La lluvia de la madrugada había dejado el asfalto de Shibuya brillante y frío. Tras el violento encuentro bajo el balcón, Takeru no regresó a su escondite en la ciudad. Necesitaba respuestas que su propia mente atormentada no podía darle. Caminó en silencio hasta el antiguo templo de Sora, arrastrando los pies, con las manos hundidas en los bolsillos de su sudadera gris y el chaleco negro empapado.
Se sentó en los escalones de madera del santuario, mirando el amanecer grisáceo. Las palabras de Chiyo seguían grabadas a fuego en su cabeza: *"¡Prefiero morir peleando a tu lado que consumirme por tu ausencia!"*. El Oni Azul cerró los ojos, apretando los dientes. Su intento de protegerla manteniéndose lejos solo estaba destruyendo la cordura de ambos.
A la mañana siguiente, el patio del templo se llenó con el sonido sordo de los pasos de Chiyo. Llevaba horas entrenando sin parar, lanzando amuletos contra los troncos de práctica. Sin embargo, sus movimientos ya no tenían la fluidez espiritual de antes; eran toscos, violentos, impulsados por una frustración ciega.
Desde la sombra del pasillo, Sora observaba fijamente a la joven. A su lado, Kuma, en su forma de bakeneko negro de ojos amarillos, permanecía recargado contra la pared de madera con los brazos cruzados.
-Su aura está cambiando, Kuma -susurró Sora, con la voz cargada de una profunda preocupación-. Ya no es la energía dorada y pura de la línea de Kaguya. Mira los bordes... se están volviendo oscuros, pesados, como el humo del carbón de un incendio.
Kuma soltó un bufido bajo, moviendo la cola con nerviosismo.
-Está acumulando demasiado desprecio y despecho por lo que hizo Takeru. Los humanos son frágiles, anciana. Cuando entierran un dolor tan grande y lo disfrazan de fuerza, el alma empieza a pudrirse. Si sigue alimentando esa rabia, la transformación en *Hannya* no será solo una leyenda. Se convertirá en un demonio viviente de puro rencor. Y un alma así de corrompida es el manjar favorito del Yomi.
Chiyo interrumpió la conversación al entrar bruscamente al salón principal, secándose el sudor de la frente con una toalla. Sus ojos, antes brillantes, se veían cansados y rodeados de sombras oscuras.
-Ya me voy, Sora. Quedé de verme con Hanna en el centro para intentar despejarme -dijo Chiyo con un tono de voz inusualmente plano, casi frío.
-Chiyo, debes descansar -le advirtió la anciana, intentando poner una mano sobre su hombro-. Tu cuerpo está resistiendo una presión espiritual que no te pertenece.
-Estoy bien -cortó Chiyo de inmediato, esquivando el contacto-. Nos vemos más tarde.
Sin esperar respuesta, la joven salió corriendo del templo, perdiéndose entre las empinadas calles que conducían al bullicio de Shibuya.
Chiyo corría a paso rápido, intentando que el viento frío de la tarde le quitara la opresión del pecho. Sin embargo, al cruzar por un callejón estrecho que servía de atajo hacia la estación del metro, el aire se congeló de golpe. Un olor espeso a tabaco dulce y perfume barato inundó el lugar.
Una figura femenina bloqueó la salida del callejón. Era la yokai del karaoke, aquella criatura que solía camuflarse entre las luces neón de los distritos de entretenimiento. Llevaba un kimono moderno, desgarrado en los bordes, y una sonrisa demasiado amplia que dejaba ver unos dientes afilados.
Chiyo frenó en seco, clavando los tenis en el suelo húmedo. Su mano se dirigió instintivamente al bolso donde guardaba sus amuletos.
-¿Qué quieres? -preguntó Chiyo, entornando los ojos-. No tengo tiempo para tus juegos hoy. Déjame pasar.
La yokai del karaoke soltó una risa chillona, un eco distorsionado que rebotó en las paredes de concreto.
-No vengo a pelear, dulce vasija -dijo la criatura, extendiendo una mano pálida de uñas largas-. Alguien muy importante quiere hablar contigo. Alguien que puede darte las respuestas que el cobarde del Oni Azul te niega. Acompáñame. Si te niegas, tu querida amiga Hanna no llegará viva a su cita de hoy.
El nombre de Hanna hizo que la sangre de Chiyo se helara. Apretando los puños, Chiyo asintió con la cabeza, permitiendo que la yokai la guiara hacia el subsuelo de un edificio abandonado, donde la realidad parecía doblarse para conectar directamente con las energías del Yomi.
El sótano del edificio estaba sumido en una penumbra roja. En el centro, sentado sobre un trono improvisado de escombros y metal retorcido, se encontraba Raigo. El colosal general Oni del Yomi lucía su imponente armadura oxidada, y su sola presencia hacía que las paredes vibraran con una vibración maligna.
Al ver entrar a Chiyo, Raigo se puso en pie. Su gigantesca sombra cubrió por completo a la joven. Caminó lentamente hacia ella, arrastrando su pesado *kanabō* espinado. Chiyo se mantuvo firme, aunque el dolor en su pecho latió con una fuerza brutal.
Raigo se inclinó hacia delante. Chiyo pudo sentir el calor sofocante y el olor a azufre y sangre seca que emanaba de él. El monstruo la olfateó detalladamente, pasando su nariz cerca del cuello y la frente de la joven. Luego, soltó una carcajada ronca que hizo eco en todo el lugar.
-Vaya, vaya... ¿pero qué tenemos aquí? -rugió Raigo, con sus ojos rojos brillando con una diversión cruel-. Hueles delicioso, reencarnación de Kaguya. Pero ya no hueles a santidad. Hueles a desprecio, a celos, a una ira reprimida exquisita. Ese estúpido de Takeru... al alejarse para "protegerte", te está transformando. Te está regalando a nosotros. Tu alma humana se está rompiendo por su culpa.
-¡Cállate! -gritó Chiyo, dando un paso atrás, con los ojos inyectados en rabia-. ¡Tú no sabes nada de nosotros! ¡Nada de lo que hagas va a cambiar quién soy!
En ese preciso momento, el teléfono celular en el bolsillo del pantalón de Chiyo comenzó a vibrar con fuerza. La pantalla iluminó la penumbra con un nombre: **Takeru**.
Chiyo intentó sacar el teléfono, pero con una velocidad sobrehumana, Raigo extendió su enorme mano gárrula y le arrebató el aparato. El general Oni miró la pantalla y presionó el botón de contestar, llevando el pequeño objeto a su gigantesca oreja.