Takotsubo

Capítulo 19: El Vals de las Cenizas

​El patio del templo de Sora se convirtió en el epicentro de un terremoto espiritual. Las llamas oscuras que brotaban del cuerpo de Chiyo —ahora la Hannya Absoluta— no quemaban la madera ni la piedra; consumían la energía misma del aire, dejando un rastro de ceniza flotante que caía como nieve negra sobre simbuya

​Meiko se retorcía en el aire, con las garras enterradas inútilmente en la muñeca de Chiyo. El agarre de la Hannya era como una prensa de hierro fundido.

​—Su... suéltame, maldita escoria... —logró jadear Meiko, mientras sus nueve colas se agitaban con desesperación, intentando invocar ráfagas sónicas para aturdirla.

​Chiyo no pestañeó. Sus ojos, pozos de oscuridad absoluta sin pupilas, reflejaron el pánico de la yokai. Una sonrisa macabra, afilada por colmillos de obsidiana, se ensanchó en su rostro cenizo.

​—¿Esto es todo lo que ofrece la gran favorita del Yomi? —la voz de Chiyo resonó con un eco triple, sobrehumano, que heló la sangre de los presentes—. Hablabas mucho cuando Kuma no podía defenderse. Ahora, mírame a los ojos y dime quién es la débil.

​Con un movimiento seco y brutal, Chiyo arrojó a Meiko contra el suelo del patio. El impacto fue tan violento que el piso de piedra se agrietó en un cráter circular. Meiko escupió sangre dorada, con el abanico de guerra destrozado a unos metros.

​Al ver a su aliada derribada, Lord Raigo rugió de frustración. Rompió el choque de katanas que mantenía con Takeru y, envolviendo su cuerpo en rayos azules, se lanzó directamente al flanco de Chiyo.

​—¡No eres más que una humana maldita! ¡No permitiré que interfieras en la purga de Kurogo! —gritó Raigo, descargando un tajo vertical capaz de partir un edificio a la mitad.

​—¡Chiyo, cuidado! —advirtió Takeru, intentando interceptarlo, pero sus propias heridas y el desgaste de la batalla lo hicieron tropezar en el lodo.

​Chiyo ni siquiera se giró para enfrentar el ataque. En el último milisegundo, levantó su brazo izquierdo desarmado. El acero de la katana mística de Raigo impactó directamente contra la piel blanca de la Hannya. Un estallido de chispas violetas y negras iluminó el patio, pero la espada no cortó. Chiyo había bloqueado la hoja divina con la pura densidad de su aura de odio.

​Raigo abrió los ojos de par en par, paralizado por la incredulidad.

​—¿Cómo es posible...?

​Chiyo giró la cabeza lentamente, sus dos cuernos perfectos brillando con un fulgor carmesí. Con un movimiento felino, sujetó la hoja de la katana de Raigo con los dedos de su mano desnuda y, aplicando una presión descomunual, el acero místico comenzó a agrietarse hasta que se quebró en mil pedazos con el sonido de un cristal roto.

​Antes de que el señor del Yomi pudiera retroceder, Chiyo le plantó una patada en el pecho infundida en fuego Hannya. Raigo salió disparado hacia atrás, estrellándose contra las escaleras del templo, dejando un camino de humo a su paso.

​Desde el centro de la ciudad, la silueta masiva de Kurogo emitió un rugido que hizo temblar los cimientos de Chimboya. La masa de oscuridad líquida y ojos carmesí sintió que el poder de la Hannya amenazaba su dominio. Avanzando a zancadas destructivas, aplastando lo que quedaba de las avenidas, el Oni Negro extendió uno de sus colosales brazos sombríos hacia el templo, intentando aplastar a Chiyo bajo una tonelada de energía negativa pura.

​El cielo pareció desplomarse sobre el patio. La presión era tal que Sora tuvo que arrastrarse hacia el interior del santuario para no ser desintegrada.

​Takeru, usando el poco poder que le quedaba, enterró su katana en el suelo, activando sus tatuajes místicos al límite para crear un escudo de luz azul que frenara el avance de la sombra de Kurogo.

​—¡Chiyo, reacciona! ¡Si dejas que el odio te consuma por completo, no habrá vuelta atrás! —gritó Takeru, con la voz quebrada por el esfuerzo y el dolor, mirándola fijamente mientras resistía la presión del Oni Negro—. ¡No te conviertas en lo que destruyó a Kuma!

​Al escuchar el nombre de Kuma, Chiyo se tensó. El fuego negro a su alrededor titiló por un instante, y una lágrima de sangre corrió por su mejilla ceniza. Pero la tregua duró poco. Meiko, aprovechando el momento, se arrastró cojeando hacia el borde de la grieta dimensional que Kurogo había abierto en la ciudad.

​—¡Raigo! ¡El Oni Negro necesita más almas para completarse! ¡Sella el patio ahora! —chilló Meiko, con el rostro desfigurado por el miedo.

​Chiyo clavó su mirada en Meiko. La compasión humana terminó de morir en su interior.

​—Takeru... —dijo Chiyo, de espaldas a él, con una calma que daba más miedo que sus gritos—. Chiyo murió en el sótano. Lo que queda aquí... es la deuda.

​La Hannya Absoluta se impulsó hacia el cielo, dejando atrás la gravedad. El torbellino de llamas rojas y negras que la envolvía se expandió, plantándole cara directamente a la sombra gigante de Kurogo que cubría la luna de sangre. Con la mano derecha envuelta en una garra de fuego puro, Chiyo se preparó para descargar un golpe directo al núcleo del Oni Negro, dividiendo el cielo de shimbuya en dos facciones en guerra.




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