi no te destruya. No confundas las cosas -dijo, con una voz tan monótona y vacía que a Chiyo se le partió el corazón en mil pedazos. Ella lo soltó, dio media vuelta y se marchó, limpiándose una lágrima traicionera de la mejilla.
A unos metros de distancia, sobre una barda, Kuma, el bakeneko de tamaño humano, observaba la escena lamiéndose una pata. Su cola se movía con frustración. Sabía perfectamente el calvario que Takeru estaba viviendo para protegerla, pero ver a Chiyo sufrir de esa manera le revolvía el estómago. Sin embargo, se mantuvo al margen, vigilando desde las sombras del distrito moderno.
La ruptura definitiva llegó dos noches después, en una plaza moderna y desierta de Shibuya, rodeada de pantallas apagadas y asfalto húmedo. El aire se volvió espeso y un hedor a osamenta podrida inundó el lugar. Del suelo agrietado emergió **Kyōtsu**, un yokai masivo, de torso esquelético cubierto por una coraza de huesos humanos y largas extremidades que terminaban en guadañas de calcio puro. Sus cuencas vacías brillaban con un fuego espectral verde.
-La portadora... -siseó Kyōtsu, lanzando un zarpazo que agrietó el pavimento.
La batalla comenzó con una violencia nunca antes vista. Takeru adoptó su postura de combate de inmediato, cruzando su acero contra las guadañas del monstruo. Las chispas espirituales iluminaban la noche. Chiyo, tragándose el dolor de los días anteriores, se movió con agilidad, lanzando amuletos de papel para crear una barrera de contención, pero Kyōtsu era ridículamente poderoso. Con un movimiento de su cola ósea, apartó a Takeru, estrellándolo contra un pilar de metal.