El olor a incienso de sándalo y hierbas medicinales fue lo primero que golpeó los sentidos de Chiyo. Abrió los ojos lentamente, encontrándose con el techo de madera envejecida del templo de Sora. Le dolía cada fibra del cuerpo; el impacto de la garra de Kyōtsu había dejado su costado izquierdo cubierto de densas vendas, y una punzada constante en la sien le recordaba lo cerca que estuvo de la muerte.
-No te muevas, muchacha -la voz ronca de Sora rompió el silencio. La anciana cambiaba unas gasas con agua fría-. Tuviste suerte. Si ese Shinigami no hubiera intervenido, tu alma ya sería pasto de las sombras en el Yomi.
Chiyo ignoró el dolor y se incorporó apoyando los codos, buscando desesperadamente con la mirada alrededor de la habitación.
-¿Dónde está...? ¿Dónde está Takeru? -preguntó, con la voz ronca.
Kuma, en su forma humana, estaba recargado contra la pared con los brazos cruzados. Su habitual sonrisa burlona no aparecía por ningún lado. Con un leve gesto de la barbilla, señaló hacia el umbral de la puerta corrediza.
Takeru estaba allí. No había entrado a la habitación. Permanecía de pie bajo la sombra del pasillo exterior, con el rostro parcialmente oculto por su cabello oscuro y rebelde. Llevaba una chaqueta negra limpia, pero Chiyo pudo notar la rigidez en su postura: sus propias heridas, ocultas bajo la tela, debían estar ardiendo. Sin embargo, lo que más frío le dio a Chiyo no fue la sombra, sino la mirada azul que él le dirigió. Era una mirada desprovista de toda la calidez de aquella noche bajo la lluvia.
-Estás viva -dijo Takeru. Su voz sonó extraña, artificialmente monótona.
-Takeru... -Chiyo intentó bajar de la cama futurón, pero las piernas le temblaron-. Estábamos peleando, tú estabas herido... ¿Qué pasó? ¿Qué te dijo ese Dios de la Muerte?
Takeru no se movió un solo centímetro hacia ella. Se mantuvo en el umbral, como si una línea invisible y maldita le impidiera pisar la misma habitación.
-Me dijo lo que ya sabía, pero que fui demasiado estúpido para aceptar -soltó él, cruzándose de brazos-. Que eres una carga, Chiyo.
El silencio que siguió a esas palabras fue tan pesado que incluso Kuma bajó la cabeza, incapaz de mirar a Chiyo.
-¿Qué...? -susurró ella, sintiendo que el aire se congelaba en sus pulmones.
-Mírate -continuó Takeru, y cada palabra salía de su boca como un trozo de hielo afilado-. Un solo yokai de rango medio casi te arranca el corazón. Te entregué amuletos, te enseñé las bases, y lo único que haces es dudar en el campo de batalla. Casi muero por intentar cubrir tus errores. El beso... lo que pasó en tu apartamento fue un error de adrenalina. Una debilidad. Pero no voy a volver a arriesgar mi cuello por una humana que no puede sostenerse en pie.
-¡Mientes! -gritó Chiyo. Las lágrimas, calientes y cargadas de furia, comenzaron a desbordarse por sus mejillas, limpiando los restos de suciedad de la pelea-. ¡Me miraste a los ojos! ¡Sé lo que sentiste! ¡No me metas esa basura de que soy una carga!
-A partir de hoy, estás por tu cuenta -sentenció Takeru, dándole la espalda de golpe, mirando hacia el patio del templo donde la llovizna empezaba a caer-. No habrá más entrenamientos. Dejaré este distrito. Sora y el gato se encargarán de ti. Ya no eres mi problema
El orgullo y el dolor estallaron dentro de Chiyo. Con la fuerza que le quedaba, estiró la mano hacia la mesa de noche, tomó uno de los amuletos de purificación que Sora había dejado allí y se lo lanzó con rabia a la espalda. El trozo de papel golpeó su hombro y cayó al suelo húmedo.
-¡Pues lárgate! -le gritó con la voz rota por el llanto-. ¡Lárgate y no vuelvas nunca! ¡Yo no pedí esta maldita marca, ni pedí que un Oni cobarde me cuidara! ¡Vete al demonio, Takeru!
Takeru no se giró. Se limitó a cerrar los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta, apretando los dientes hasta que le sangraron las encías para no flaquear. Dio un paso al frente y desapareció entre la niebla del templo, rompiendo el lazo que los unía, dejando a Chiyo colapsar en el colchón, llorando de rabia y desprecio.
Pasaron tres días. Chiyo no regresó a su apartamento inmediatamente; se quedó en el templo, impulsada por un sentimiento oscuro y poderoso: el despecho. Si Takeru la consideraba débil, le demostraría lo contrario aunque le costara la vida.
-¡Otra vez! -le gritó a Sora en el patio del templo, bajo un sol abrasador que no lograba calentar su interior.
Chiyo lanzó tres amuletos en el aire. Con los dedos entrelazados, canalizó su energía espiritual. Esta vez no era la luz suave y pura de antes; era un destello azul brillante, casi violento, impulsado por el rencor y el orgullo herido. Los amuletos estallaron en el aire, creando ondas de choque que levantaron las hojas secas del suelo.
Kuma, sentado en los escalones del santuario, la miraba con preocupación.
-Estás forzando tu barrera, Chiyo. La energía espiritual debe fluir como el agua, no como un volcán -le advirtió el bakeneko, serio-. Si sigues así, vas a romper tu propio canal.
-¡No me importa! -respondió ella, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo-. Nadie va a tener que volver a cubrir mis errores. Nadie.
Lo que Chiyo no sabía era que, a unos cientos de metros, oculto en la copa de un enorme árbol sagrado fuera del perímetro del templo, Takeru la observaba. Tenía los ojos fijos en ella, devorando cada uno de sus movimientos, asegurándose en silencio de que sus heridas cerraran, sufriendo en total aislamiento al ver la amargura que él mismo había sembrado en su rostro. Su pacto con el Shinigami lo obligaba a la distancia; su amor se había convertido en su mayor maldición.
Sin embargo, esa misma noche, la separación de los elegidos comenzó a pasar factura. Mientras Chiyo dormía en una de las habitaciones de madera, una densa y silenciosa niebla negra se filtró por debajo de la puerta corrediza. No era un yokai físico; era *Enenra*, un demonio de humo enviado directamente por la magia de Raigo desde las profundidades del Yomi.