Takotsubo

Capítulo 15: el Pacto de las Sombras

El viento de la noche golpeaba con furia las puertas de madera del santuario. Sora y Kuma, este último manteniendo su imponente forma humana con orejas y cola de felino azabache mofándose de la quietud, aguardaban en el salón principal. El aire se había vuelto tan denso que la respiración costaba.
De repente, un estruendo sacudió el patio exterior. La puerta corredera fue derribada de un golpe espiritual.

Takeru entró jadeando, con la ropa empapada de sudor y la energía azul de su cuerpo chispeando de manera errática, como un cable de alta tensión a punto de romperse. En sus brazos, apretada contra su pecho con una desesperación que jamás había mostrado, cargaba a Chiyo. La joven estaba pálida, con los ojos cerrados en un sueño tormentoso, pero lo que hizo que Sora ahogara un grito fue el destello de hueso en su rostro. Del lado izquierdo de su frente, rompiendo la piel fina en un leve cerco de sangre escarlata, sobresalía un cuerno pequeño, afilado y oscuro.

-¡Sora! -exclamó Takeru, con la voz rota, cayendo de rodillas sobre el tatami sin soltar a la joven-. ¡Mírala! ¡Raigo la emboscó... fue mi culpa, todo esto fue mi culpa! Su aura se rompió.
Sora se deslizó con rapidez, sus ropajes de sacerdotisa arrastrándose por el suelo. Al tocar la frente de Chiyo, retiró la mano como si se hubiera quemado.

-La maldición de la Hannya... -susurró la anciana, con los ojos abiertos por el pánico-. No es solo un reflejo espiritual, Takeru. El desprecio, el dolor del abandono y la rabia que ha estado acumulando por tu distancia rompieron su vasija humana. Si ese cuerno crece por completo antes del amanecer, su alma pertenecerá al Yomi para siempre. Se convertirá en un demonio de puro rencor.

-¡Dime qué hacer! -rugió Takeru, las lágrimas de frustración mezclándose con la llovizna de su rostro-. ¡No voy a dejar que se convierta en eso! ¡Mátame a mí si es necesario, pero sálvala!
-Hay una forma -dijo Sora, mirando fijamente al Oni Azul-. Pero requiere un sacrificio de sangre. Para frenar una transformación demoníaca nacida del desamor, se necesita la esencia pura del ser que causó la herida. Necesitamos un sello de contención con tu propia sangre, Takeru. Debes purificar su herida con tu energía vital, vinculando tu dolor al de ella.

Takeru no dudó un solo segundo. Desenvainó un puñal corto que llevaba en el cinturón y, sin parpadear, cruzó la hoja por la palma de su mano izquierda. Un fluido espeso de un azul brillante y místico comenzó a brotar en abundancia. El Oni Azul colocó su mano sangrante directamente sobre el pequeño cuerno y la frente de Chiyo, cerrando los ojos mientras concentraba toda su energía espiritual.

-Por favor, Chiyo... regresa -susurró él, la frente apoyada contra la de ella, mientras su sangre azul brillaba, absorbiendo temporalmente las venas negras que amenazaban con extenderse por el rostro de la joven.
### El Trance de la Traición
Mientras el cuerpo de Chiyo absorbía la energía de Takeru en el mundo real, su mente se encontraba atrapada en un abismo de niebla roja y gritos silenciosos. No había suelo, no había cielo. Solo el eco de su propio corazón latiendo como un tambor de guerra.

De entre la niebla, una figura colosal emergió. No era Raigo, sino la silueta de la Hannya original, el demonio del folclore nacido de la transformación de una mujer devorada por los celos y el desprecio. Sus ojos eran dos pozos de fuego dorado y su sonrisa revelaba colmillos hambrientos.

*«¿Sientes el frío del abandono, dulce Kaguya?»*, siseó una voz que resonaba dentro de la propia cabeza de Chiyo. *«Míralo allá afuera... te abraza ahora que estás rota, pero mañana volverá a huir. Te dejó sola en la oscuridad mientras tú te consumías por su ausencia. El amor de los Oni es veneno. Conviértete en mí. Deja que el cuerno crezca. Con este poder, nadie volverá a dejarte atrás. Destrúyelo. Destruye al Oni Azul que te rompió el corazón».*

-No... -intentó gritar Chiyo en su trance, tapándose los oídos mientras las lágrimas le quemaban las mejillas-. Él quería protegerme... ¡Él me prometió...!

*«Te prometió soledad»*, replicó el demonio, envolviéndola en un abrazo de humo negro. *«Siente la deliciosa rabia. Siente el poder de no necesitar a nadie».*

El dolor emocional se transformó en una descarga de adrenalina pura. En el plano físico, los ojos de Chiyo se abrieron de golpe.

Ya no eran sus ojos castaños y cálidos. Eran dos cuencas completamente negras, vacías de humanidad.
Con una fuerza descomunal que nadie esperaría de su cuerpo, Chiyo lanzó un manotazo que envió a Takeru rodando por el tatami, estrellándose contra los pilares del templo. Sora fue arrojada hacia atrás, pero Kuma, reaccionando con la velocidad de un felino, saltó en su forma humana y amortiguó la caída de la anciana, colocándose frente a ella con las garras extendidas y la cola erizada.

-¡Chiyo, detente! -gritó Kuma, sus ojos amarillos brillando en la penumbra-. ¡Esa ya no eres tú!

Chiyo se puso en pie de manera magnética, rígida. El aire a su alrededor vibraba con ráfagas de fuego azul y negro. Miró a Takeru, quien se levantaba con dificultad, limpiándose un hilo de sangre de la boca. La proyección espiritual de la máscara de Hannya flotaba sobre el rostro de la joven, distorsionando sus facciones en una mueca de odio absoluto.

-¡Me dejaste sola! -exclamó Chiyo, con una voz doble, superpuesta por el eco del demonio-. ¡Dijiste que estarías conmigo y huiste como un cobarde! ¡Te odio, Takeru! ¡Te odio por hacerme amarte y luego dejarme morir!

Chiyo arremetió contra él. Su velocidad era aterradora. Corrió hacia Takeru y lo estampó con brutalidad contra la pared de madera del fondo, acorralándolo con una fuerza física que superaba a la de un humano ordinario. Era una macabra imitación, un paralelismo inverso de la escena bajo el balcón. Esta vez, era ella quien lo tenía a su merced, consumida por la furia.

Con sus uñas afiladas, Chiyo rasgó la sudadera de Takeru, infligiéndole tres cortes profundos en el pecho. La sangre azul del Oni comenzó a manchar la blusa de mezclilla de la joven. Sin embargo, Takeru no desenvainó su espada. Sus manos permanecieron a los costados, mirándola con una mezcla de infinita tristeza y un amor reprimido que ya no podía ocultar.




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