Las luces del apartamento de Chiyo se sentían demasiado brillantes después de la penumbra del metro. Sentada en el sofá, sosteniendo una taza de té caliente que temblaba entre sus manos vendadas, Chiyo miró a Hanna. Su amiga caminaba de un lado a otro por la sala, con los ojos rojos de tanto llorar y la respiración aún alterada.
-¿Monstruos, Chiyo? ¿Arañas con rostros
humanos? -Hanna se detuvo, cayendo de rodillas frente a ella y tomándole las manos-. Pensé que me estaba volviendo loca. Pensé que el cansancio me hacía alucinar, pero... tú los mataste. Con papeles. Con luces. ¿Qué está pasándote? ¿Quién eres realmente?
Chiyo tragó saliva, sintiendo que el nudo en su garganta apenas le dejaba respirar. Ya no podía seguir mintiéndole. El hechizo de memoria de Takeru se estaba desgastando, o tal vez el destino ya no permitía los secretos.
-No me estoy volviendo loca, Hanna... y tú tampoco -dijo Chiyo con la voz apagada-. Esos seres se llaman yokais. Vienen de un lugar llamado Yomi, el inframundo. Y yo... yo tengo un sello en mi pecho. Soy la reencarnación de una antigua sacerdotisa. Por eso me buscan. Por eso quieren matarme.
Hanna la escuchó en un silencio sepulcral. Chiyo le contó todo: la verdad sobre el templo de Sora, la identidad de Kuma como un bakeneko guardián, y finalmente, con la voz quebrada, la verdad sobre Takeru. Le contó que él era un Oni, el samurái destinado a protegerla, y cómo la había abandonado en el templo, acusándola de ser una carga inútil tras el último ataque.
-¿Él te dejó después de que casi mueres por él? -Hanna apretó los puños, la indignación reemplazando el miedo-. ¡Qué maldito cobarde! Chiyo, tú eres la persona más fuerte que conozco. No necesitas a un monstruo que te diga cuánto vales.
Después de horas de llanto y confesiones, la noche cayó por completo. Hanna, exhausta y abrumada por la revelación, se despidió prometiendo procesar todo en casa. Chiyo se quedó sola en el silencio de su apartamento, pero la soledad no vino vacía: el dolor en su pecho regresó, más sordo, más pesado, como un clavo enterrándose lentamente bajo su piel.
Pasaron las semanas. Shibuya se convirtió en un campo de entrenamiento personal para Chiyo. Sin Takeru a su lado, la joven canalizó toda su tristeza, su despecho y su rabia reprimida en perfeccionar sus habilidades. Sus amuletos ya no solo defendían; ahora cortaban el aire con explosiones de energía espiritual azul tan destructivas que incluso Kuma la miraba con cautela. Se estaba volviendo peligrosamente fuerte.
Pero el cuerpo humano tiene límites, y el de Chiyo estaba protestando. El dolor en el costado izquierdo de su pecho se volvió insoportable, impidiéndole dormir. Desesperada, acudió a una clínica moderna en el centro de Tokio.
El médico revisó las radiografías y los estudios de sangre con el ceño fruncido.
-Todo está perfectamente normal, Chiyo-san -dijo el doctor, ajustándose los lentes-. No hay inflamación, no hay problemas cardíacos, ni rastros de infección. Lo que usted tiene es un cuadro severo de estrés y emociones reprimidas. El dolor somático es real, pero su origen es puramente emocional. Tiene que relajarse, o su propio cuerpo colapsará.
*"Emociones reprimidas"*, pensó Chiyo con amargura mientras caminaba hacia el templo de Sora. No era estrés. Era el veneno del rechazo de Takeru.
Al llegar al templo, Sora la esperaba en el tatami principal. La anciana no necesitó que Chiyo hablara; sus ojos sabios escanearon el aura de la joven, la cual ya no era puramente espiritual, sino que mostraba destellos oscuros y densos, como el humo del carbón. Sora encendió un cuenco de agua bendita y arrojó hojas de té, realizando una lectura espiritual. El agua comenzó a burbujear violentamente, tornándose gris.
-Estás acumulando demasiado rencor, Chiyo -advirtió Sora, con una gravedad que encendió las alarmas de la joven-. Estás usando la rabia para volverte fuerte, pero la energía espiritual de Kaguya es pura. Si la contaminas con tu odio hacia Takeru y tu frustración, cambiarás tu naturaleza.
-¿Cambiar mi naturaleza? Solo estoy protegiéndome, Sora. Ya que nadie más va a hacerlo -respondió Chiyo, con un toque de frialdad en la voz.
-Existe un mito antiguo, muchacha -dijo Sora, mirándola fijamente-. Las mujeres humanas que reprimen un dolor inmenso, celos, desprecio o una furia ciega, terminan transformándose en algo terrible. Sus almas se corrompen y mutan en **Hannyas**... demonios de la envidia y la ira, con rostros grotescos y cuernos. Te estás convirtiendo en el monstruo que juraste combatir.
-¡Eso no me va a pasar a mí! Yo estoy bien -le espetó Chiyo, levantándose del tatami con orgullo herido y saliendo del templo sin mirar atrás.
Esa misma noche, tras un entrenamiento brutal en el que destruyó tres maniquíes de paja con sus sellos, Chiyo regresó a su apartamento. El dolor de su pecho era un latido constante, violento. Kuma estaba abajo, en la cocina, preparando algo de comer en su forma humana, haciendo ruido con las ollas.
Chiyo entró al baño y se dio una ducha caliente, intentando relajar los músculos. Al salir, envuelta en una toalla, pasó la mano por el espejo empañado por el vapor para limpiarlo.
Cuando el cristal se aclaró, Chiyo se quedó sin aliento. El corazón se le detuvo.
Del lado izquierdo de su frente, justo por encima de la ceja, la piel estaba extrañamente abultada y enrojecida. Al tocárselo, soltó un quejido: la consistencia era dura, como el crecimiento de un hueso. Parecía la punta de un pequeño cuerno rompiendo desde el interior de su cráneo.
-No... no, no, no -susurró, con el pánico congelándole la sangre-. Son alucinaciones. Estoy cansada. Sora me metió esas ideas estúpidas en la cabeza...
Se frotó los ojos con fuerza y volvió a mirar. El bulto seguía ahí, sutil pero innegable. Presionada por el miedo, apagó la luz del baño, se vistió rápidamente con ropa cómoda de dormir y se acostó en su cama, cubriéndose la cabeza con las cobijas. Intentó conciliar el sueño, pero el dolor del pecho y la imagen del espejo se lo impidieron.