El choque en el cielo de Chimboya no produjo un sonido humano; fue el crujido sordo de dos eternidades colisionando. Cuando la Hannya Absoluta se estrelló contra la masa de oscuridad líquida de Kurogo, el impacto generó una onda expansiva de fuego negro y estática espiritual que barrió las nubes, dejando al descubierto una luna de sangre que parecía observar el juicio final de la tierra.
Chiyo estaba suspendida en el aire, con las garras enterradas en la carne de sombra del Oni Negro. Sus músculos, tensos y marcados por las líneas tribales carmesí que brillaban con la frecuencia de un corazón agónico, crujían bajo la presión. El dolor físico era inmenso, pero el veneno de su mente era peor.
A unos metros abajo, flotando tambaleante entre los escombros flotantes provocados por la distorsión de la gravedad, Meiko observaba la escena con el rostro desfigurado por el pánico. Sus colas doradas, antes majestuosas, ahora goteaban una esencia espiritual rancia.
—¡No... no puede vencer a Kurogo! —chilló Meiko, buscando desesperadamente con la mirada a su señor—. ¡Lord Raigo! ¡Necesitamos replegarnos, el sello del Yomi está colapsando!
Raigo, apoyado en lo que quedaba de un muro del templo, miraba el cielo con ojos fríos, calculadores. Su katana mística estaba rota; su orgullo, pisoteado por una humana mutada. Vio a Meiko, su aliada más leal, y luego miró la brecha dimensional que amenazaba con cerrarse si Kurogo era destruido. Un destello de pura cobardía y malicia cruzó por sus ojos azules.
—Tienes razón, Meiko —siseó Raigo, con una sonrisa carente de toda humanidad—. Alguien tiene que estabilizar la brecha. Y tu energía yokai será un sacrificio perfecto.
—¿Qué...? —Meiko no alcanzó a terminar la frase.
Con un movimiento rápido y despiadado, Raigo extendió su mano sana y desató una cadena de rayos oscuros que se enroscó en el cuello de Meiko. Sin un ápice de remordimiento, el señor del Yomi la azotó con fuerza hacia arriba, usándola como un proyectil viviente, arrojándola directamente hacia el torbellino de fuego negro donde Chiyo y Kurogo forcejeaban.
—¡Raigo, maldito seas! —gritó Meiko en el aire, comprendiendo demasiado tarde que para los de su especie la lealtad no era más que una moneda de cambio.
Al sentir que algo se aproximaba a su espalda, Chiyo giró la cabeza. Sus ojos completamente negros, desprovistos de pupilas, se fijaron en la figura de la zorra que tanto daño le había causado. La rabia en su pecho, acumulada desde el momento en que vio el cuerpo inerte de Kuma en aquel sótano, estalló en un rugido que hizo vibrar los tímpanos de Takeru, quien observaba desde el suelo helado del patio.
Chiyo soltó una de sus manos del cuerpo de Kurogo y, extendiendo su brazo izquierdo, atrapó a Meiko en el aire por el estómago. La fuerza del impacto hizo que las costillas de la yokai crujieran audiblemente.
Pero al tocar simultáneamente la carne de Kurogo y el cuerpo de Meiko, el flujo de energía mística hizo un cortocircuito. La mente de Chiyo no soportó la sobrecarga y se rompió hacia adentro. El patio del templo desapareció. El cielo lluvioso desapareció.
Chiyo se encontró de pie en un espacio en blanco, infinito y silencioso. Su cuerpo ya no era el de la Hannya; volvía a ser la chica de playera negra, con las manos temblorosas y la respiración entrecortada. Frente a ella, flotando en la nada, se materializaron los recuerdos de Kurogo: una procesión ancestral de la línea de sangre Kaguya, milenios atrás, encadenando al Oni Negro no por pura maldad, sino porque el monstruo era el receptáculo de los dolores y pecados del mundo humano. Kurogo no odiaba a los humanos; sufría por ellos, y ese sufrimiento se había podrido hasta convertirse en una masa de destrucción.
«Todos estamos atrapados en el mismo ciclo de dolor...» pensó Chiyo, sintiendo el peso de la empatía aplastarle el alma. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, limpiando la ceniza de sus mejillas. «Ya no quiero odiar. Pero duele tanto...»
—Entonces no odies por ti, pequeña —una voz suave, profunda y sumamente familiar resonó a sus espaldas.
Chiyo se giró bruscamente. En medio de la nada blanca, un destello dorado comenzó a tomar forma. No era una ilusión. Era el espíritu de Kuma, el bakeneko guardián, luciendo exactamente como el día en que la protegía con su vida. No tenía heridas, no había sangre; solo una luz cálida que calmaba la tormenta interna de Chiyo.
—¿Kuma...? —un sollozo desgarrador escapó de la garganta de Chiyo. Intentó correr hacia él, pero sus pies estaban pegados al suelo por los hilos negros de la realidad—. Kuma, perdón... no pude salvarte... me convertí en esto por mi debilidad...
El gran felino místico se acercó lentamente y recostó su cabeza espiritual contra la rodilla de Chiyo. El contacto eliminó instantáneamente el frío del Yomi.
—No eres débil, Chiyo. El poder de la Hannya no es solo odio; es la fuerza para proteger lo que amas cuando el mundo te da la espalda —los ojos dorados de Kuma brillaron con una sabiduría eterna—. El Oni Negro sufre, pero su dolor destruirá tu hogar. Mira su pecho. Justo debajo del tercer ojo carmesí, donde la sombra se vuelve líquida... ahí está el sello roto. Golpea ahí. Termina con su agonía. Y termina con la tuya.
—¿Te vas a ir otra vez? —preguntó Chiyo, con el corazón roto, sabiendo que este era el último adiós.
Kuma la miró con una ternura infinita mientras su figura comenzaba a disolverse en partículas de luz dorada que se envolvieron en las manos de la chica.
—Nunca me fui. Estoy en tus cuernos, estoy en tu fuego. Ahora... reclama tu victoria.
El mundo real regresó con la violencia de un bofetón. Chiyo abrió los ojos en el cielo de Chimboya. La máscara de la Hannya Absoluta se consolidó de nuevo, pero esta vez, el fuego negro que la rodeaba se tiñó de chispas doradas, la última bendición de Kuma.
Meiko, aún sujeta por su mano, lloraba lágrimas de sangre dorada, suplicando por una piedad que ya no existía en este plano.