Takotsubo

capitulo 16: el Sacrificio del Guardián

El silencio que siguió a la tormenta en el templo era sepulcral, pero no traía paz; se sentía como la calma previa a una ejecución. En una de las habitaciones traseras, iluminada apenas por el parpadeo de una vela de cera de soja, Takeru yacía tendido sobre un futón. Su piel, usualmente de un matiz firme, se veía translúcida, casi grisácea. Los tres cortes que Chiyo le había infligido en el pecho seguían supurando hilos de esencia azul brillante. Había entregado demasiada energía vital para sellar el cuerno de la Hannya, y su cuerpo de Oni estaba colapsando.
Chiyo estaba sentada a su lado, de rodillas, con las manos temblando sobre su propio regazo. El pequeño cuerno izquierdo en su frente había dejado de punzar, estancado gracias al sacrificio de Takeru, pero la culpa la estaba asfixiando. Ver al imponente guerrero que siempre la había protegido, ahora indefenso y al borde de la muerte por su culpa, le rompía el alma.

-Está perdiendo el anclaje con este mundo -susurró Sora, entrando a la habitación con un cuenco de hierbas medicinales que no hacían más que humear inútilmente-. El sello que colocó en ti, Chiyo, requiere que su propia vida actúe como un contrapeso. Si no restauramos su energía Oni ahora mismo, el sello se romperá, tú te conertirás en demonio y él morirá en el proceso.

-¿Qué podemos hacer, Sora? -las lágrimas de Chiyo finalmente se desbordaron, goteando sobre el tatami-. ¡Haré lo que sea! Quítenme el cuerno, denle mi vida... pero no dejen que muera por mí. No me dejes sola otra vez, Takeru... -rogó, acariciando con infinito cuidado los dedos fríos del guerrero.

Sora miró hacia la esquina más oscura de la habitación, donde una silueta alta permanecía de pie, en silencio.
-Hay una forma de hacer un puente místico para canalizar la energía ancestral del templo hacia su cuerpo -dijo la anciana, con la voz quebrada-. Pero requiere toda la fuerza de un guardián espiritual. Requiere entregar la esencia de una vida entera.

La silueta se movió. Kuma, en su forma humana, dio un paso al frente. Sus ojos amarillos, habitualmente burlones y felinos, brillaban esta vez con una seriedad solemne. Miró a Chiyo con una ternura profunda, una mirada que ella jamás le había visto.

-Ha llegado el momento de que sepas la verdad, Kaguya -dijo Kuma, con una sonrisa triste que apenas dibujó en sus labios-. ¿De verdad crees que un bakeneko ordinario se quedaría a cuidar un templo viejo por pura pereza?
Kuma se arrodilló frente a Chiyo. Una luz dorada y cálida comenzó a emanar de su pecho, revelando su imponente forma felina espiritual; su silueta humana comenzó a difuminarse, transformándose en un majestuoso gato de dos colas envuelto en fuego fatuo, pero con un tamaño colosal que llenaba la habitación.

-Hace más de cien años, le prometí a tu ancestro, la Kaguya original, que protegería su linaje. Te he cuidado desde que eras una bebé, Chiyo. He estado en tus peores noches, lamiendo tus lágrimas cuando te sentías sola en este mundo cruel, ocultando mi verdadera naturaleza para que pudieras tener una vida normal. Eres mi familia. Y un guardián no duda cuando su familia está en peligro.
-No... Kuma, no me digas eso -Chiyo negó con la cabeza, el corazón encogiéndosele en el pecho al comprender lo que pretendía-. No me digas que vas a... ¡Sora, deténlo! ¡No quiero perderlo a él también!
-Es mi deber, Chiyo. Y mi mayor honor -susurró la voz de Kuma directamente en la mente de la joven.
El bakeneko místico se posicionó sobre el pecho de Takeru. Comenzó a ronronear, un sonido vibrante que sacudió los cimientos espirituales del templo. El fuego dorado de su cuerpo empezó a transferirse hacia las heridas del Oni Azul. El rostro de Takeru recuperó un destello de color, sus venas volvieron a brillar con fuerza, pero a cambio, el cuerpo místico de Kuma comenzó a volverse extrañamente translúcido, perdiendo su brillo, debilitándose segundo a segundo.

Justo cuando el ritual alcanzaba su punto más vulnerable, el aire cálido de la habitación se congeló por completo. La vela se apagó de golpe, sumiendo el lugar en una penumbra maldita.
Entonces, comenzó a escucharse. Al principio era un susurro lejano, pero rápidamente se transformó en una melodía distorsionada, una voz femenina, empalagosa y letal que resonaba desde el patio del templo, arrastrándose por el pasillo como una serpiente de cascabel. Era el canto de meiko.

*«Pobre niña herida, buscando calor... en brazos de un Oni que solo es dolor...»*

-¡Es ella! -exclamó Sora, poniéndose de pie con dificultad, empuñando su bastón de cascabeles-. ¡La yokai del karaoke... Meiko! ¡Logró romper las barreras del templo!

Las puertas correderas de la habitación fueron arrancadas de cuajo por una ráfaga de viento negro. En el umbral, flotando a unos centímetros del suelo con su kimono moderno ondeando y una sonrisa sádica, estaba Meiko. Detrás de ella, las sombras de los tres Shinigamis observaban desde el patio, sus ojos espectrales fijos en la escena.
-Vaya, vaya... pero qué escena tan conmovedora -siseó Meiko, relamiéndose los labios mientras sus ojos rasgados brillaban con una malicia pura-. Un Oni moribundo y un gato estúpido jugando a ser héroes. Lord Raigo se cansó de esperar. Los Shinigamis quieren sus almas... ¡y yo voy a cobrar la recompensa!

Meiko abrió la boca y emitió un chillido ultrasónico, una onda de choque espiritual imbuida de puro rencor que golpeó directamente a Sora, lanzando a la anciana contra la pared, donde quedó inconsciente.

Chiyo intentó levantarse para pelear, pero la voz de Meiko se metió directamente en su cabeza, activando el dolor de su maldición. El cuerno izquierdo comenzó a arder como si le clavaran un hierro al rojo vivo, hundiéndola en un dolor físico tan agónico que cayó de rodillas, paralizada, sujetándose la cabeza mientras gritaba de pura frustración.

-¡Déjalos! -gritó Chiyo, con la voz ahogada en llanto-. ¡Pélate conmigo, perra! ¡A ellos no!
-Tú eres el plato principal, mi dulce Hannya -rió Meiko, avanzando hacia el futón-. Pero primero, desarmemos el juguete de tu guardián.
Meiko extendió sus manos, transformando sus uñas en garras largas y oscuras impregnadas de veneno del Yomi. Apuntó directamente al cuello de un Takeru que apenas abría los ojos, todavía demasiado débil para moverse o desenvainar su espada.




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