Takotsubo

Capítulo 17: La Penumbra del Alma

Habían pasado tres días desde que el polvo dorado de Kuma se había desvanecido entre las maderas del viejo templo, pero para Chiyo, el tiempo se había congelado en ese instante exacto. El ambiente en Shibuya seguía gris, cubierto por una llovizna persistente que parecía imitar el llanto silencioso que la joven llevaba por dentro. No había vuelto a comer bien; apenas probaba el té que Sora le preparaba con manos temblorosas. Chiyo pasaba las horas sentada en el tatami, con la mirada perdida en el espacio vacío donde solía descansar su fiel bakeneko.

Sentía un dolor físico real, una opresión constante en el centro del pecho que no la dejaba respirar. Era la mezcla devastadora de la ausencia de su guardián y el veneno invisible que Meiko había dejado sembrado en su mente. Chiyo se miraba las manos y todavía podía sentir la calidez fantasma del pelaje de Kuma. La culpa la carcomía: él había entregado su siglo de vida eterna solo para que ella no se quedara sola, solo para salvar a Takeru.

A unos metros de ella, apoyado contra una de las columnas del templo, Takeru la observaba en silencio. El Oni Azul ya mostraba un semblante recuperado físicamente; la energía mística de Kuma había cerrado sus tres heridas del pecho, pero su alma estaba tan rota como la de Chiyo. Sus ojos azules, usualmente severos y analíticos, arrastraban unas ojeras profundas. Ver a Chiyo consumirse en ese mar de luto lo hacía sentir el ser más miserable del mundo. Él era el guerrero, el protector, y había permitido que un anciano bakeneko pagara el precio de su propia debilidad. Desenvainó un par de centímetros su katana, contemplando el reflejo de la hoja de acero. El odio que bullía en su sangre Oni hacia Lord Raigo y Meiko ya no era una simple misión de deber; era una sed de venganza personal que amenazaba con desbordar su propio control.

-Chiyo... -susurró Takeru, con una voz tan baja que casi se camuflaba con el sonido de la lluvia-. Tienes que descansar. Tu cuerpo no va a resistir si sigues conteniendo todo esto.
Chiyo ni siquiera parpadeó. Una lágrima solitaria e implacable resbaló por su mejilla, perdiéndose en el cuello de su playera negra.
-Si me duermo, Takeru... siento que olvido su ronroneo -respondió ella, con una voz rota, carente de toda la chispa que solía tener-. Y si lo olvido, me quedo completamente vacía.

El cansancio físico finalmente venció a Chiyo esa misma noche. Cayó en un sueño profundo y pesado a los pies del altar. Pero el descanso no trajo paz.
El escenario de su mente cambió drásticamente. Ya no estaba en el templo; se encontraba caminando por una réplica distorsionada de las calles de Shibuya, pero todo estaba teñido de un rojo carmesí y el aire olía a azufre. De la niebla oscura del suelo, comenzó a brotar una melodía familiar, una voz distorsionada y estridente que salía de unos altavoces invisibles. Era el canto de Meiko.
*«Mírate, pequeña Hannya... tan sola, tan débil... El gato murió por tu egoísmo...»*

Chiyo se tapó los oídos, gritando en medio de la calle desierta de su pesadilla, pero la voz no venía de afuera, venía de su propio cerebro. De repente, la niebla se condensó y frente a ella apareció la figura mística de Kuma. Chiyo corrió hacia él con los brazos abiertos, llorando de alivio: *"¡Kuma, estás vivo!"*. Pero justo antes de tocarlo, la ilusión cambió. Los ojos amarillos del gato se volvieron rojos, su piel se pudrió y comenzó a sangrar a chorros por el pecho.

*"¿Por qué no me salvaste, Chiyo?"*, siseó la voz de Kuma, distorsionada con la de Meiko. *"Me dejaste morir por un Oni que no te ama. Eres una maldición"*.

Detrás de la macabra marioneta de Kuma, emergió Meiko. La yokai flotaba en el aire, riéndose a carcajadas con su kimono moderno ondeando, disfrutando cada segundo de la tortura psicológica. La onda sónica de su canto empezó a taladrar la cabeza de Chiyo en el sueño, activando por completo la maldición.

En el mundo real, Takeru saltó de su sitio al escuchar el primer alarido de Chiyo.
La joven yacía en el futón, sacudiéndose violentamente, con los ojos en blanco y lágrimas de sangre corriendo por sus sienes. El cuerno izquierdo de su frente ya no solo punzaba; brillaba con una intensidad roja y demoníaca que iluminaba toda la habitación, desprendiendo un calor abrasador.

-¡Chiyo! ¡Despierta! ¡Es una ilusión! -gritó Takeru, tomándola por los hombros, pero la energía del dolor de Chiyo era tan inmensa que una onda de choque espiritual lo empujó hacia atrás.
Sora entró corriendo a la habitación, sosteniendo su bastón místico.
-¡Takeru, la yokai está usando el vacío que dejó Kuma para acelerar la transformación! -advirtió la anciana con horror-. ¡Mira su frente!

Takeru contuvo el aliento. En el lado derecho de la frente de Chiyo, la piel comenzó a rasgarse lentamente. Un destello de hueso oscuro y afilado empezó a emerger, rompiendo la superficie con un crujido espeluznante. Era el **segundo cuerno de la Hannya**, que estaba brotando a una velocidad alarmante debido al odio y la desesperación que Meiko le infligía en el sueño. Ya iba por la mitad de su tamaño, goteando una esencia oscura que quemaba el tatami al caer. Chiyo ya no emitía quejidos humanos; eran rugidos roncos, la manifestación pura del demonio del rencor que amenazaba con devorar su humanidad por completo.
Si el segundo cuerno se completaba, Chiyo se perdería para siempre en los registros del Yomi. Se convertiría en el monstruo definitivo.

-¡No lo voy a permitir! -rugió Takeru.
El Oni Azul concentró toda su energía ancestral en sus manos, haciendo que sus propios tatuajes brillaran con un azul eléctrico. Se lanzó sobre Chiyo, ignorando el calor abrasador que desprendía su piel, y la sujetó firmemente contra su pecho. Colocó su frente contra la de ella, justo en medio de los dos cuernos que amenazaban con destruir su rostro.
-¡Chiyo, escúchame! ¡Sé que estás ahí dentro! ¡Meiko te está mintiendo! -clamó Takeru, dejando que su propia energía Oni fluyera hacia la mente de la joven para actuar como un escudo contra el canto de la yokai-. ¡Kuma murió protegiendo tu futuro, no para que te rindas ante estos malditos! ¡Vuelve conmigo!




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