Takotsubo

Capítulo 21: El Murmullo de las Sombras y el Trono Vacío

​La lluvia que lavó la sangre y la ceniza del templo de Sora tardó tres días en detenerse. Sin embargo, para Chiyo, el tiempo había dejado de fluir.

​En la habitación más interna del santuario, el silencio era tan denso que se podía escuchar el tintineo de los amuletos de papel que Takeru había colgado en las cuatro esquinas del futón. Chiyo yacía allí, inmóvil, sumergida en un sueño profundo que parecía más una tumba de seda que un descanso humano. Su piel, aunque había recuperado parte de su calidez, conservaba un tono pálido, casi translúcido. Lo único que rompía la fragilidad de su figura eran los dos cuernos oscuros que brotaban de su frente: un recordatorio permanente de que la chica que solía reír en las calles de la ciudad se había quedado atrapada en el abismo.

​Takeru no se había movido de su lado. Con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño y sus propios tatuajes místicas apagados por el agotamiento, sostenía la mano de Chiyo, cuyo pulso era tan lento que por momentos parecía detenerse.

​—Lleva cinco días así, Sora —susurró Takeru, sin apartar la mirada del rostro de la chica. Su voz sonaba rota, arrastrando el peso de una batalla que aún no terminaba en su mente—. Su alma no está aquí. Siento el fuego Hannya atrapado en su pecho, como un animal enjaulado que se niega a despertar.

​Detrás de él, Sora acomodó una nueva compresa fría sobre la frente de Chiyo.

​—Cruzó una línea que ningún mortal ha cruzado y vivió para contarlo, Takeru —respondió Sora, con tono sombrío—. Purificar el núcleo líquido de Kurogo y desintegrar a Meiko consumió cada gota de su energía vital. Su mente se está protegiendo del trauma. El problema no es cuándo va a despertar... sino qué va a despertar en ella.

​Mientras el mundo humano intentaba procesar el "extraño terremoto" y las luces violetas que habían parpadeado en el cielo, en las profundidades del Yomi el ambiente era de absoluto pánico. La destrucción de Kurogo y el violento repliegue de Lord Raigo habían desestabilizado la jerarquía del inframundo.

​En el Palacio de las Almas Perdidas, una estructura colosal tallada en roca volcánica y obsidiana, los altos mandos de los Shinigamis —los recolectores de almas y guardianes del equilibrio— se encontraban reunidos en un círculo de sombras. En el centro, la brecha dimensional que conectaba con Chimboya parpadeaba como una herida mal cosida.

​—¡Esto es inaceptable! —rugió uno de los Shinigamis ancianos, cuya túnica negra flotaba como humo denso—. ¡Kurogo era una fuerza primordial! Sostener su sello requería el sacrificio de generaciones enteras de la línea Kaguya. ¿Y me están diciendo que una humana mutada lo redujo a cenizas en una sola noche?

​—No era una simple humana —intervino una Shinigami de ojos dorados y gélidos, cruzando sus largos brazos pálidos—. Los reportes de las sombras que vigilan la periferia del templo son claros. Desarrolló la transformación de la Hannya Absoluta. Poseía el fuego herético del odio puro, pero al final... el flujo de su energía se tiñó de oro. El bakeneko que ejecutó Meiko dejó su esencia en ella.

​Un murmullo de terror y sorpresa recorrió la sala. Los Shinigamis no daban crédito a lo que escuchaban. Para ellos, las reglas del universo eran estrictas: los humanos mueren, los yokai devoran y los dioses juzgan. Que una mortal hubiera alterado el orden matando a una favorita del Yomi y liberando a Kurogo desafiaba toda lógica divina.

​—¿Dónde está Lord Raigo? —preguntó el líder del consejo, una silueta masiva cuya guadaña mística descansaba contra el trono de piedra.

​En una esquina de la sala, oculto entre las sombras, Raigo dio un paso al frente. Su armadura estaba abollada, su katana divina seguía rota y su rostro reflejaba una furia contenida que rozaba la locura. No había rastro del señor imponente de los capítulos anteriores; ahora parecía un rey destronado y humillado.

​—La brecha se cerró antes de que pudiera reclamar su núcleo —siseó Raigo, apretando los puños hasta que sus uñas sangraron—. Esa maldita perra... usó a Meiko como escudo espiritual. Cambió la frecuencia del sello de Kurogo. No lo destruyó por malicia; lo liberó de su agonía. Por eso el Oni Negro no la consumió.

​El líder de los Shinigamis golpeó el suelo con el mango de su guadaña, provocando una onda de choque sónica que hizo callar a Raigo.

​—Fracasaste, Raigo. Usaste recursos del Yomi, sacrificaste a Meiko y expusiste nuestra existencia ante el mundo de los vivos. Y lo peor de todo: dejaste viva a una criatura que ahora posee un poder híbrido capaz de amenazar el equilibrio de ambos mundos.

​—¡Está durmiendo! —interrumpió Raigo, desesperado por salvar su cabeza ante el consejo—. Mis espías informan que su cuerpo no resiste el poder. Está en un sueño profundo. Si atacamos el templo de Sora ahora, podemos decapitarla antes de que abra los ojos.

​La Shinigami de ojos dorados negó con la cabeza, mirando la brecha parpadeante.

​—No eres consciente de lo que dices. Si tocamos a esa Hannya ahora, el remanente de energía de Kurogo atrapado en su pecho podría estallar, arrastrando a toda la región de Chimboya al vacío. No podemos dar pie a un ataque directo sin entender las consecuencias. Por ahora... los Shinigamis observaremos. Si ella despierta y decide usar ese poder contra el Yomi, nos moveremos. Si muere en su sueño, el problema se resolverá solo.

​Raigo apretó los dientes, dándose cuenta de que el consejo le había dado la espalda. La humillación era total, pero en su mente ya se estaba gestando un plan más oscuro y clandestino.

​Lejos del pánico de los Shinigamis y del dolor de Takeru, la mente de Chiyo flotaba en una penumbra gris. No había dolor, no había fuego, pero tampoco había salida. Caminaba descalza sobre un espejo de agua interminable, viendo reflejada en la superficie la imagen de su propio rostro distorsionado por la máscara de la Hannya.




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