Takotsubo

Capítulo 18: El despertar del moustro

La tormenta sobre simbuya ya no era agua; era bilis mística. Las nubes se arremolinaban en un vórtice perfecto de color violeta y ceniza, justo encima de la brecha espiritual que conectaba el mundo humano con las profundidades más oscuras del Yomi. El cielo rugió, no con el sonido de un trueno común, sino con el crujido de la realidad rompiéndose en dos.

Desde la azotea del edificio más alto, Lord Raigo alzó su katana envuelta en rayos azules. A su lado, las nueve colas de Meiko se agitaron, desprendiendo un aura sónica que hacía vibrar los cristales de toda la ciudad.

—El sello de la línea Kaguya ha caído por completo —siseó Meiko, con una sonrisa sádica, relamiéndose los labios—. El bakeneko ya no está para sostener los pilares.

—Que comience la purga —sentenció Raigo. Con un tajo de su espada hacia el cielo, desató la energía acumulada.

Un rayo negro de magnitudes colosales impactó directamente en el centro de la ciudad, abriendo una grieta dimensional gigante en el suelo. El tejido entre los mundos se desgarró. De la fosa profunda y humeante, emergió una silueta colosal, una masa de oscuridad líquida y ojos carmesí que hacían temblar la tierra con cada respiración: **Kurogo, el Oni Negro**. El demonio herético que había permanecido encadenado por milenios finalmente estaba libre. Su rugido distorsionó la gravedad, aplastando los autos cercanos con la pura presión de su energía negativa.
En las escaleras del dañado templo de Sora, Takeru sintió la vibración en la planta de sus pies. Sus ojos azules brillaron con furia contenida. Sus tatuajes místicos destellaron, respondiendo a la provocación de Kurogo.

—Están aquí —dijo Takeru, ajustando el agarre de su katana. Miró de reojo a Chiyo, quien permanecía detrás de él—. Chiyo, quédate cerca de Sora. Kurogo consume todo lo que toca. Esto es entre Raigo y yo.

Chiyo no respondió de inmediato. Su mano derecha acarició inconscientemente su frente. El cuerno izquierdo estaba intacto, pero el derecho, estancado a la mitad, pulsaba con un calor agónico. Sentía una ira sorda, un veneno que le quemaba las venas desde la muerte de Kuma.

—No voy a esconderme más, Takeru —respondió ella, con una voz extrañamente calmada, pero que arrastraba un eco doble, una vibración demoníaca que hizo que Sora diera un paso atrás—. Meiko me debe una vida. Y voy a cobrarla hoy.

Antes de que Takeru pudiera replicar, el cielo se tiñó de rojo. Raigo y Meiko descendieron como meteoros en el patio principal del templo, seguidos por la imponente y aterradora sombra de Kurogo, que avanzaba destruyendo los edificios aledaños.

—Vaya, miren quiénes sobrevivieron al luto —se mofó Meiko, flotando en el aire mientras sus colas se encendían en fuego espiritual—. Aunque veo que la pequeña perra lleva un adorno nuevo en la frente. ¿Te duele, Chiyo? Ese es el peso de tu debilidad.

—¡Cállate, maldita zorra! —rugió Takeru, perdiendo por completo los estribos.

El Oni Azul se impulsó hacia adelante con una velocidad sobrehumana. El choque de su katana contra la de Lord Raigo creó una onda de choque que barrió con las hojas secas y desmoronó los muros de piedra del templo. Chispas azules y negras volaban con cada choque de acero. Takeru atacaba con la fuerza de un huracán, canalizando toda la culpa y la rabia por Kuma en estocadas brutales que obligaron a Raigo a retroceder de rodillas.

—¡Eres fuerte, mestizo! —gritó Raigo, escupiendo sangre mientras bloqueaba un corte descendente—. ¡Pero tu fuerza es física; la mía es el derecho divino del Yomi!

Mientras tanto, Meiko aprovechó la distracción. Desplegó su abanico de guerra y entonó una nota alta y estridente. La onda sónica impactó directamente en el pecho de Chiyo, arrastrándola por el suelo del patio.
—¡Muere de una vez y entrégale tu alma a Kurogo! —chilló Meiko, lanzándose en picada con sus garras listas para arrancarle el corazón.

Chiyo escupió sangre, tirada en el suelo lodoso. La melodía de Meiko penetró en su cerebro, activando los recuerdos de la pesadilla, el cuerpo ensangrentado de Kuma, la burla de los yokai. El dolor en su pecho se transformó en algo más. Ya no era tristeza. Era un odio puro, absoluto, un fuego negro que demandaba destrucción.

*«¿Quieres verme morir?»* pensó Chiyo, mientras sus ojos se tornaban completamente negros, perdiendo las pupilas. *«Entonces mírame bien»*.

Un crujido espantoso resonó en todo el patio, deteniendo por un segundo la pelea entre Takeru y Raigo.

Del lado derecho de la frente de Chiyo, la mitad del cuerno faltante estalló. El hueso oscuro creció de golpe, rasgando la carne con un brillo carmesí cegador. Pero no se detuvo ahí. La piel de su rostro comenzó a tornarse de un tono blanco cenizo, casi fantasmal; sus dientes se afilaron en colmillos prominentes y sus uñas se extendieron como navajas de obsidiana.

Una explosión de energía espiritual roja, densa como la sangre, brotó de su cuerpo, levantando un torbellino de escombros que obligó a Meiko a frenar en seco y retroceder horrorizada.

La presión espiritual era sofocante. El imponente Kurogo se detuvo por primera vez y giró sus múltiples ojos carmesí hacia el templo, emitiendo un gemido de advertencia. El Oni Negro reconocía esa energía. No era una humana mutando; era el nacimiento de un espécimen puro del mito.

Cuando la cortina de humo rojo se disipó, Chiyo ya no estaba. En su lugar, de pie en medio del patio destruido, se alzaba la **Hannya Completa**. Dos cuernos perfectos, largos y curvados hacia atrás, coronaban su cabeza, rodeados por un halo de fuego oscuro. Su rostro era una máscara de absoluta y hermosa locura destructiva. La playera negra que llevaba estaba desgarrada, revelando marcas tribales de color rojo vivo que brillaban al ritmo de su respiración interna.

Takeru la miró horrorizado desde la distancia, con el corazón en la garganta.
—Chiyo... no... —susurró, dándose cuenta de que la chica que amaba se había sumergido por completo en el abismo para ganar esta guerra.




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